Diría que en el café cabe algo más grande, algo que no sé muy bien definir: algo de la vida, de la memoria, de la ciudad. Es por el café que nos entra la modernidad, el mundo nuevo, la adultez; en el café volcamos la ... costumbre y la manía, el estilo y el capricho, los prejuicios y la democracia misma, que se fundó en uno de esos cafés que ya no quedan.
El café con leche somos todos en algún momento de nuestra biografía, tal vez este, y también es Ana Botella vendiendo su 'relaxing cup in Plaza Mayor', fracasando como fracasan los españoles: hablando en inglés. El con leche de soja es para ese día en el que empiezas a preocuparte por la inflamación, el cuerpo y esas cosas que creíste que solo eran problemas de los demás, como la próstata. El café solo, en cambio, es para cuando quieres ir desprendiéndote de caprichos –el azúcar, los kilos, la hipoteca– para ir ligero y, si hay un momento del que no se vuelve nunca, es del café recién molido en casa, extraído con filtro sin presurizar (tampoco se vuelve de un examen de próstata, pero eso es otra historia, otra columna).
Por los cafés, diría, sabe uno dónde está, y cómo, y entiende que ha pasado el tiempo cuando está en su pueblo y escucha aquello que antes solo se decía en Malasaña:
El 'flat white' ha venido a usurparle el puesto al café con leche en vaso de caña o en taza, tanto da: es su refinamiento, su encarecimiento, su evolución; el 'flat white' es nuestro ascensor social, la única revolución posible ahora que los indignados llenan las consultas de los psicólogos y no las plazas. Es el progreso que nos queda: pagar más por lo de siempre, y con una sonrisa en la cara.
Para tomar un 'flat white' hay que ir a una cafetería de especialidad, que es un lugar con un poco de cafetería y otro poco de iglesia. Allí importa tanto el producto como el ritual, y al camarero se le dice barista, y se valora que vaya con barba de pope ortodoxo y diga palabras que podrían ser griegas o rusas antes de cobrarte, siempre con parsimonia, como si te hiciera un favor.
Fue en una de esas cafeterías donde vi por primera vez el cartel de los ordenadores: había que pagar seis euros por sacar el portátil y ponerte a trabajar. Si era fin de semana, ocho euros. Y ponía: «Gracias por su comprensión y por contribuir a que este sea un espacio cómodo para todos». Miré el poso del café y vi el futuro: ya te cobran por lo único gratis que nos quedaba, que era quedarnos.
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