Rosario es la ciudad de Lionel Messi, Fito Páez y Roberto Fontanarrosa, queda a trescientos kilómetros de Buenos Aires y hace dos años, un martes por la noche, vibraba con un partido de fútbol caldeado y con 500 policías que procuraban impedir ... lo usual: que los ultras quemaran todo o se mataran a tiros. Delicias de la pasión futbolera argentina.
Tres adolescentes de quince años, que atendían el búnker Fuerte Apache y vendían drogas, tenían para esa noche una misión especial: buscar un taxista al azar y fusilarlo. El dinero lo ponía la mujer de un narco local que estaba en la cárcel y que se apodaba Chucky: el gobierno había endurecido las condiciones internas porque los pabellones se habían convertido en verdaderas oficinas del crimen; desde allí los capos manejaban por teléfono un negocio cuyo pico de violencia había sucedido poco antes: las pandillas asesinaron a 287 personas en Rosario durante un año.
El nuevo gobernador decidió entonces apretar las clavijas donde estaban los jefes, en las prisiones, y Chucky -durante una visita «sanitaria»- le comunicó a su mujer que era imprescindible crear una operación masiva de terror social. La consigna era usar menores de edad y matar gente inocente.
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Esa noche había pocos ciudadanos en la calle y un calor sofocante: los tres sicarios contratados por aquella esposa fiel subieron a un taxi y le dispararon a quemarropa al chofer. Al día siguiente hicieron lo mismo con otro: el sicario le vació el cargador de su pistola, cubriéndolo de sangre y produciéndole espasmos nerviosos. Cabeza, tórax, abdomen. Una carnicería. «Dos choferes muertos en menos de 24 horas» decían las noticias, y el sindicato de taxistas llamaba a una huelga.
La crónica de esas horas dramáticas está minuciosamente narrada en 'Niños sicarios' que acaba de publicar en la Argentina Penguin Random House y que firma Germán de los Santos, el periodista que más investigó a Los Monos, la sanguinaria banda de narcotraficantes que asolaba esa ciudad y cuyo patriarca tenía en su casa un gran póster de Tony Montana.
Paseando por Madrid vi que vendían camisetas de Escobar como si fuera un simpático rebelde del sistema
Amenazado de muerte, Germán nunca dejó sin embargo de retratar esa maquinaria mafiosa. En su último libro, revela cómo esos asesinos mataban como profesionales pero seguían siendo chicos, en un curioso y escalofriante desdoblamiento de la personalidad. Luego de asesinar taxistas se iban de shopping, a comprarse deportivas y a comer alfajores, siguiendo el apotegma que Arturo Pérez-Reverte describe en 'La reina del sur': «Prefiero vivir cinco años como un rey a cincuenta como un buey».
El operativo que había pensado Chucky no se detenía allí: otros dos chicos en una moto Honda Twister atacaron a balazos un ómnibus de la línea 122. Tenían orden de matar a un conductor, pero como la bala sólo le rozó la cabeza, buscaron a otro, a quien le metieron tres tiros: «Los pasajeros entraron en pánico por lo que habían visto, un crimen al atardecer en plena calle, con un sicario a cara descubierta que disparó contra el chofer, sin robarle, sin ninguna discusión de por medio, sin ninguna razón».
Terrorismo puro. Minutos después rociaron de balas una comisaría e incendiaron otro taxi. Ese día tenían la directiva de ejecutar a un recolector de residuos. La ciudad debía quedar sin transporte y llena de basura. El autor lo vincula con una frase de Joker: «Introduce un poco de anarquía. Altera el orden establecido, y todo se vuelve un caos». Hubo toque de queda y los cafés y restaurantes quedaron vacíos. Esa jornada acabó con la masacre del empleado de una gasolinera.
Recordé estas escenas vívidas que relata Germán de los Santos, cuando paseando por Madrid vi que vendían camisetas de Escobar Gaviria como si fuera un simpático rebelde del sistema o un rockstar. De lejos y a salvo, todo es cómic. La prosperidad europea a veces estupidiza y la frívola ignorancia se atreve a todo.
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