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Una tarde en el Lyceum

Una tarde en el Lyceum
Artículo Completo 483 palabras
En el Lyceum, hace exactamente 100 años, cae la tarde. El aire se espesa de humo de cigarrillos y de ideas. En una mesa, Maruja Mallo cruza las piernas con una naturalidad ofensiva. El traje —deliberadamente masculino— no es un disfraz sino una declaración. No quiere parecerse a un hombre; quiere no parecerse a nada conocido . Como hizo George Sand décadas antes. Cerca, Zenobia Camprubí toma notas. Prefiere creer que la verdadera revolución no está en el gesto visible. Zenobia, al igual que Virginia (Woolf), entiende que sin dinero propio no hay libertad real, con la diferencia amarga de que Woolf fue reconocida como genio en vida y Camprubí quedó reducida a ser 'la mujer de Juan Ramón'. Clara Campoamor acaba de hablar. No ha levantado la voz porque su discurso no es lírico, es quirúrgico. En la sala alguien se incomoda. Noticia Relacionada LA TERCERA Campoamor, contra la prostitución Luis Español Bouché Ya que tenemos que hablar de la vergonzosa actualidad, podemos pasar de la prostitución de verdad a la filosófica, la degradación moral del apesebrado, de quien prostituye su voluntad y amolda su moral a cambio de un nada vil sueldoCampoamor no es una heroína romántica; es peor: es una mujer que cree en la ley, que defiende sustituyendo escaparates rotos por argumentos. En un rincón, Victoria Kent escucha con el ceño fruncido. Ella también es moderna, pero no del mismo modo. Representa otra tensión del Lyceum: la de las mujeres que han llegado tan lejos que temen que todo se venga abajo demasiado deprisa.Dentro sucede algo irrepetible: mujeres que no están pidiendo permiso, sino preparando el futuroEs libre en lo personal pero ambigua en lo político. Presidiendo —siempre presidiendo—, María de Maeztu mantiene el equilibrio imposible con la certeza de que sin orden no hay espacio, y sin espacio no hay disidencia. Y Carmen Baroja , a la sombra pesada de su apellido, toma nota mental de todo. Sabe que estas mujeres —tan distintas— están ensayando algo que quizá no llegue a estrenarse nunca. Pero alguien tendrá que contarlo. Fuera, Madrid sigue siendo Madrid: hostil, burlón, atento a ridiculizar. Mañana algún periódico hablará de las 'marisabidillas'. Dentro, sin embargo, sucede algo irrepetible: mujeres que no están pidiendo permiso, sino preparando el futuro.Esta no es una historia cómoda. No tiene heroínas puras ni finales redondos. Tiene contradicciones, silencios forzados, exilios. Pero si alguna vez (por fin) se escribe la novela que merece el Lyceum —o se rueda la película que aún incomoda—, debería terminar así: con esta tarde suspendida, con las voces superpuestas, con la certeza de que, durante un tiempo, España fue moderna de verdad.

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En el Lyceum, hace exactamente 100 años, cae la tarde. El aire se espesa de humo de cigarrillos y de ideas. En una mesa, Maruja Mallo cruza las piernas con una naturalidad ofensiva. El traje —deliberadamente masculino— no es un disfraz sino una declaración. ... No quiere parecerse a un hombre; quiere no parecerse a nada conocido. Como hizo George Sand décadas antes.

Cerca, Zenobia Camprubí toma notas. Prefiere creer que la verdadera revolución no está en el gesto visible. Zenobia, al igual que Virginia (Woolf), entiende que sin dinero propio no hay libertad real, con la diferencia amarga de que Woolf fue reconocida como genio en vida y Camprubí quedó reducida a ser 'la mujer de Juan Ramón'. Clara Campoamor acaba de hablar. No ha levantado la voz porque su discurso no es lírico, es quirúrgico. En la sala alguien se incomoda.

Campoamor no es una heroína romántica; es peor: es una mujer que cree en la ley, que defiende sustituyendo escaparates rotos por argumentos. En un rincón, Victoria Kent escucha con el ceño fruncido. Ella también es moderna, pero no del mismo modo. Representa otra tensión del Lyceum: la de las mujeres que han llegado tan lejos que temen que todo se venga abajo demasiado deprisa.

Dentro sucede algo irrepetible: mujeres que no están pidiendo permiso, sino preparando el futuro

Es libre en lo personal pero ambigua en lo político. Presidiendo —siempre presidiendo—, María de Maeztu mantiene el equilibrio imposible con la certeza de que sin orden no hay espacio, y sin espacio no hay disidencia. Y Carmen Baroja, a la sombra pesada de su apellido, toma nota mental de todo. Sabe que estas mujeres —tan distintas— están ensayando algo que quizá no llegue a estrenarse nunca. Pero alguien tendrá que contarlo.

Fuera, Madrid sigue siendo Madrid: hostil, burlón, atento a ridiculizar. Mañana algún periódico hablará de las 'marisabidillas'. Dentro, sin embargo, sucede algo irrepetible: mujeres que no están pidiendo permiso, sino preparando el futuro.

Esta no es una historia cómoda. No tiene heroínas puras ni finales redondos. Tiene contradicciones, silencios forzados, exilios. Pero si alguna vez (por fin) se escribe la novela que merece el Lyceum —o se rueda la película que aún incomoda—, debería terminar así: con esta tarde suspendida, con las voces superpuestas, con la certeza de que, durante un tiempo, España fue moderna de verdad.

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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