- FEDERICO STEINBERG
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El futuro del sistema multilateral de comercio es incierto. Lo que está emergiendo es una nueva red desordenada de acuerdos comerciales. Si el sistema anterior se asemejaba a una catedral, con la OMC en el centro, el nuevo paradigma -en evolución- se estructuraría como dos sistemas solares.
El comercio mundial y su gobernanza se están reconfigurando. Más allá de los problemas que la guerra en Irán están causando a los flujos de petróleo y gas -que también afectarán a las cadenas de suministro globales- el proteccionismo del presidente Trump está dando lugar a una nueva estructura del comercio global. Los intercambios internacionales no han colapsado, pero los patrones de comercio e inversión están cambiando rápidamente en un contexto de pérdida de relevancia de la Organización Mundial de Comercio (OMC). Como aventura Baldwin, uno de los más agudos observadores del proceso de globalización, el comercio se está reestructurando alrededor de dos grandes centros: la Unión Europea (mediante acuerdos bilaterales de intensidad variable) y el acuerdo transpacífico (CPTPP, por sus siglas en inglés). Estas redes de acuerdos preferenciales aportan normas y previsibilidad en ausencia de una OMC que sigue, sin suerte, intentando reformarse para volver a ser relevante.
Desde la crisis financiera de 2008, la desconfianza en el libre comercio ha ido en aumento. Pero el asalto al libre comercio y la violación sistemática de las normas internacionales alcanzó un punto de no retorno con la segunda Administración Trump. El mayor importador del mundo, Estados Unidos, optó por instrumentalizar las importaciones y mostrar la cara más agresiva de la nueva hegemonía depredadora americana. En abril de 2025 elevó drásticamente los aranceles. Y, a pesar del varapalo del Tribunal Supremo de febrero de 2026, que declaró la mayoría de ellos ilegales, reconstruyó su muro con otras medidas que, muy probablemente, se mantendrán durante muchos años, aunque haya cambios de gobierno. Por su parte, China, el mayor exportador del mundo, respondió a los aranceles norteamericanos instrumentalizando sus exportaciones. Limitó la venta de minerales críticos, tierras raras, imanes y componentes farmacéuticos poniendo en jaque a la economía estadounidense al igual que Irán ha hecho cerrando el estrecho de Ormuz. Pero sus controles de exportaciones afectaron también al resto del mundo, que descubrió que el uso del comercio como arma arrojadiza y la instrumentalización de los puntos de estrangulamiento de la economía mundial podían utilizarse para ejercer coerción económica en ámbitos hasta ahora considerados seguros.
En cualquier caso, pese a la evidente intención de la Administración Trump de desglobalizar la economía estadounidense y a la rápida contracción de los vínculos económicos entre Washington y Pekín, lo cierto es que el comercio internacional no ha colapsado. Si bien los intercambios bilaterales cayeron un 30% en el último año, China ha logrado incrementar sus exportaciones hacia el resto del mundo. Este desvío comercial se ha dirigido especialmente hacia países africanos y de ASEAN, algunos de los cuales, especialmente Vietnam, están sirviendo como plataformas para sortear parte de las barreras arancelarias impuestas por Estados Unidos.
La mayoría de los países del mundo optaron por no responder a los aranceles trumpistas y, por el momento, según datos de la OMC, el comercio está creciendo más rápido que la producción mundial (avanzó un 2,4% en 2025), sobre todo por el dinamismo de los intercambios entre países emergentes, la aceleración del comercio de servicios y el comercio de algunas manufacturas impulsado por las inversiones en inteligencia artificial y centros de datos. Lo que sí se está produciendo es un proceso de near-shoring y friend-shoring por el que el comercio se intensifica con países vecinos y geopolíticamente alineados.
Frente a la nueva situación, la Unión Europea ha desplegado una doble estrategia. Primero, está intentando modernizar e integrar su mercado interior, especialmente en el área de servicios. El informe Letta y la agenda de simplificación regulatoria buscan derribar barreras que hoy equivalen a elevados aranceles encubiertos.
Además, la Unión ha adoptado una decidida estrategia de de-risking comercial para diversificar sus mercados y reducir su exposición a la coacción externa. La nueva urgencia geoeconómica ha vencido históricas resistencias proteccionistas internas, permitiendo a Bruselas cerrar en tiempo récord acuerdos vitales que llevaban décadas estancados. Destaca la aplicación provisional del ambicioso acuerdo con Mercosur, el pacto de enorme valor simbólico con la hiperproteccionista India, y los estratégicos acuerdos con Indonesia y Australia.
Estos tratados van mucho más allá de la reducción de aranceles. Pretenden aumentar el comercio, pero también tienen como objetivos apuntalar el sistema de reglas y mejorar el acceso de la industria europea a minerales críticos, esenciales para la transición energética y digital.
Con un Estados Unidos nacionalista estableciendo aranceles indiscriminadamente y actuando de forma depredadora, China instrumentalizando sus dependencias y aumentando su superávit comercial y la OMC malherida, el futuro del sistema multilateral de comercio es incierto. Lo que está emergiendo es una nueva red desordenada de acuerdos comerciales. Si el sistema anterior se asemejaba a una catedral, con un centro bien definido en la OMC, sostenido por el liderazgo de Estados Unidos y sólidamente anclado en reglas internacionales, el nuevo paradigma -aún en evolución- se estructuraría como dos sistemas solares.
Los dos sistemas
El primero, más anclado institucionalmente, gravitaría en torno a la Unión Europea, cuyo inmenso mercado interior atrae a todo tipo de países con los que se vincula mediante acuerdos preferenciales de intensidad variable. Baldwin distingue entre los que pertenecen al mercado interior, como Noruega; los que tienen acuerdos bilaterales profundos, como México, Corea, Japón o Vietnam; y los que tienen acuerdos más ligeros, como los países del Magreb.
El segundo, de carácter más laxo y descentralizado, orbitaría alrededor del CPTPP, un mega acuerdo comercial impulsado en su día por el presidente Obama, pero del que Trump se desvinculó en su primer mandato. El CPTPP incluye a Australia, Brunéi, Canadá, Chile, Japón, Malasia, México, Nueva Zelanda, Perú, Singapur, Vietnam y el Reino Unido, que se incorporó en 2023. China mantiene estrechos lazos comerciales con muchos de sus miembros, pero no pertenece al club. Solicitó la entrada en 2021 pero sus prácticas comerciales por el momento parecen incompatibles con los estándares que quieren mantener los otros países. El CPTPP tiene una profundidad institucional considerablemente menor a la europea (no es una unión aduanera por lo que ni siquiera tiene un arancel exterior común ni negocia como un bloque comercial), pero cada vez tiene más acuerdos con terceros países.
Además, ambos bloques convergen a través de los tratados bilaterales preferenciales que la Unión Europea ha suscrito con gran parte de los miembros del CPTPP. El resultado es que una proporción cada vez mayor del comercio mundial y de las cadenas globales de suministro tiene lugar en estos dos centros (y en las interacciones entre ellos), operando bajo normativas que continúan aportando certidumbre, previsibilidad y transparencia (y que, muchas veces, siguen las directrices de la OMC). India, por ejemplo, tiene acuerdos de libre comercio firmados tanto con la Unión Europea como con varios miembros del CPTPP. Y no es descartable que cada vez más países quieran estrechar lazos económicos con estos dos nuevos mega bloques comerciales porque sus sectores exportadores no querrán tener un peor acceso a estos jugosos mercados que aquellos países que ya han firmado acuerdos con los mismos, algo que se conoce como la teoría del dominó de la integración comercial preferencial.
En definitiva, la Unión Europea ha mostrado su clara voluntad de sostener el comercio abierto basado en normas y sólo se ha planteado utilizar sus nuevos instrumentos geoeconómicos de defensa comercial contra Rusia, China y Estados Unidos. Y lo que es más importante desde un punto de vista estratégico, está consiguiendo que muchas de sus prioridades en materia comercial e inversora se vean reflejadas en los nuevos acuerdos preferenciales que ha firmado, aunque haya tenido que suavizar algunas de sus tradicionales exigencias en materia medioambiental o laboral. Queda por ver si esta renovada apuesta por la integración económica no genera un mayor descontento en una opinión pública que, aunque sigue siendo menos proteccionista que la de otras economías avanzadas, está crecientemente descontenta con la globalización y suele utilizar el comercio como chivo expiatorio de muchas de sus inquietudes y ansiedades.
Federico Steinberg | Catedrático Príncipe de Asturias en la Universidad de Georgetown e Investigador del Real Instituto Elcano
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