En la madrugada del jueves Trump volvió a proclamar su rotunda y fulminante victoria sobre Irán, presentándola como más meritoria que la de la Segunda Guerra Mundial. Mano de santo: la reacción inmediata fue la subida del petróleo y el hundimiento de las bolsas.
Como en una versión inversa de la fábula de 'Pedro y el lobo', a base de tanto decir que ha ganado la guerra, el presidente norteamericano corre el riesgo de que nadie le crea si alguna vez la gana de verdad.
Sobre todo, si a las 24 horas de su último alarde triunfal le derriban un avión en territorio iraní y sus aliados del Golfo sufren nuevos bombardeos.
Macron acaba de decir en voz alta lo que todos los líderes mundiales llevan semanas susurrando: "Si Trump quiere que le tomen en serio, no puede hablar cada día y decir lo contrario que el anterior".
Sobre sus planes bélicos, sobre el cambio de régimen, sobre el programa nuclear iraní, sobre la negociación con Teherán, sobre Ormuz, sobre el plan de 15 puntos, sobre el primer ultimátum o sobre el segundo y tercer ultimátum.
‘Bocachancla Donald’. Desde la caída de Nixon no había habido un presidente norteamericano con una pérdida de credibilidad tan grande.
Y no la recuperará jactándose de estar "a punto de completar todos los objetivos militares muy rápidamente" en Irán y anunciando a la vez que "en las próximas dos semanas les golpearemos muy duro, hasta devolverles a la Edad de Piedra".
Si lo uno fuera cierto, qué necesidad habría de lo otro, a menos de que se tratara de un ejercicio de aquello que el primer Vázquez Montalbán bautizó como “el sadismo en nuestra infancia”.
¿Así es cómo trata Trump de liberar a los iraníes? ¿Destruyendo casas, puentes y plantas de energía? Muchas mujeres pueden empezar a pensar que peor es perderlo todo que vivir atadas a un pañuelo.
Hay algo paradójico, tan infantiloide como senil, en la forma en que Trump ejerce de comandante en jefe de una nación en guerra.
Porque el déficit de claridad en sus propósitos bélicos denota el narcisismo pueril del niño entusiasmado con mostrar a sus amigos el empaque de sus barcos y aviones.
Pero la patente falta de previsión de las consecuencias de la violencia desatada -empezando por el cierre de Ormuz- sugiere una alarmante pérdida de facultades cognitivas, no demasiado distinta de la que le permitió sacar de la pista a Biden.
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El doble problema es que ni los barcos y aviones son de juguete -Trump maneja la máquina de guerra más sofisticada y letal jamás imaginada- ni las consecuencias de sus yerros, meras digresiones geoestratégicas.
El 27 de marzo en un acto con inversores saudíes en Miami, muy cerca de su mansión de Mar-a-Lago, el presidente incurrió en el lapsus de llamar al estrecho de Ormuz, el "estrecho de Trump".
Al margen de lo significativo que resulta que un comandante en jefe instale su puente de mando en su urbanización de vacaciones y comente trivialmente los avatares bélicos con sus invitados ricachones, esta metedura de pata puede terminar prevaleciendo en la narrativa del conflicto. Y de todo su segundo mandato.
El déficit de claridad en los propósitos bélicos de Trump denota el narcisismo pueril del niño entusiasmado con mostrar a sus amigos el empaque de sus barcos y aviones
Porque, en efecto, el "estrecho de Trump", con sus orejeras puestas, con la simpleza de sus arengas y consignas, con sus hipérboles y baladronadas, con su aparente incapacidad de percibir la complejidad de la partida que ha iniciado, está resultando ser un arma de destrucción masiva contra sí mismo.
El drama es que no sólo puede llevarse por delante su popularidad y liderazgo, tanto a escala doméstica como global, sepultando sus fantasías supremacistas en el ecuador de las elecciones intermedias.
También puede dejar muy lastrada la capacidad de obrar de Estados Unidos como única gran potencia democrática, la de la OTAN como instrumento de defensa colectivo, y la de una inerme Unión Europea, mutilada desde el Brexit.
Y en consecuencia la de una España infectada por la insaciable ansia de dominio de un oportunista tramposo, disfrazado ahora de pacifista alineado con Beijing.
¿Qué hacer y sobre todo cómo posicionarse en términos a la vez morales y de conveniencia política cuando "no hay soluciones limpias, sino tan sólo grados de suciedad" a la vista?
Ese es el dilema imposible, el callejón sin aparente salida que planteó Frederick Forsyth en su novela de 1979 'La alternativa del diablo'.
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Hablamos de hace casi medio siglo, cuando todavía la guerra fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética mantenía en vilo al mundo. Pero es significativo que elementos tan actuales como el expansionismo ruso, el nacionalismo ucraniano y el riesgo ecológico de un superpetrolero convertido en amenaza terrorista, formaran parte de la trama.
Por algo decía Mark Twain que "la historia nunca se repite, pero a menudo rima".
La baraja del diablo. Javier Muñoz
Forsyth era un periodista de investigación orientado al éxito comercial, a base de mezclar realidad y ficción para diseccionar los dilemas y resortes del poder en situaciones límite.
A quien 'situó' ante la obligación de optar entre dos males igualmente identificables fue a un imaginario presidente norteamericano, Bill Matthews, mucho más parecido a Carter -o al propio Kennedy de la crisis de los misiles- que a Trump.
La "alternativa del diablo" se le plantea cuando los ucranianos se apoderan del superpetrolero y amenazan con volarlo, a menos que dos compatriotas, presos en una cárcel alemana por asesinar al jefe de la KGB y secuestrar un avión ruso, sean liberados de inmediato.
Matthews tiene información fidedigna de que, si accede a esa demanda, los halcones que dominan el Kremlin desatarán una nueva guerra mundial como respuesta a su humillación pública. A la vez sabe que los ucranianos tienen todo dispuesto para hacer explotar el superpetrolero y provocar una catástrofe que hundirá la economía mundial.
Quien ahora se ha situado a sí mismo en el marco abrumador de la "alternativa del diablo" ha sido el propio Trump
“¡Elija lo que elija, mucha gente morirá!”, exclama con angustia.
El lector se mete en sus zapatos y se siente obligado a pensar por cual de los desastres se decantaría. Yo era todavía un niño, pero a los un poco mayores les tuvo que pasar lo mismo respecto a si Kennedy debía atacar a los barcos rusos que llevaban los misiles o permitir que los instalaran en Cuba.
La gran diferencia es que quien ahora se ha situado a sí mismo en el marco abrumador de la "alternativa del diablo" ha sido el propio Trump.
Y lo ha hecho al minusvalorar la capacidad defensiva de un Estado como Irán, tercer productor mundial de petróleo y gas, con 92 millones de habitantes, un ejército de 610.000 militares y 350.000 reservistas y un nutrido arsenal de misiles.
Y lo ha hecho al subestimar a un régimen como el de los ayatolás que ha logrado convertir la resistencia a los Estados Unidos en la verdadera sustancia de su identidad nacional, superponiéndola incluso a su pugna por sofocar el laicismo.
Y lo ha hecho al despreciar las leyes norteamericanas, abalanzándose a "perseguir monstruos en el exterior", contraviniendo la famosa advertencia de Quincy Adams precisamente en el 250 aniversario de la Declaración de la Independencia.
Y lo ha hecho al dejarse arrastrar por Netanyahu a una guerra tan útil para la necesaria seguridad de Israel como sobredimensionada y desestabilizadora para el conjunto de Oriente Próximo.
Y lo ha hecho saltándose a la torera la legalidad internacional, manteniendo a oscuras a sus aliados hasta situarles en la actual situación de hechos consumados, gravemente perjudicial para la prosperidad de todos ellos.
Y lo ha hecho sustituyendo las reglas de la lógica por la cacofonía de declarar destruido en marzo de 2026 el mismo poder nuclear iraní que declaró destruido en junio de 2025.
Y lo ha hecho deleitándose en el surrealismo macabro de proclamar que el "cambio de régimen" en Irán ya se ha producido tras el asesinato de docenas de sus principales dirigentes.
Pero que podamos achacarle todo eso y tal vez más, no nos saca de la encrucijada fatídica: ¿es preferible que Trump salga airoso o trasquilado, vencedor o vencido de la guerra de Irán?
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La primera opción incluiría todos los riesgos del caudillo victorioso, legitimado por el uso eficiente de la fuerza.
Si Trump lograra acabar realmente con la amenaza nuclear de Irán, neutralizar su capacidad de atacar tanto a Israel como a sus vecinos del Golfo, dejar herida de muerte su teocracia y restablecer la libre circulación en Ormuz, a este Marte no habría ya quien le tosiera.
A falta del Nobel de la Paz, se adjudicaría a sí mismo el Nobel de la Guerra.
Trump se ha dejado arrastrar por Netanyahu a una guerra tan útil para la seguridad de Israel como desestabilizadora para Oriente Próximo
A partir de ese momento el concepto de soberanía quedaría supeditado en su continente a la doctrina del 'America First'. Tanto si se tratara de Cuba como de Groenlandia, las relaciones diplomáticas se basarían en una sola pregunta: ¿prefieres que te haga un Venezuela o un Irán?
Entre tanto, Líbano se convertiría en un protectorado israelí, en Gaza abrirían los primeros hoteles del ‘resort’, los palestinos perderían toda esperanza de contar con un Estado propio y la Arabia de Bin Salman sería la potencia hegemónica de la región, con el seguro resurgir del jihadismo.
El único límite del César Vincitor sería, como él mismo dijo, su "propia conciencia", amén del respeto que le impusieran, también mediante la fuerza, Rusia y China. Las otras dos superpotencias con las que se repartiría el mundo.
Y, por supuesto, a los europeos nos pasaría la factura por no haber secundado su guerra. Empezaría por desentenderse de la suerte de Ucrania y a partir de ahí, allá nosotros con las pretensiones de Putin.
Estaríamos ante un Trump que recuperaría su popularidad doméstica de cara a la cita con las urnas de noviembre y que, en el probable caso de salir reforzado, vería avalados todos sus excesos para expulsar inmigrantes o imponer aranceles.
El control de los tribunales menguaría. A sus opositores políticos, a la prensa crítica y a quienes trataran simplemente de marcar distancias, les esperarían dos años de pesadilla.
Y el riesgo de que pretendiera optar a un tercer mandato burlando la Constitución, o de que prolongara su legado a través de Vance o alguien peor, crecería exponencialmente.
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Démosle ahora la vuelta al naipe. La otra cara del diablo no es menos aterradora. La prolongación de la guerra en Irán durante meses acentuaría el riesgo de una extensión del conflicto con nuevos actores en liza.
Estaríamos si no ante el fantasma de una Tercera Guerra Mundial, sí desde luego, como dice Ervand Abrahamian en la última línea de su canónica 'Historia del Irán Moderno', ante "una escalada hacia una catástrofe de la magnitud de la Guerra de los 30 Años en Europa".
Con Ormuz cerrado y las infraestructuras de producción de energía crecientemente dañadas, el petróleo escalaría hacia los 200 dólares por barril. Habría que racionar el queroseno y el diésel. La estanflación acecharía a la vuelta de la esquina. El turismo y el comercio quedarían bloqueados. Las cadenas de suministro, rotas.
El resentimiento de Trump hacia la UE por su falta de implicación en el conflicto acrecentaría la precariedad de nuestro continente
Un mundo sin crecimiento y con inflación galopante incrementaría todas las tensiones fruto de la polarización y las redes sociales. En ese río revuelto los extremismos harían su ganancia de pescadores.
Pronto nos asomaríamos al precipicio del caos.
Cualquier distopía sería verosímil en unos Estados Unidos obligados a elegir entre una sangrienta escalada bélica sobre el terreno o un repliegue humillante de vacío.
El resentimiento de Trump hacia la Unión Europea por su falta de implicación en el conflicto acrecentaría la precariedad de nuestro quebrado viejo continente, sin tiempo ni brío para recomponerse y avanzar en su autonomía estratégica.
Europa en su conjunto quedaría así neutralizada a expensas de los designios de Rusia y China, como si toda ella fuera una prolongación de la Finlandia de la Guerra Fría.
¿Y España? Sánchez ya ha tomado partido. Es el único gobernante de una democracia que se ha erigido en declarado antagonista de Trump. Pero también el único que se negó a condenar el 19 de marzo los ataques iraníes a petroleros en Ormuz. El único al que ensalzan los ayatolás iraníes, los dirigentes de Hamas o los hutíes.
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Cuanto peor le vaya a Trump, mejor para Sánchez. Cuanto más dure la guerra, más movilizará a la izquierda. Cuanto más tocado quede Estados Unidos, más fácil le resultará enterrar el atlantismo. Y pase lo que pase con la economía, la culpa siempre será del capitalismo salvaje.
Hace tiempo que él ya ha cruzado el Rubicón. No está con Washington, ni con Londres, ni con Bruselas en las cuestiones básicas del gasto en defensa, el control de fronteras, la inmigración o las libertades personales.
Ni Von der Leyen, ni Rutte, ni Starmer, ni Merz, ni Macron, ni Meloni, ni Tusk, ni Stubb se fían de él. Por eso no le convocan a ninguna de las citas clave. O es él quien se autoexcluye, como ocurrió el jueves con la reunión de Londres sobre Ormuz.
Su negativa a firmar la 'Declaración conjunta de los líderes del Reino Unido, Francia, Italia, Alemania, los Países Bajos y Japón sobre el estrecho de Ormuz' supone uno de los mayores baldones de nuestra política exterior en el último medio siglo. Albares pechará con ello.
Sánchez no está con Washington, ni con Londres, ni con Bruselas en las cuestiones básicas del gasto en defensa, el control de fronteras, la inmigración o las libertades personales
Sánchez tiene claro quiénes son sus amigos: Lula, Petro, Claudia Shinbaumcuando terminemos de pedirle perdón por la Conquista, el izquierdista elegido en Uruguay, el presidente de Sudáfrica y por encima de todos Xi Jing Ping.
Sánchez es el heraldo de la nueva izquierda mundial que debe servir de gozne al relevo del imperio americano por el imperio chino. Con Zapatero como apuntador desde el foso.
Con ese propósito y esas ayudas globales intenta perpetuarse en la Moncloa e implantar su autocracia a la española, con métodos y mecanismos curiosamente parecidos a los de Trump.
(Doy por reproducido todo lo ya denunciado sobre los mil activistas camuflados como asesores y funcionarios, sobre el CIS, RTVE o las empresas colonizadas como acaba de demostrarse en Indra).
Pero no quiero dejar de añadir un apunte sobre algo que debería activar todas las alarmas: la modificación silenciosa del censo electoral mediante la aplicación paulatina de la nacionalización de los nietos de españoles, incluida de rondón en la Ley de Memoria Democrática.
Casi dos millones y medio de personas la han solicitado y el Gobierno ni siquiera desvela a cuántos se la ha concedido o se la piensa conceder. A este paso nos encontraremos de repente con un millón de nuevos votantes con los que ningún sondeo cuenta. Y no es difícil imaginar su agradecimiento hacia quien les está otorgando un insólito derecho: ¿por qué no también a los biznietos?).
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Aparquemos de momento este escándalo y busquemos la salida a nuestra 'alternativa del diablo'.
¿Cómo conseguir que a Trump no le vaya ni tan bien como para seguir subvirtiendo los valores que Estados Unidos siempre ha enarbolado, ni tan mal como para destruir los lazos transatlánticos, dejar a la UE indefensa y empoderar a Sánchez para retener la Moncloa al servicio del nuevo orden mundial que promueve la dictadura china?
La ventaja de los novelistas es que sus personajes siempre les obedecen. Ya se trate de presidentes de Estados Unidos o de espías británicos con amantes en Moscú.
De esa manera Forsyth 'encarga' a Matthews y al agente Munro diseñar y ejecutar una tercera vía tan diabólica pero menos apocalíptica que las otras dos.
Los ucranianos presos son liberados pero inoculados con un veneno de efecto retardado, de forma que sus compatriotas abandonan el petrolero intacto, pero ellos mueren antes de poder dar la rueda de prensa que habría desatado la respuesta brutal del Kremlin.
Las espadas quedan en alto con nuevas cuentas por saldar, pero el mundo puede seguir su curso mediante la paz armada de la disuasión.
Lo más parecido a esa ingeniosa salida, que podría permitir salvar los muebles tanto a Trump como al régimen de Irán en el escenario actual, es la propuesta de acuerdo, abanderada entre otros por el columnista Thomas Friedman.
Se trataría de reducir las quince exigencias planteadas por Washington a una sola: la entrega a la Agencia Internacional de la Energía Atómica de los 450 kilos de uranio enriquecido al 60% que Irán conserva en los túneles bajo tierra de Ispahán.
La prioridad del régimen iraní es mantenerse en el poder y la de EEUU e Israel, que no puedan tener una bomba atómica
Esas dos o tres docenas de cilindros son el oscuro objeto de deseo de Trump. Hasta el punto de haber encargado planificar la más sofisticada y azarosa operación de comandos para tratar de apoderarse de ellos.
Pero extraer ese uranio de Irán no es como extraer a Maduro de Venezuela. Los riesgos de un fracaso estrepitoso serían tan altos que ni siquiera un jugador de póker con la temeridad de Trump parece dispuesto a correrlos.
Como dice el analista militar John Arquilla, “la prioridad del régimen iraní es mantenerse en el poder y la de Estados Unidos e Israel, que no puedan tener una bomba atómica”.
Se trataría de que cada uno pudiera proclamarse victorioso con ese acuerdo que incluiría un alto el fuego duradero y la reanudación del tráfico marítimo en Ormuz.
No dejaría de ser una patada al balón hacia delante porque los iraníes podrían reanudar luego su programa nuclear e Israel y Estados Unidos encontrar nuevos motivos para volver a bombardear. Pero ganar tiempo -tal vez años- para fortalecerse es lo menos malo a lo que las democracias pueden aspirar hoy.
Tanto la OTAN, como la UE y el Reino Unido, como la propia España necesitan, necesitamos ese tiempo para reparar las grietas y reforzar los fragmentos tambaleantes de nuestras identidades, instituciones y alianzas mediante la técnica japonesa del 'kintsugi'.
Es decir, admitiendo nuestras heridas y exhibiendo nuestras cicatrices para suturarlas con barniz de resina recubierto con polvo de oro.
Eso sí que sería hacer de la necesidad, virtud. De la alternativa del Diablo, cirugía de la Providencia.
Siempre cabría -claro- que, como en la novela de Forsyth, la aparente pacificación pactada estuviera "envenenada" mediante un engaño. O distorsionada por clausulas secretas, al modo del desenlace de la crisis de los misiles cubanos.
Pero sus variantes serían tan complejas y aventuradas,que prefiero recomendar a los lectores el trepidante vademécum radioactivo de la tercera temporada de la serie 'Teherán', en lugar de adentrarme en ellas.