La raíz del problema
El estudio desmonta un lugar común: el principal culpable del impacto ambiental no es el plástico de las correas, la carcasa o las pilas de litio. Es la placa de circuito impreso, el microprocesador que hace "inteligentes" a estos aparatos, lo que realmente pesa, con cerca del 70% de la huella de carbono. La extracción y procesamiento de los materiales que lo componen, oro, plata, paladio y otros metales raros, requiere procesos de producción extremadamente intensivos en energía. Aquí es donde se juega la partida más importante, lejos de la estética o el envasado.
Los investigadores no solo alertan sobre los daños, sino que señalan dos posibles soluciones. La primera, trivial en apariencia, consiste en utilizar metales comunes: sustituir el oro y los minerales raros por materiales más abundantes, como el cobre, reduciría drásticamente el impacto ambiental de la producción. La segunda es replantearse el diseño de forma modular, creando dispositivos en los que la placa de circuitos pueda reutilizarse, cambiando únicamente la carcasa exterior.
"Cuando estos dispositivos se distribuyen a escala mundial, las pequeñas decisiones de diseño se acumulan rápidamente. Es el efecto mariposa aplicado a la electrónica de consumo: una decisión tomada hoy en la mesa de los diseñadores puede traducirse mañana en millones de toneladas de diferencia", escribió uno de los autores del estudio.
los smartphones. Cada año se venden más de mil millones de ellos, con ciclos de sustitución cada vez más cortos y reparaciones a menudo desalentadas por decisiones de diseño precisas. El resultado es una montaña de residuos electrónicos que crece más rápido que nuestra capacidad para reciclarlos.Y luego están los accesorios: USB-A, micro-USB, USB-C, Lightning. Cada cambio de norma ha dejado tras de sí millones de cables perfectamente funcionales pero repentinamente inútiles. El problema fue tan evidente que, a partir del 28 de diciembre de 2024, la Unión Europea hizo obligatorio que todo dispositivo aplicable implementara puerto USB tipo C para la carga cableada. No por minimalismo, sino para frenar un despilfarro que se ha vuelto sistémico.
Los wearables para la salud corren el riesgo de reproducir y amplificar este patrón. Muchos están diseñados para un uso temporal: sensores desechables, parches electrónicos con baterías incorporadas que duran unos días o semanas. Desde el punto de vista clínico funcionan muy bien, pero para el medioambiente son una pesadilla a punto de ocurrir.
El estudio de Nature no dice que debamos renunciar a estas tecnologías. Al contrario, reconoce su enorme valor para la prevención, el diagnóstico temprano y el seguimiento de enfermedades crónicas. Es inevitable: la tecnología sanitaria estará cada vez más extendida, invisible e integrada en el cuerpo y la vida cotidiana. La verdadera cuestión es si también será responsable con el medio ambiente.
Artículo originalmente publicado enWIRED Italia.Adaptado por Alondra Flores.