Pedro Sánchez, acompañado de estudiantes de Harvard. Efe
Opinión EL LIBRO DE LA SELVA El "dark money" o cómo estudiar sanchismo en HarvardEn una rueda de prensa de verdad, los estudiantes de Harvard aprendieron lo que significa el sanchismo: manipulación de la pregunta en la respuesta, victimismo y anteposición de la 'verdad política' a la sentencia judicial. Esta es la historia de aquel encuentro.
Daniel Ramírez Publicada 26 septiembre 2026 05:00h SíguenosOcurre muy pocas veces. Es más: probablemente, no vuelva a ocurrir jamás antes de las próximas elecciones generales. Pedro Sánchez solo, sin guion; solo ante el mundo. Expuesto a algo tan despiadado como la libertad cuando se trata de una biografía como la suya.
Supongo que ya habrán torturado a su jefe de gabinete en un sótano de La Moncloa. O a Albares. O a aquel que organizara ese fusilamiento a los ojos del planeta, en un lugar que es sinónimo del prestigio intelectual.
Sucedió en el Instituto de Políticas de Harvard y conviene desmigarlo.
La mera imagen nos decía algo antes de empezar: Sánchez, en una silla, con las piernas cruzadas y los calcetines a la vista. Un hombre al que se le ven las piernas y los calcetines es un hombre vulnerable.
Lo acompañaba un moderador neutral en el que no anidaba la más mínima intención de detener un momento incómodo, como tantas veces sucede con Francina Armengol en el Congreso de los Diputados.
El acto se titulaba "La tecnooligarquía amenaza la democracia”, pero los estudiantes de Harvard no son los que suspenden el test de PISA. ¿Qué asesor creyó que le preguntarían a Sánchez sobre los peligros de la Inteligencia Artificial cuando su país da la vuelta al mundo como nido de corrupción y víctima de una agresión de Marruecos?
El estudiante preguntó con precisión atómica. Hizo un repaso de todos los casos de corrupción –los zanjados y los de investigación en curso– para concluir cómo diantres es posible que un presidente al frente de un proyecto así vaya a recuperar la confianza en las instituciones si, según varias encuestas, es ese presidente la razón que hace posible esa corrupción.
El estudiante encerró el significado del sanchismo en una pregunta de menos de medio minuto. Los periodistas españoles sufrimos de incontinencia verbal y para preguntar eso nos tiramos tres o cuatro minutos, a costa de perder contundencia.
El lenguaje no verbal de Sánchez en ese medio minuto fue el siguiente: asintió con la mención de cada caso, como si recibiera un puñetazo tras otro. Al fin, respondió: "Sufrir estos ataques personales es muy difícil de asumir. Y es mucho más difícil porque un estudiante como tú ya los condena. Dices que mi hermano y mi mujer son culpables y eso no es justo porque no lo son”.
Ahí, Harvard aprendió de manera instantánea lo que significa el sanchismo. Es una pena que las cámaras no enfocaran el rostro del estudiante al recibir esa respuesta.
Porque Sánchez desplegó su táctica habitual: deformó la pregunta que le habían propinado hasta convertir la realidad en un sujeto de ficción donde él siempre es la víctima y cualquiera que no forme parte de su fortaleza el agresor.
El estudiante –basta con reproducir la grabación– fue exquisito en los términos de presunción de inocencia. Es más: habló en todo momento de personas "bajo investigación”, "algunas en la cárcel”, etcétera. Pero se olvidó de mencionar la condena del hermano.
El estudiante fue incluso benévolo.
Sánchez se desnudó ante Harvard. Acusó al estudiante de condenar a inocentes –cosa que no había hecho– y se dibujó como la víctima de una conspiración. Fue una pena que el presidente no encontrara traducción en ese momento para decir "máquina del fango”.
Lo que sí dijo Sánchez fue esto: "Lo de mi hermano y lo de mi mujer no son casos de corrupción ni escándalos. Son otras cosas”. No dijo más. Se rindió. Quizá se vio
¿Otras cosas? "¿Qué cosas?”, debieron de preguntarse multitudinariamente en Harvard.
Lo que, seguro, encendió estas otras preguntas: ¿Qué España es esta? ¿Qué ha pasado en España? ¿El primer ministro ha apostatado del poder judicial? ¿Antepone la verdad política, la suya, a una sentencia?
El argumento de Sánchez para defenderse fue el mismo que el de Zapatero en su carta al juez Calama. Sánchez dio por ciertos los casos de corrupción de Ábalos y Cerdán –qué remedio– para tener algo de credibilidad al absolver a su mujer y a su hermano.
Zapatero reconoció haber recibido –y no declarado– joyas saudíes por valor de más de un millón de euros en 2007 para poder salvarse penalmente a costa de hundirse políticamente.
Cuando el político se ve entrando en el agujero negro, intenta salvarse reconociendo una parte del crimen que a ojos de todo el mundo sucedió. Es la única manera en ese instante de ganar algo de credibilidad. El único camino para morir mediante el goteo de sangre en lugar de un corte en la yugular. Es algo que solo eligen los políticos.
Ya era casi fin de semana. Habría sido maravilloso que Sánchez hubiera repetido en el púlpito de Harvard la defensa de Ángel Víctor Torres: recibir joyas saudíes de un millón de euros es como recibir una cesta de productos típicos.
Siguieron las preguntas.
Otro estudiante le preguntó por qué defendió a Marruecos tras la avalancha contra Ceuta y si eso tuvo algo que ver con el hackeo de su móvil. Sánchez repitió el esquema: dijo que no defendió a Marruecos, que eso son noticias falsas.
Pero no eran noticias, debieron de pensar en Harvard; era su propia voz en distintas entrevistas y en el Congreso de los Diputados.
Un tercer estudiante –¡joder con Harvard!– le preguntó si, a la vista de las joyas y tal, pensaba distanciarse de Zapatero. Como la pregunta incluía una mención a la situación de Venezuela, Sánchez contestó sobre Venezuela y no mencionó a Zapatero.
Óscar Puente presumió en redes sociales de que este viaje era muy interesante para comprobar qué pasaría si el padre Feijóo –que no habla inglés– gobernara España.
En el Consejo de Ministros, siempre han considerado que el presidente tiene una gran imagen en el extranjero y que es una pena que no la tenga también en España. La maldita polarización.
Sin embargo, se trata de un razonamiento arrojado a una de esas piscinas donde los ricos nadan a contracorriente. La tesis de que Sánchez disfruta en Nueva York lo que no puede disfrutar en España es de carácter ludita. Una refutación de la globalización.
La prueba estuvo en Harvard. Sánchez no puede escaparse de sí mismo ni en Curaçao. En cualquier lugar, por lejano que sea, siempre habrá un estudiante informado con las preguntas adecuadas.
"Dark money”, como dijo el primero que preguntó en Harvard, sirve para título de una de esas canciones que tanto le gustan a Sánchez y como sintagma para encerrar ocho años de gobierno.
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