Las reivindicaciones de los activistas por el derecho a la vivienda han calado porque el caso de Maricarmen tocó el corazón de muchos ciudadanos, pero llevaban muchos años cocinándose
Regala esta noticia Añádenos en Google Concentración este pasado viernes por la vivienda y en recuerdo de Maricarmen Abascal en la plaza de la Constitución de Málaga. (Pedro J. Quero) 10/10/2026 Actualizado a las 22:22h.Una mujer, Maricarmen Abascal, se convirtió en paradigma de la crisis inmobiliaria. Llevaba setenta años pagando religiosamente el alquiler de una casa, pero una operación ... especulativa de una empresa inmobiliaria requería su desalojo para ser aún más rentable. Maricarmen optó por resistir y por que su pelea individual se convirtiera en colectiva. Así que las reivindicaciones del movimiento social por la vivienda, que ya se habían encarnado en muchas otras personas antes (porque cientos de activistas en toda España tratan de parar desahucios todos los días desde hace años), en ella lo hicieron especialmente y fue posible la magia, ese enorme salto en la conciencia que siempre busca una lucha colectiva, esa génesis de un nuevo sentido común generalizado entre la gente: el derecho a la propiedad no puede estar por encima de la vida; la vivienda no puede ser un negocio que se ponga por delante de su función social, de su condición de bien de primera necesidad; su mercantilización ha ido demasiado lejos, hay que parar y revertir esta deriva de una vez por todas.
En todo este proceso la vivienda se ha convertido en el asunto que marca la línea divisiva entre las izquierdas y las derechas, la raya en la arena de las ideologías. Si la política y la democracia parlamentaria buscan la gestión de intereses contrapuestos y ordenar preferencias sociales, ha quedado claro que el Gobierno de progreso no tiene los apoyos para cumplir con lo que ha sido clamor en la calle porque el grueso de la derecha se ha puesto enfrente. No es una novedad, ya había habido votaciones previas parecidas en el Congreso, pero la calle, el movimiento social por la vivienda encarnado en Maricarmen, ha adquirido tal fuerza que Pedro Sánchez se ha visto impelido a convocar elecciones justo ahora y precisamente por esta causa. El Sindicato de Inquilinas y otros colectivos acampados en plazas de toda España han logrado colocar la vivienda como asunto prioritario en la agenda y han forzado que se ponga fin al callejón sin salida en que el legislativo había puesto al ejecutivo desde hacía muchos meses y que le había condenado a la parálisis ante una situación que ya se percibe como emergencia habitacional.
También es verdad que el presidente del Gobierno habrá pensado que no va a tener mejor ocasión ya que cree que el extendido nuevo sentir popular le favorece.
Años de sembrar semillas
Todo esto no ha sido fruto de la casualidad, ni ha sido del todo espontáneo al calor del conmovedor y a la postre trágico caso de Maricarmen, sino fruto de la persistencia, la perseverancia y el estudio continuado del movimiento social por el derecho a la vivienda. Es una historia que data de hace al menos dos años, periodo en el que en Málaga y en el resto de España se han convocado cuatro grandes manifestaciones, a las que se suman asambleas en los barrios, acciones diversas de protesta o la intervención en desahucios y todo tipo de conflictos habitacionales, así como alguna tentativa de acampada previa a la actual, en la capital malagueña sin ir más lejos.
Este movimiento ha dotado de sentido, ha explicado, ha contextualizado, las experiencias particulares, lo que se sufre individualmente y mucha gente ha ido conectando con su discurso desde hace mucho tiempo, pero sobre todo al tomar cuerpo en el caso de Maricarmen Abascal. Entonces ha sido cuando se ha producido el estallido, el momento culminante de la movilización. Este tipo de fenómenos las ciencias sociales sólo pueden analizarlos a posteriori. Son impredecibles. Incluso para los propios protagonistas es imprevisible cuándo se va a producir ese click, ese salto sideral en la protesta; ni siquiera es seguro que alguna vez vaya a tener lugar.
Acampada en Madrid, en Santander y detalle del altar en homenaje de Maricarmen en la Puerta del Sol.. (C. V.)La movilización ha adquirido una dimensión tan grande como el 15M, pero mucho más útil por dirigirse a un asunto en concreto y con unas demandas mucho más claras. El 15M se presentaba en 2011 como una enmienda a la totalidad del «régimen del 78», como una rebelión del pueblo contra las élites. Quince años después lo que se reivindica es el cumplimiento efectivo de un derecho con medidas que responden a investigaciones de personas como Jaime Palomera y Javier Gil, quienes han afirmado, entre otras cosas, que el gran problema es la concentración de la propiedad inmobiliaria lo que hace ineficaz la sola construcción de más casas para bajar los precios, y han sugerido (y logrado incorporar a los decretos del Gobierno) el contrato de alquiler indefinido para dar seguridad y estabilidad a las vidas inquilinas y evitar subidas leoninas de las rentas.
Como contaba el sociólogo Paolo Gerbaudo en un artículo publicado hace unos días en la revista 'Jacobin', a diferencia de los indignados del 15M, que usaban un lenguaje populista muy vago y genérico, los jóvenes de las acampadas de 2026 vuelven a utilizar la retórica de la izquierda tradicional, el discurso de clase. No sólo han logrado cambiar el tema de la conversación pública, sino que han colado en los telediarios y en el 'prime time' palabras que no se escuchaban desde hacía décadas. La responsable en gran medida de la recuperación de este lenguaje es la Coordinadora Juvenil Socialista que, aventuramos, podría tener la tentación de convertirse en un partido que salte al ruedo electoral como sucedió antaño con Podemos.
Huelgas que gestan movimientos sociales y no el sindical
Y llegamos a la huelga general. La manera en que se ha llegado a ella, con el empuje de un movimiento social, tiene pocos precedentes. Apenas la huelga feminista de 2019 o la que se organizó para condenar el genocidio de Gaza hace justo un año. Pero en esos casos los sindicatos mayoritarios apenas se avinieron a respaldar paros parciales de dos horas por turno. Que Comisiones Obreras y UGT hayan optado en esta ocasión por la huelga general es otra evidencia más de la fuerza que ha adquirido el movimiento por la vivienda. Pero, una vez más, esto tampoco ha sido casualidad ni una improvisación. Los activistas por el derecho a techo llevaban al menos un año llamando a la huelga general. En Málaga la manifestación del pasado 27 de junio ya llevaba ese lema y mostraba ese objetivo: a sus ojos, su causa bien merecía el empleo de este instrumento de lucha que tienen los trabajadores y a ese fin organizaron también jornadas pedagógicas sobre la huelga. Como fecha para el paro, se barajaba, bien este otoño, bien comienzos de 2027.
Hay dos precedentes apenas de una huelga alentada por un movimiento social: la feminista y la que se convocó en solidaridad con Gaza
El paro tendrá lugar un par de días antes del inicio de la campaña electoral. Su seguimiento será un indicador importante para medir el respaldo al movimiento (aunque hacer huelga no es siempre fácil). Pero el dato decisivo será el que proporcionen las urnas. Las izquierdas han hecho suyas las reivindicaciones de las acampadas. Y el enorme riesgo al que se enfrentan el Sindicato de Inquilinas y el resto de colectivos que se han movilizado en las últimas semanas es sufrir una derrota que borre de un plumazo todo el capital político que han acumulado si el PSOE y los grupos a su izquierda no son capaces de armar una mayoría parlamentaria suficiente que dé mayor legitimidad a las medidas que aprobará la diputación permanente de Congreso y que dan satisfacción preliminar a los acampados. Aunque el movimiento por la vivienda ha sido muy crítico con el Gobierno de coalición y le ha afeado que, como el resto de administraciones, ha arrastrado los pies con este asunto, si Pedro Sánchez no consigue revalidar su Ejecutivo el 29N, pueden verse también perjudicados los chalecos naranjas. Aunque éstos puedan considerar que su lucha cobraría aún más sentido ante un Gobierno de derecha, perderían legitimidad.
Ha habido quien se ha mostrado preocupado por los mensajes antipolítica de los activistas. Y es verdad que se ha escuchado eso de «se acabó el tiempo de los políticos», pero también lo es que han sido capaces de cambiar el tema de conversación y que de las identidades (en este caso desde su perspectiva ultra y excluyente, no woke e inclusiva) se haya pasado a hablar de los problemas materiales de la población de clase trabajadora, al margen de su origen y color de piel. En otros lugares con esta receta se ha fabricado la vacuna contra la ultraderecha.
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