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'Guerra petrificada', la primera contienda nacional española

'Guerra petrificada', la primera contienda nacional española
Artículo Completo 717 palabras
Una de las tareas del historiador consiste en la recuperación de las evidencias del pasado más allá de los ocultamientos, públicos y privados, deliberados o fruto de la incuria y el paso del tiempo, que puedan acontecer. El siglo XIX español, tan mal entendido y valorado, tan sesgado por el espíritu calamitoso, ficcional y literario del 98 y sus epígonos, constituye un singular ejemplo, pues frente a la falsedad de la descalificación sin matices y el «Estado fallido», la historiografía reciente muestra la enorme complejidad de sus estructuras y la singularidad perseverante de sus éxitos .  Con toda la razón, el capítulo primero de esta obra apasionante, necesaria y revisionista, se titula 'El siglo sepultado' . La materia de la que se ocupa es la existencia de monumentos, «creación a priori que busca revivir en el presente un pasado sumergido en el tiempo», y monumentos históricos, «aquellos construidos a posteriori sin haber nacido con ese fin», alusivos a la invasión napoleónica de España de 1808 a 1814.  La existencia de placas, monolitos, lápidas, murales, bustos, estatuas, mausoleos, murales o paneles muestra una necesidad de recreación a la cual la llamada «historia pública» ha dedicado especial atención. Las sorpresas son múltiples . De la guerra española contra Napoleón, se conserva un obelisco en Soria erigido ya en 1812. En el Madrid de 1808, recién perpetrado el asesinato masivo de militares y gente del común por las tropas napoleónicas que conocemos como «matanza del 2 de mayo», hubo intentos de levantar un memorial a las víctimas. Ensayo 'Guerra petrificada. Historia de la invasión napoleónica de España a través de sus monumentos' Autor Alberto Cañas de Pablos Editorial Prensas Universitarias de Zaragoza Páginas 256 Precio 20 eurosDel llamado «consumo conmemorativo», el volumen aporta como apéndice un listado fascinante con 382 construcciones. Las últimas datan de 2025. Los cinco capítulos se ocupan de formatos y dinámicas monumentales; representación del héroe individual masculino; mujeres recordadas (tanto la conocida barcelonesa Agustina de Aragón , como guerrilleras desconocidas, la extremeña Martina de Ibaibarriaga, o espías seductoras, Rosa Barreda y Nicolasa Centeno en Valladolid, recordadas con una placa desde 2019); la distribución en el tiempo y el espacio; y, finalmente, monumentos a Napoleón , en sentido negativo o reconocimiento de su «grandeza». Quienes desde la historia y la ficción postulan como repetitivo punto de vista un fracaso histórico de España, encontrarán en este libro abundante materia de reflexión. Para empezar, en la determinación del propio levantamiento popular contra el invasor, de españoles europeos y también de españoles americanos. Respecto a la geografía monumental, prima la heterogeneidad. Destacan Andalucía, Castilla y León, Madrid y Aragón, con más de cincuenta monumentos. Cataluña tiene 33 y Extremadura, 27. Además del tamaño, la capitalidad o la destrucción de hitos conmemorativos, por efectos de la Guerra Civil o hechos de iconoclastia, explican la casuística. La distribución muestra un proceso de nacionalización vinculada al recuerdo de lo que luego se llamó «guerra de independencia» española, eficaz y arraigado. En lo referente al ritmo constructivo, entre 1915 y 2007 se erigieron 115 monumentos. Hasta 1936, se colocaron 22, uno por año. Hasta 1975, durante la Guerra Civil (en la cual ambos bandos apelaron a dinámicas de nacionalización española evocadoras de la invasión de 1808) y el franquismo, solo hubo 21 nuevos monumentos. Sin embargo, hasta 2007, se instalaron otros 72, «el cuádruple que en el franquismo y más del doble que en el periodo 1915-1936», señala el autor. Las conclusiones apuntan a la perdurabilidad de una guerra «hecha piedra» que nos rodea todavía sin que parezca evidente.

Una de las tareas del historiador consiste en la recuperación de las evidencias del pasado más allá de los ocultamientos, públicos y privados, deliberados o fruto de la incuria y el paso del tiempo, que puedan acontecer. El siglo XIX español, tan mal entendido ... y valorado, tan sesgado por el espíritu calamitoso, ficcional y literario del 98 y sus epígonos, constituye un singular ejemplo, pues frente a la falsedad de la descalificación sin matices y el «Estado fallido», la historiografía reciente muestra la enorme complejidad de sus estructuras y la singularidad perseverante de sus éxitos.

 Con toda la razón, el capítulo primero de esta obra apasionante, necesaria y revisionista, se titula 'El siglo sepultado'. La materia de la que se ocupa es la existencia de monumentos, «creación a priori que busca revivir en el presente un pasado sumergido en el tiempo», y monumentos históricos, «aquellos construidos a posteriori sin haber nacido con ese fin», alusivos a la invasión napoleónica de España de 1808 a 1814.

 La existencia de placas, monolitos, lápidas, murales, bustos, estatuas, mausoleos, murales o paneles muestra una necesidad de recreación a la cual la llamada «historia pública» ha dedicado especial atención. Las sorpresas son múltiples. De la guerra española contra Napoleón, se conserva un obelisco en Soria erigido ya en 1812. En el Madrid de 1808, recién perpetrado el asesinato masivo de militares y gente del común por las tropas napoleónicas que conocemos como «matanza del 2 de mayo», hubo intentos de levantar un memorial a las víctimas.

Editorial Prensas Universitarias de Zaragoza

Del llamado «consumo conmemorativo», el volumen aporta como apéndice un listado fascinante con 382 construcciones. Las últimas datan de 2025. Los cinco capítulos se ocupan de formatos y dinámicas monumentales; representación del héroe individual masculino; mujeres recordadas (tanto la conocida barcelonesa Agustina de Aragón, como guerrilleras desconocidas, la extremeña Martina de Ibaibarriaga, o espías seductoras, Rosa Barreda y Nicolasa Centeno en Valladolid, recordadas con una placa desde 2019); la distribución en el tiempo y el espacio; y, finalmente, monumentos a Napoleón, en sentido negativo o reconocimiento de su «grandeza».

Quienes desde la historia y la ficción postulan como repetitivo punto de vista un fracaso histórico de España, encontrarán en este libro abundante materia de reflexión. Para empezar, en la determinación del propio levantamiento popular contra el invasor, de españoles europeos y también de españoles americanos.

Respecto a la geografía monumental, prima la heterogeneidad. Destacan Andalucía, Castilla y León, Madrid y Aragón, con más de cincuenta monumentos. Cataluña tiene 33 y Extremadura, 27. Además del tamaño, la capitalidad o la destrucción de hitos conmemorativos, por efectos de la Guerra Civil o hechos de iconoclastia, explican la casuística.

La distribución muestra un proceso de nacionalización vinculada al recuerdo de lo que luego se llamó «guerra de independencia» española, eficaz y arraigado. En lo referente al ritmo constructivo, entre 1915 y 2007 se erigieron 115 monumentos. Hasta 1936, se colocaron 22, uno por año. Hasta 1975, durante la Guerra Civil (en la cual ambos bandos apelaron a dinámicas de nacionalización española evocadoras de la invasión de 1808) y el franquismo, solo hubo 21 nuevos monumentos. Sin embargo, hasta 2007, se instalaron otros 72, «el cuádruple que en el franquismo y más del doble que en el periodo 1915-1936», señala el autor. Las conclusiones apuntan a la perdurabilidad de una guerra «hecha piedra» que nos rodea todavía sin que parezca evidente.

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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