Si la primera generación de grandes escultoras españolas fue la nacida en los años cuarenta del pasado siglo, con artistas como Eva Lootz (1940), Susana Solano (1946) o Ángeles Marco (1947), y la segunda estuvo compuesta por creadoras nacidas en torno a ... los años cincuenta, como Cristina Iglesias (1956) o Maribel Doménech (1951), podríamos decir, sin miedo a equivocarnos, que, junto con Blanca Muñoz (1963) y Ana Laura Aláez (1964), Mar Solís, madrileña, de 1967, es una de las grandes autoras de la tercera generación de la escultura femenina contemporánea en España.
En cierta ocasión le pregunté a Eva Lootz cuál creía que era el motivo de que hubiese tantas mujeres consagradas a la escultura. Me respondió que, en su opinión, existía una relación esencial entre 'mater' y materia y que las mujeres, acostumbradas a trabajar con la masa del pan y con la harina, no sentían ningún asco ni ningún miedo a mancharse las manos con la materia.
Juana González: la mano piensa... Y siente
Sin embargo, la escultura de esta tercera generación no es precisamente matérica. No lo es, especialmente, la obra de Blanca Muñoz, que dibuja sus figuras en el espacio, y desde luego tampoco la de Mar Solís. Sus esculturas no son en principio hápticas. No se acarician.
Ya lo demostró en su soberbia exposición individual 'Origen', en CentroCentro, donde dominaba perfectamente el difícil espacio expositivo, teniendo muy en cuenta no solo la disposición y el diálogo de las distintas piezas entre sí, sino también elementos como la iluminación y el color, que aparentemente no tienen nada que ver con la escultura, pero que, sin embargo, constituyen la vida de las obras.
Y, de nuevo, en esta exposición en Freijo Gallery, la primera con esta firma, Solís vuelve a demostrar su magisterio, pues no trabaja propiamente con la masa, sino, más bien, con el espacio. Incluso con el espacio exterior, tal y como sugiere la ambición cosmológica del título.
Heredera de una doble tradición de la escultura aérea –la de Julio González y su dibujo en el espacio, por un lado, y la de los vientos espirales de Martín Chirino, por otro–, Solís siempre ha manifestado su fascinación por las órbitas planetarias, las elipses y las espirales. De hecho, la espiral constituye una parte fundamental de su lenguaje. Ya estaba presente en sus numerosos cuadros de tiza o carbón sobre madera y ahora se ha puesto aún más de manifiesto al pintar algunos de sus grandes cuadros nada menos que con una radial.
Esta propuesta está organizada, de hecho, como una especie de representación cosmológica, con bellísimas esculturas que, a modo de planetas, giran sobre sí mismas, suspendidas en el aire, y con una extraordinaria instalación de madera de tilo que supera los cuatro metros de altura. La artista parte siempre de líneas curvadas, de acero o de madera, con las que compone diversas figuras que a veces se combinan entre sí, adaptando su forma y sus dimensiones al espacio expositivo.
Su investigación sobre la línea, la elipse y las órbitas planetarias se ha trasladado ahora a nuevos materiales, como la cerámica, con los que la autora ha empezado a jugar y experimentar. Introduce así no solo el elemento táctil en su escultura, sino también la luz interior.
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