En la página noventa de 'Mañana en la batalla piensa en mí', el escritor Víctor Francés acude al entierro de Marta Téllez, la mujer que ha muerto en sus brazos esa misma semana. Escondido entre el cortejo fúnebre, Víctor Francés contempla la sepultura —«aquella tumba ... de mujeres»—, en la que Marta Téllez ocupará sitio junto a su madre, su abuela y una hermana muerta a la edad de cinco años. A los ojos del narrador de aquella novela, la piedra vuelve legible el cuerpo de quien ya no está. Son las doce de un lunes de verano y pienso en el protagonista de 'Mañana en la batalla piensa mí' mientras busco la tumba de Javier Marías en el cementerio de San Isidro. El once de septiembre se cumplirán cuatro años de su muerte.
Tengo algunos datos sobre la ubicación de la tumba del escritor. Los conseguí en la página de la Sacramental. Asciendo a solas por un largo paseo flanqueado por cipreses y avanzo hasta una terraza. Es el Patio de la Concepción —dirección equivocada, me enteraré después—. Nada más darme la vuelta, distingo desde lo alto una sepultura horizontal de granito gris, con una cabecera de piedra negra grabada en letras blancas. Desde aquí alcanzo a leer su nombre. Bajo una escalinata de rampas laterales y me acerco. La suya es la única tumba con flores reales. No están frescas, pero resisten: un arreglo funerario de claveles rojos y crisantemos verdes de botón, una maceta de hiedra parcialmente seca, un pequeño clavel rosa y una ramita de paniculata blanca.
'Así que pasen treinta años', de Javier Marías: lucidez y ética ciudadana
Leo. «De vuelta del mar…». Es el título de la antología poética de Stevenson seleccionada y traducida por Javier Marías. No puedo apartar la vista de los puntos suspensivos. Mi mente completa de inmediato: «Aquí yace donde quiso yacer; de vuelta del mar está el marinero, de vuelta del monte está el cazador». Son los versos de 'Requiem', el poema que sirvió de epitafio a Stevenson. Le siguen la identificación civil y profesional, «Javier Marías. Escritor», y su nombre regio, «XAVIER I / Rey de Redonda», adoptado por él en 1997 al recibir la corona literaria de Jon Wynne-Tyson. Justo debajo aparece «RIDE SI SAPIS», el lema real que también acompañó a la editorial Reino de Redonda. «Ríe si sabes» o «ríe si eres sabio». El propio Marías explicaba el lema en relación con el carácter irónico tanto de la editorial como de ese Reino ahora sin sucesor del que está grabado —también en blanco sobre la piedra— el emblema de la flecha orientada hacia arriba, apuntando al día, mes y año de nacimiento y muerte de su único monarca.
Abajo del todo de la lápida puede leerse: «Cuando tu voz calle, tu corazón me seguirá hablando»
Un jardinero cruza el paseo San Millán en dirección a los patios históricos del cementerio. El sol enceguece y hace calor. No hay nadie más alrededor. Sigo estudiado la lápida de Javier Marías como a una página impresa. Es, de alguna manera, un retrato involuntario del autor. Abajo del todo, puede leerse: «Cuando tu voz calle, tu corazón me seguirá hablando». Ese mismo lunes descubriré que ese verso pertenece al poema 'My Song', de Tagore. En español se ha traducido «Cuando mi voz calle con la muerte, mi corazón te seguirá hablando». La lápida altera deliberadamente los pronombres.
Permanezco de pie. Evito moverme. Cualquier gesto me parece irrespetuoso o frívolo —hacer la foto que acompaña el texto lo es—. Me concentro en la inscripción. Aspiro al respeto y a la memoria con una sensación extraña. Para alguien que dedicó las páginas más brillantes de su literatura a entender el rastro o lo que queda de la memoria de los otros, esta lápida propone una paradoja. Los muertos modifican retrospectivamente la vida de quienes los sobreviven. Ese fue uno de los temas clave de Javier Marías. La muerte no clausura al otro. Puede, en realidad, producir una forma nueva —a muchas veces más intensa— de conocimiento.
El único territorio común entre Javier Marías y quienes le sobreviven está en sus palabras. Sustraídas del tiempo ordinario, de los objetos, o incluso de esta lápida, componen el único lugar posible, el único y verdadero espacio común entre los vivos y los muertos. Es casi ya la una de un lunes de verano, camino en dirección al Paseo del Santo. Saldré a buscar un taxi, incluso a sabiendas de que esto «no es la puerta del Palace». La gravilla cruje bajo la suela de mis zapatos. Lo sé porque la escucharé toda la tarde. Incluso ahora me parece escucharla todavía dentro de mi cabeza.
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