Más de uno querría poder hacer como este rey asirio: sacudirse el fardo de los errores y quedar limpio de toda falta
Regala esta noticia Añádenos en Google 22/09/2026 a las 02:00h.De Asarhadón, rey asirio que ocupó el trono hace alrededor de 2.700 años, se cuenta que se rodeaba de adivinos para que le avisaran ... cuando se avecinaban acontecimientos adversos. Ante el vaticinio infausto, la costumbre regia era abandonar el cargo y poner en su lugar a un hombre de paja. En cierta ocasión, ante un mal augurio, Asarhadón se apeó de su dignidad por espacio de cien días, durante los que un campesino se sentó en su trono y vivió en su palacio, con todos los privilegios y lujos de los que disfrutaba el monarca. Pasado el nubarrón, el campesino fue depuesto, asesinado y enterrado con los honores reservados al rey. Asarhadón, indemne, volvió a ejercer su magistratura.
De esas civilizaciones vienen no pocas de las historias que les atribuimos a otros -como la del Diluvio Universal-, pero también en sus yacimientos arqueológicos se han encontrado los más antiguos vestigios de escritura: desde los primeros códigos legales y asientos de contabilidad hasta el primer texto literario conocido -la Epopeya de Gilgamesh- o la obra del primer ser humano al que se le acredita la autoría de un poema. Por cierto, fue una mujer: la sacerdotisa acadia Enheduanna, que vivió y compuso sus versos en el siglo XXIV antes de Cristo.
De ella nos queda, entre otros, el himno titulado 'Exaltación de Inanna', dedicado a la diosa también conocida como Ishtar o Astarté, que en el panteón mesopotámico encarna a la vez el amor y la guerra. Como el ardid exculpatorio de Asarhadón, esa dualidad denota la fina inteligencia de estas gentes de la vieja Mesopotamia, sobre las que Moreno Fenollós instruye al lector con elegancia y hondura. El fervor que nos empuja a la entrega y al éxtasis amoroso es, en su reverso oscuro, el mismo que en las coyunturas de lucha y conflicto nos arroja a la destrucción.
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