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Eran una noble anciana de 94 años que insistía en vivir sola y un hijo preocupado por darle el gusto a su madre y, a la vez, vigilarla de cerca para detectar el momento justo en que cruzara las líneas rojas de la lucidez y ... pudiera hacerse algún daño. Durante un verano amistoso en Buenos Aires, la anciana le comentó que habíafantasmas en el edificio. Dos o tres veces por semana, siempre por la noche, escuchaba voces furtivas y al menos en una ocasión había divisado por la mirilla cómo sombras envueltas en sábanas blancas se escabullían por el corredor y desaparecían en el hueco de la escalera.
Con mucho cuidado el hijo le explicó que eso era un delirio, pero la anciana —aunque perpleja— se mantuvo en su versión. Cuando el fenómeno sucedió por cuarta o quinta vez, el hijo instaló una cámara en el rellano y se apostó con su madre a la hora señalada, aunque más preparado para constatar el inicio de una demencia senil que para detectar un espectro.
Ese escepticismo se aventó de pronto cuando escuchó los ruidos —murmullos y risitas— y vio con sus propios ojos que las figuras fantasmales aparecían y desaparecían escaleras arriba. Fue entonces cuando el hombre salió al pasillo y subió los peldaños en silencio, y desembocó en la azotea. Bajo la luz lunar, había sábanas caídas y se escuchaban chapoteos y gemidos: el portero y la vecina del cuarto estaban desnudos y dándose un baño sexual en el depósito de agua del edificio, al que utilizaban como una especie de jacuzzi.
Nos recuerda los secretos insólitos que guarda cada puerta, y los celos y amores y odios que anidan en esas colmenas
Este relato verídico forma parte de un libro curioso que acaba de publicarse en la Argentina y que lleva por título 'Consorcios al borde de un ataque de nervios' (Planeta). En mi país se le dice 'consorcio' a lo que en España se denomina simplemente 'comunidad'. El autor, que es especialista en conflictos entre vecinos y que repasa cuarenta años de increíble experiencia —por momentos parece como si estuviéramos en 'La ventana indiscreta' de Hitchcock— es tan singular como las historias que cuenta.
Eduardo Awad se quedó ciego a los 17 años por culpa de un glaucoma, estuvo deprimido varios meses y luego salió a enfrentar con valentía su destino: con un viejo grabador Geloso, que pesaba diez kilos, hacía las veces de DJ en fiestas caseras y grababa las clases de sus profesores. Cursó así la carrera entera de Derecho y cuando aprobó la última asignatura una profesora le hizo una terrible admonición: siendo no vidente le resultaría imposible ejercer la abogacía.
Pero Awad tenía talento y voluntad y una memoria prodigiosa, aprendió braille y consiguió en Estados Unidos una magnífica perra lazarillo, y no sólo ejerció la profesión, sino que llevó adelante 700 juicios en una empresa eléctrica y llegó a ser durante seis años presidente del Colegio Público de Abogados de la Capital Federal. En su estudio particular atendía 40 audiencias por semana y, ayudado por una secretaria que le leía los escritos y actas, dictó miles de documentos legales.
Como Borges, este ciego ha visto lo que nadie, y la crónica de esa pequeña pero vasta comedia humana nos recuerda los secretos insólitos que guarda cada puerta, y los celos y amores y odios que anidan en esas colmenas, que son una metáfora del mundo.
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