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En su tan encandilante como clarificadora introducción a su reciente y formidable auto-antología para la Everyman's Library, reuniendo allí relatos y ensayos –la indispensable 'In a Yellow Wood', 2025–, la hoy casi centenaria Cynthia Ozick (Nueva York, 1928) abre el juego con ... una, breve en páginas pero amplia en sabiduría, introducción donde analiza las diferencias complementarias entre «Intelecto e Imaginación» como fuerzas siempre manifiestas, en diferentes proporciones, en la ficción y en la no-ficción.
«El ensayo comienza con una idea mientras que un cuento o novela arranca con un sentimiento», explica allí. Pero enseguida añade: no hay buena idea sin sentimiento y no hay buen sentimiento si no tiene idea.
Lo que nos lleva a 'Antigüedades' y (superado el un tanto prejuicioso pasmo inicial de que alguien pueda seguir escribiendo con semejante frescura y vitalidad inteligencia con más de noventa años de edad) al modo en que destila y mezcla ambas potencias que han hecho de Ozick uno de los grandes nombres de su generación.
'Antigüedades' es una de esas 'nouvelles' cuyo alcance e impacto trascienden con mucho su tamaño (su efecto es parecido al de, por ejemplo, las también crepusculares 'La conexión Bellarosa', de Saul Bellow o 'Némesis', de Philip Roth, contemporáneos hermanos de sangre y tinta).
Y donde –no en vano este formato era el favorito de El Maestro en cuestión– Ozick vuelve a rendir culto a su adorado Henry James, quien consideraba a la novela corta como el formato más noble. Sí: Ozick le dedicó tesis de magisterio, muy jamesiano debut en la novela ('Trust', 1996); numerosos ensayos donde incluso llegó a conversar con él; el relato largo 'Dictado' (2008), y hasta una muy lograda reescritura de 'Los embajadores' ('Cuerpos extraños', 2010), sin que esto le impidiese explorar una y otra vez lo que es su propio Tema: las complejidades, las ideas y sentimientos de la condición judía con tics y taras de la envidia como materia prima narrativa de casi todas sus tramas.
En 'Despedidas', el autor celebra la claridad del final con elegancia y sutileza. Una reflexión donde se mezcla memoria, ficción y una serenidad casi filosófica
Todo esto vuelve a confluir magistralmente en 'Antigüedades'. James es mencionado a partir de un retrato suyo que vigila la vigilia de Lloyd Wilkinson Petrie: narrador octogenario, abogado retirado, amargado misántropo confeso, padre de un hijo que se vendió a Hollywood, y empeñado –con la ayuda de una traqueteante máquina de escribir, legado de su difunta y adorada secretaria– en una 'memoir-journal' de sus días de enfermiza y poco atlética infancia estudiantil en la Temple Academy, Westchester. Ahora es 1949 y Petrie es uno de los pocos habitantes en su alma mater (junto a un puñado de otros veteranos ex alumnos dedicados a que su empresa memoriosa fracase).
Y pronto comienza a confundir lo que fue, lo que pudo y debió haber sido, lo que jamás sucedió. Y todo suena un tanto irreal y como alucinado y alucinante y digno de film de Wes Anderson. No es algo nuevo: es algo muy Ozick ya presente en 'El chal', 'Los papeles de Puttermesser', 'Los últimos testigos', la también escolar 'La galaxia caníbal' o 'El mesías de Estocolmo' (en la que Ozick se atreve a escribir la novela perdida de Bruno Schulz), donde siempre se percibe un perfume sobrenatural o ilusionista. Y el más que sinuoso Petrie es un narrador poco confiable, sí. Y entonces el misterio de un padre fugitivo excavando en ruinas egipcias (episodio del que Petrie conserva un puñado de inciertas reliquias faraónicas) fundiéndose con su añorada y nunca del todo comprendida amistad con un misterioso compañero de academia algo mayor que él: el cosmopolita y a su manera gran-meaulnes-gatsbyano Ben-Zion Elefantin. Miembro de una cepa de judíos negada por los de Jerusalén, quienes los consideran renegados-heréticos-no auténticos (y con cuya historia nómade Ozick ejerce su magistral faceta ensayista añadiendo guiños casi a lo Indiana Jones).
Ozick pasea aquí su «doble joroba del camello»: las virtudes de lo real y lo irreal
Y el joven Petrie pronto se obsesiona con el joven Ben-Zion, a la espera de ser recuperado por sus padres comerciantes, mientras soporta con elegancia los destellos antisemitas de los suburbios WASP de Manhattan. Pronto, una amistad tan sólida como despareja, pero comulgando en la pasión mutua por el ajedrez y que –como bien apuntó alguien– recuerda tanto a las fábulas de Isaac Bashevis Singer como al clásico estudiantil 'Una paz solo nuestra', de John Knowles. Y, de nuevo, al «sentido del pasado» tal como lo entendía James: un lugar donde viven y del que provienen los fantasmas que embrujan al presente con un destello erótico que ha perturbado a Petrie durante décadas. Y, finalmente, Petrie –de manera que no será revelada aquí, con una vuelta de tuerca más que se presenta como la más impiadosa, pero a su manera consoladora refutación del amor idólatra y de las pasiones por los objetos del talismánico ayer– lo comprende todo, aunque no lo entienda por completo.
Y así es esta obra maestra que –para volver a lo del principio luego de alcanzar sus perfectas y emocionantes últimas líneas– pasea orgullosa lo que la autora define como «la doble joroba del camello»: las virtudes de lo real y lo irreal. Y del genio de Cynthia Ozick. Genio que no es antiguo. Es vintage.
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Colaborador de ABC. Crítico de libros relacionados con literatura norteamericana.
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