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El ministro de la Presidencia, Justicia y Relaciones con las Cortes, Félix Bolaños. EPSábado, 17 de enero 2026, 00:04
... la vista intermitente, se siente capaz de poder sacar algunas conclusiones que no habría osado hacer con aquellos años en los que los brazos eran moldeables, las ganas innegociables y convicciones quebradizas.Hablo de una verdadera mala persona, alguien que, enviado a hacer una cruenta misión por el diablo (quien dice diablo dice una empresa sin escrúpulos) la realizó, no solo eficazmente, sino desplegando toda la crueldad que el poder que le habían concedido le permitió.
Recuerdo su nombre, recuerdo su voz despótica, chulesca, su tono de suegro borracho en nochevieja mientras se dirigía a aquellos a los que mandaba a la calle, recuerdo su barriga excesiva, su boca obscena y blanda, su lamparón en una corbata que ni siquiera trataba de engalanarle. Recuerdo su apretón blando y su olor a perfume caro pero elegido por alguien que seguro que se lo compró porque podía pagarlo, no porque le pegara.
Fue contratado para cambiar una empresa que había a su vez cambiado de dueño, y alguien debe hacer el trabajo sucio, no es algo que le convierta en la peor persona que he conocido, pero sí puedes tratar de dejarlo todo limpio a tu paso y aquello, cuando él acabó, era un baño de estación de autobuses a las 6 de la mañana.
No era, ya digo, lo que le había tocado hacer, eran las risas mientras lo hacía, eran las comidas con los suyos en el asador al lado de la empresa donde gente estaba desguazando su futuro. Eran sus llegadas tras esas comidas con olor a aliento de coñac caro y conciencia sin tocar.
Cuento todo esto porque me parece bonito, en todos estos años, haber conocido a una sola mala persona y porque, al recordarle para este artículo, he tratado de saber que fue de él cuando la empresa le despidió tras cumplir su papel y he descubierto que su nombre se ha acogido al derecho al olvido en internet y no hay absoluto rastro de aquella maldad.
«El mejor truco del diablo fue convencer al mundo de que no existía» (Baudelaire).
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