Historiador y analista político
05/10/2026 Actualizado a las 19:12h.El Gobierno brasileño estaba tan centrado en la bonanza de su macroeconomía que no quiso ver la creciente pérdida de poder adquisitivo de sus ciudadanos, ni tampoco fue capaz ni de desmovilizar a la extrema derecha ni de unir al país en torno a un proyecto nacional común. Todo lo contrario, el 'bolsonarismo' sí ha logrado definir una identidad política estable y duradera, a la par que ha conseguido convertirse en una manera de 'explicar' Brasil (compatibilidad con los intereses del poder económico y el agronegocio enemigo de la regulación; priorización de la seguridad y del miedo; divinización de las redes sociales como un mercado y una herramienta de acceso al poder; mantenimiento de las diferencias sociales existentes; auge de la fe evangélica, etc.) frente a la hegemonía cultural de la izquierda y la intromisión de las instituciones tradicionales. Las capas más pobres de la población que han votado contra Lula lo han hecho como una acción de pertenencia moral a una comunidad de la que no forman parte, de una comunidad claramente alineada con Bolsonaro y su proyecto de Estado mínimo y dócil a sus deseos y decisiones, a las exenciones fiscales y a las subvenciones públicas.
El cuarto mandato de Lula es ya una quimera salvo sorpresa mayúscula e inesperada. La autonomía estratégica y el multilateralismo pasarán a mejor vida cuando Bolsonaro hijo llegue al poder y, en este caso, sin un golpe como el que el 8 de enero de 2023 intentó dar su padre. La crisis del régimen es una realidad. La desaparición del pacto democrático, de la soberanía nacional y de la protección de las instituciones del Estado de Derecho frente a los ataques autoritarios, otra. El autoritarismo, la guerra cultural y el pánico moral son el futuro.
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