La Tribuna
Dopamina, jóvenes e IALa adicción a pantallas, redes sociales y teléfonos móviles debe abordarse ya como un problema de salud pública
Regala esta noticia Añádenos en GoogleMálaga
23/09/2026 a las 02:00h.La problemática relación de nuestros jóvenes con las pantallas electrónicas se ha convertido en uno de los problemas emergentes de Salud Pública en los países ... desarrollados. Hablamos ya de conductas adictivas, alteraciones del sueño, menor capacidad para mantener la atención, peor control de la impulsividad y problemas de salud mental en edades cada vez más tempranas. Una revisión científica reciente, que reunió 182 estudios y más de un millón de participantes, encontró asociaciones entre el uso de redes sociales y varios de estos problemas. En honor a la verdad, hay que recordar que buena parte de la evidencia disponible sigue siendo observacional y todavía no permite establecer con claridad qué es causa y qué es consecuencia.
Y aquí aparece el nombre de una sustancia utilizada a veces con demasiada ligereza: la dopamina. No es simplemente la 'hormona del placer', como suele repetirse. Es un neurotransmisor esencial relacionado, entre otras funciones, con la motivación, el aprendizaje y los circuitos de recompensa. Nuestro cerebro aprende qué estímulos merece la pena repetir. Una notificación, un vídeo nuevo, un comentario o un 'like' pueden convertirse en pequeñas recompensas sociales, especialmente poderosas cuando aparecen de manera variable e impredecible.
No es solamente una hipótesis atractiva. En un conocido experimento publicado en Psychological Science, Lauren Sherman y sus colaboradores estudiaron mediante resonancia magnética funcional la respuesta de adolescentes mientras utilizaban una interfaz similar a Instagram. Cuando observaban fotografías que acumulaban muchos 'likes', aumentaba la activación de regiones cerebrales relacionadas con el procesamiento de la recompensa. Además, los adolescentes tenían mayor probabilidad de dar ellos mismos un 'like' a imágenes que ya habían recibido muchos. Recompensa e influencia social aparecían así dentro del mismo marco explicativo.
Hasta ahora nuestra preocupación se centraba fundamentalmente en las redes sociales. Pero mientras discutimos cómo proteger a los menores de Instagram, TikTok o del teléfono móvil, está entrando en sus vidas una tecnología potencialmente mucho más persuasiva: la inteligencia artificial (IA).
Una red social aprende qué vídeo consigue que permanezcamos mirando. Una IA conversacional puede aprender cómo hablarnos. La diferencia no es menor. Los nuevos sistemas antropomórficos pueden utilizar un lenguaje aparentemente empático, recordar conversaciones, adaptar su personalidad, estar disponibles a cualquier hora y responder sin cansancio ni rechazo. El 'like' deja de ser el único refuerzo. Ahora la recompensa puede adoptar la forma de atención permanente, comprensión o incluso amistad.
Y los jóvenes ya están experimentando con ello. Una encuesta representativa realizada en Estados Unidos a 1.060 adolescentes de entre 13 y 17 años encontró que el 72% había utilizado alguna vez la IA como si fuera un compañero y el 52% lo hacía regularmente. Más inquietante todavía: aproximadamente uno de cada tres consideraba sus conversaciones con estos sistemas tan satisfactorias o más que las mantenidas con amigos reales, y otro tercio había elegido alguna vez hablar de asuntos importantes con una IA en lugar de hacerlo con una persona. Afortunadamente, el 80% seguía dedicando más tiempo a sus amigos reales, un dato que también debemos recordar para no convertir una preocupación legítima en alarmismo.
La investigación científica empieza ahora a preguntarse qué consecuencias puede tener todo esto durante una etapa decisiva del desarrollo social. Una revisión publicada recientemente advierte de una posibilidad inédita que las redes sociales no ofrecían: que los adolescentes establezcan vínculos emocionales con entidades no humanas precisamente mientras están aprendiendo a construir su identidad y su forma de relacionarse con los demás.
Los políticos están reaccionando hasta ahora de una forma bastante uniforme. Buscan rápidamente una edad, una prohibición y una ley. Probablemente necesitaremos una protección especial para los menores, pero sería un error reducir un fenómeno tan complejo a una simple discusión entre prohibir o permitir.
Estamos exponiendo cerebros todavía en desarrollo a productos tecnológicos diseñados específicamente para competir por su atención
Necesitamos más ciencia antes de regular a ciegas. Necesitamos estudios longitudinales capaces de avanzar desde la correlación hacia relaciones causales entre determinados hábitos digitales y alteraciones concretas de la salud, y que nos permitan identificar qué usos son realmente perjudiciales, para quiénes y en qué etapas del desarrollo. Porque cuando terminemos de comprender del todo el impacto de las redes sociales, probablemente estas ya no existirán tal y como las hemos conocido. La IA está creando una nueva forma de relación entre las personas y la tecnología, mucho más cercana, personalizada y potencialmente persuasiva.
Los nativos inteligentes no se limitan a utilizar la IA, si no que crecen, aprenden, se entretienen y relacionan con ella a diario. Nuestra responsabilidad no consiste únicamente en protegerlos de la tecnología, sino en comprender científicamente qué está haciendo la tecnología con ellos. Solo así podremos decidir qué debemos limitar, qué debemos enseñar y qué tipo de relación queremos que nuestros jóvenes construyan con una tecnología que ocupará una parte cada vez mayor de su tiempo, su atención y, probablemente, también de sus relaciones.
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