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David Gross y la física del apocalipsis

David Gross y la física del apocalipsis
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Con demasiada frecuencia se sustituyen las antiguas formas religiosas de predicción del futuro por una versión pseudocientífica del mismo impulso profético

El foco

David Gross y la física del apocalipsis

Con demasiada frecuencia se sustituyen las antiguas formas religiosas de predicción del futuro por una versión pseudocientífica del mismo impulso profético

Regala esta noticia Añádenos en Google Ilustracion sobre el futuro y la energía. (Archivo)

Jesús G. Maestro

Catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada

12/07/2026 a las 00:18h.

Si no fuera por su voluntad intimidatoria y su intención amenazante, la más realista de las profecías sería un cuento infantil que, como el gato ... con botas, ni araña ni caza ratones.

Gross no es hoy un científico menor. Su nombre pertenece al presente de la Física moderna. Junto con Frank Wilczek y H. David Politzer, formula el concepto de «libertad asintótica», un descubrimiento considerado muy importante para comprender el comportamiento de los quarks y la estructura íntima de la materia. Su autoridad en el campo de la Física teórica está hoy de moda. Mañana, ya veremos. Sin embargo, como profeta, no nos dice nada nuevo. Es una lástima que el destino de algunos destacados científicos desemboque en el género de las profecías antediluvianas.

A los intérpretes de la literatura no suele sorprendernos que la filosofía, con frecuencia indiscernible de la pseudofilosofía, sea la frontera que separa a la ciencia de la pseudociencia. Sin embargo, aquí no habla un profeta religioso ni un ideólogo político. Habla un físico laureado. Pero habla como si fuera lo que no es: un profeta, un viejo bardo o un rapsoda del fin del mundo.

En una sociedad donde la ciencia ocupa, a veces, un lugar de máxima autoridad cultural, el prestigio científico funciona como una garantía de verdad, incluso cuando el objeto del discurso ya no pertenece al campo científico originario.

La cuestión, sin embargo, no es si Gross tiene conocimientos suficientes para comprender la probabilidad. Evidentemente, los tiene. Pero hay probabilidades que -como los amores- matan. La cuestión aquí es otra: ¿puede una metodología elaborada para estudiar fenómenos físicos trasladarse sin más al desarrollo histórico de sociedades humanas libremente cambiantes? Mi respuesta es que no.

El argumento de Gross es tan básico como demagógico: si hay un riesgo anual determinado de guerra nuclear, basta aplicar una fórmula probabilística -científica, diríamos- para calcular cuánto tiempo tardaría en acumularse una probabilidad significativa de destrucción.

Hay en nuestras sociedades grupos empeñados en hacernos creer que no hay libertad y todo responde a un impulso superior

El cálculo matemático puede ser correcto dentro de sus premisas, pero eso no significa que ocurra. Nadie compra el número 00000 en la Lotería Nacional y sin embargo tiene las mismas posibilidades de resultar premiado que cualquier otro número. El problema surge cuando esas premisas se presentan como si fueran leyes inevitables de la historia: leyes determinadas por un ser superior con el que el científico, el filósofo o el sacerdote toma el té todas las tardes.

La historia humana no funciona como un sistema físico predecible. La libertad humana es un algoritmo infinito que no cabe en ninguna fórmula matemática. Para bien y para mal, somos imprevisibles. No somos átomos.

Una partícula no cambia de opinión. Un quark no firma tratados. Una fuerza gravitatoria no negocia su destino ni sus órbitas. El ser humano sí. Una sociedad de homínidos está compuesta por agentes que toman decisiones arriesgadas, modifican estrategias de forma sorprendente, construyen y destruyen viejas y nuevas instituciones de forma pacífica o violentísima y alteran las condiciones esenciales de un problema en cualquier punto de su génesis o de su desarrollo sin previo aviso.

La guerra nuclear no es un fenómeno natural comparable a una interacción elemental. Es, desde luego, una posibilidad histórica, política y tecnológica. Depende de sujetos concretos, de estructuras de poder muy especiales y de circunstancias que no permanecen constantes durante décadas, ni siquiera durante unos breves segundos. Pero nada es automático ni exactamente pronosticable.

La creencia en Dios no puede reemplazarse objetivamente por la fe en las estadísticas científicas. Es un error suponer que la ciencia se comporta como tú desearías que se comportara tu Dios justo cuando lo necesitas. La ciencia no es tu divinidad. Ni tu demonio particular.

La confusión a la que se prestan declaraciones como las de Gross, sin duda deliberada por parte de ciertos medios e instituciones, consiste en introducir una forma de determinismo matemático allí donde solo hay una probabilidad estadística.

Siempre ha habido en nuestras sociedades grupos humanos empeñados en hacernos creer que no hay libertad y que todo responde a un mecano superior a nuestra voluntad, algo así como una sala de mandos gestionada por un Dios, un «Gran Hermano» o un «amigo imaginario» exclusivo de nuestra familia, grupo financiero, equipo político.

La cultura contemporánea tiende a sustituir con excesiva frecuencia las antiguas formas religiosas de predicción del futuro por una versión tecnificada y pseudocientífica del mismo impulso profético. Allí donde antes había revelaciones sobre el fin de los tiempos, hoy aparecen gráficos de riesgo, porcentajes apocalípticos y modelos estadísticos del fin de nuestra civilización.

El apocalipsis siempre ha tenido un enorme atractivo porque ofrece una explicación de todo basada en nada. Todo profeta adolece de un complejo de superioridad.

La ciencia es una actividad rigurosa precisamente porque sabe distinguir entre verdades y mentiras. Cuando una estimación de riesgo se transforma en un grimorio, el análisis científico se convierte en escatología amenazante.

El científico interpreta la realidad siempre con sus dudas y reservas. El profeta, por su parte, afirma -sin el menor fundamento y con el mayor descaro- que sabe lo que ocurrirá, nos amenaza con ello y, además, se lo cree. Sin embargo, nuestra libertad vale más que sus profecías.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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