- ÍÑIGO OYANGUREN
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La historia de la civilización es en gran medida la historia de sus herramientas. Desde el dominio del fuego hasta la escisión del átomo, el ser humano ha ideado mecanismos cuya potencia es solo comparable a su capacidad de aplicarlos de manera indebida.
En el ecosistema financiero, las titulizaciones ocupan ese mismo espacio ambivalente: nacieron como un ingenio brillante para democratizar el crédito y distribuir el riesgo, y aunque su uso desviado en el pasado reciente nuble su reputación, su esencia sigue siendo una de las innovaciones más valiosas para el engranaje de la economía real.
En el contexto actual, rescatar el rigor de este mecanismo no es solo una cuestión de técnica financiera, sino una prioridad estratégica para la competitividad y la soberanía europea. Mientras que otras potencias como EE UU con una cultura del ahorro muy inferior utilizan la titulización de forma masiva para oxigenar sus mercados, Europa sigue enfrentándose a una fragmentación que lastra su crecimiento. Si aspiramos a una verdadera autonomía financiera, la titulización es la llave maestra: permite liberar la capacidad de préstamo de los bancos y movilizar el ahorro privado hacia proyectos críticos, desde la transición energética hasta el impulso de nuestras empresas, incluyendo la financiación necesaria para hacer frente a los actuales conflictos bélicos. Sin un mercado de titulizaciones profundo y eficiente, la independencia económica de la Unión Europea seguirá siendo un objetivo incompleto
Esta visión no es una mera teoría académica, sino el eje central de las hojas de ruta que hoy marcan el futuro del continente. Los informes presentados por Mario Draghi y Enrico Letta han sido tajantes al señalar que, sin un mercado de titulizaciones dinámico, Europa carecerá del músculo financiero para competir globalmente. A este consenso se ha unido con fuerza el presidente Emmanuel Macron, quien en el Foro de Davos subrayó la urgencia de reactivar este mecanismo para movilizar el ahorro europeo hacia inversiones estratégicas como la defensa, la inteligencia artificial y la transición energética. Para estos líderes, la titulización ha dejado de ser una opción técnica para convertirse en un imperativo político.
Desde el punto de vista bancario, el funcionamiento de la titulización es bien conocido. Se agrupan activos representativos del balance del originador -hipotecas, préstamos a grandes corporaciones, financiación a pymes, proyectos de infraestructuras etcétera-, se estructuran en tramos con distintos perfiles y se transfiere el riesgo de crédito a inversores. Con ello, el banco libera capital, gana eficiencia y puede volver a prestar, incrementando la velocidad de su balance manteniendo el nivel de riesgo invariable. Este modelo, conocido como originate to distribute, es hoy una prioridad estratégica para los grandes bancos europeos. Entidades como Santander, BNP Paribas, Barclays o Deutsche Bank que lideran el mercado europeo de titulizaciones ya han incluido esta palanca como herramienta de gestión de balance, dotándole de flexibilidad ante eventos idiosincráticos y permitiéndoles incrementar su inversión crediticia.
A pesar de los desafíos conocidos, el horizonte empieza a despejarse gracias a los primeros brotes verdes en el ámbito regulatorio. La reciente voluntad de las instituciones europeas de revisar y flexibilizar la normativa vigente abre una ventana de oportunidad para que la titulización recupere su papel dinamizador. No obstante, para que este impulso sea pleno, es necesario ensanchar la base de inversores. Si bien el mercado ha ganado profundidad en los últimos años, todavía echamos de menos una mayor participación de agentes clave como las compañías aseguradoras. Su entrada decidida en este mercado, hoy limitada por requisitos de capital aún exigentes pero con visos de cambio en la nueva normativa de Solvencia II (fecha prevista 30/1/2027), aportaría la estabilidad y el volumen necesarios para consolidar un ecosistema financiero verdaderamente robusto y autónomo.
En definitiva, la actual encrucijada geopolítica no concede tregua ni segundas oportunidades: Europa ya no puede permitirse el lujo de renunciar a ninguna de sus herramientas de progreso. Si la historia de la dinamita nos enseñó que el valor de un invento reside en su gestión responsable, el momento actual nos obliga a redimir la titulización como ese motor de soberanía económica que el continente reclama. Ante una competencia global feroz y la necesidad urgente de financiar nuestro propio futuro, apostar por un mercado de capitales profundo y dinámico no es ya una opción técnica entre otras, sino un imperativo estratégico. Es hora de dejar atrás los recelos del pasado y emplear todo el ingenio financiero a nuestro alcance para asegurar que Europa siga siendo dueña de su propio destino.
Íñigo Oyanguren | Socio de Financial Services Consulting de KPMG en España
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