Todo puede empeorar. Es lo primero que se vino a la cabeza de España entera cuando caía la noche del domingo y llegaban las primeras noticias de la tragedia que empezaba a teñir de luto el hielo y la nieve. En una era tan opresiva, oscura y deprimente, una espantosa tragedia del AVE en un lugar por donde pasan casi todos los españoles alguna vez era lo que faltaba.
Todo estaba preparado para comenzar la semana. En las casas donde tantos viajeros nunca regresaron a cenar, en los colegios donde algunos niños no volvieron a su clase, en el bar de Adamuz que iba ya a cerrar cuando tuvo que abrir toda la noche para dar café a los supervivientes y a las asistencias, en el Ayuntamiento donde el alcalde se encontró con el espanto a punto ya de llegar a su casa.
Y en Moncloa y en Génova. Todo estaba previsto para un encuentro que sería un episodio de la batalla sin cuartel que se desarrolla ante la mirada -cansada y casi extenuada- de la ciudadanía española. El presidente había quedado en verse con el líder de la oposición y de allí debía salir el desencuentro de cada hora, de cada día, de cada semana y de cada mes. Pedro Sánchez necesita agenda para intentar demostrar que sigue gobernando y Alberto Núñez Feijóo necesita evidenciar que es la oposición dura, más dura que nunca. Por tanto, los equipos habían preparado ya el escenario del combate. Preguntado por su entrevista con Feijóo, Sánchez había declarado en una entrevista a La Vanguardia: «Soy todo oídos». La dirección del PP había anunciado que, o el presidente le informaba con pelos y señales de la política de Defensa, o no entraría a hablar del posible respaldo al posible envío de tropas españolas a Ucrania después de un posible acuerdo de paz. Todo posible. Como el azar que alteró sus agendas, les obligó a abrir un periodo de luto nacional y a ponerse la corbata negra.
Se produjo entonces una tregua inesperada en la pelea interminable hacia 2027. Cesaron las hostilidades y la mayoría política acompañó la solidaridad, entrega y compasión de un país cuyos ciudadanos, Guardia Civil y equipos de emergencia siempre dan ejemplo de cómo rescatar a las víctimas y dar consuelo a sus familiares en las tragedias.
No es por casualidad que la oposición del PP haya decidido darse un respiro frente a Pedro Sánchez en la tragedia de Adamuz. Tampoco lo es que sea Vox el único partido político español que no respeta el luto oficial y que responsabiliza de la tragedia al ministro de Fomento y al presidente del Gobierno. Vox nunca ha gobernado, no tiene ese tipo de reparos institucionales, nunca ha gestionado ninguna tragedia. El PP, sí.
Bastantes, por desgracia. Alberto Núñez Feijóo jamás podrá olvidar la noche del 24 de julio de 2013 que pasó en el infierno de la curva de Angrois, donde 80 personas murieron al descarrilar un Alvia. Él era presidente de la Xunta de Galicia, Mariano Rajoy presidente del Gobierno, y Ana Pastor, ministra de Fomento. Tres dirigentes políticos gallegos frente a una espantosa tragedia en la víspera de la fiesta del Apóstol Santiago, patrón de Galicia. El PSOE de Rubalcaba, y los gobiernos de Rajoy y de Feijóo comparecieron juntos. Los socialistas renunciaron a culpar al Ejecutivo, aunque algunas asociaciones de víctimas apretaron en las calles. Unos años después, en 2018, el PSOE aceptó crear una comisión de investigación en el Congreso que se disolvió automáticamente con la convocatoria anticipada de 2019.
El presidente de la Junta de Andalucía, del PP ajeno a la radicalidad y guerra digital de sus colegas de Madrid, acompañó a Pedro Sánchez y al ministro Óscar Puente, a quien la tragedia ha obligado a desprenderse de su uniforme de combate en la batalla digital para ponerse el chaleco de la gestión de la emergencia. Qué remedio. Y la presión ambiental para conocer las causas del accidente hace esa gestión muy difícil para un ministro que no se ha caracterizado por buscar amigos, ni siquiera en su partido. Puente se enfrenta a una gran crisis de confianza en la gestión del medio de transporte más querido por los españoles.
Juanma Moreno está en su sitio, cómodo. Sabe que Andalucía no le perdonaría otra actitud distinta de la que ha tenido, que es de colaboración total con el Gobierno. A pesar de que la comunidad autónoma no dispone de competencias sobre el transporte ferroviario.
La tregua existe. Aunque es frágil. No hay costumbre de practicar la moderación. Y a la vista está que hay mucha gente en el entorno del PP que, sin disimulos, presiona para parecerse un poco más a Vox. Un partido que en este momento aprovecha cualquier oportunidad y cualquier tragedia para presumir de antisistema. Y también en algunos sectores de la izquierda, hay gente que se muestra decepcionada porque esperaba que Feijóo culpara de la tragedia a Sánchez para alimentar el argumento de que PP y Vox son lo mismo.