Bill Gates propone el concepto 'Human Reserved' que defiende la protección de actividades que deben seguir en manos humanas por su valor social, más allá de la eficiencia económica o tecnológica.
Durante buena parte del desarrollo de la inteligencia artificial (IA), el reciclaje profesional ha sido la principal respuesta al temor de que la tecnología destruya empleos. Si una máquina automatiza una tarea, el profesional deberá aprender otra. El problema es que empieza a haber razones para pensar que esa receta, aun siendo necesaria, podría resultar insuficiente.
Anthropic publicó en agosto una revisión de 56 experimentos sobre programas de formación laboral en Estados Unidos, complementada con evidencias del mercado laboral europeo. Una de las conclusiones es que ofrecer formación aumenta entre dos y tres puntos porcentuales la probabilidad de estar empleado, y los ingresos alrededor de 1.000 dólares anuales, con un coste próximo a 13.000 dólares por participante.
Algunos programas sectoriales estrechamente ligados a empresas obtienen resultados mucho mejores, pero han demostrado ser difíciles de reproducir a gran escala. Si la IA provocara desplazamientos laborales masivos, los programas de formación que conocemos probablemente no serían suficientes.
Nuevos dilemas
Aquí hay que situar el revuelo provocado por el último ensayo de Bill Gates. El cofundador de Microsoft introduce dos preguntas bastante más incómodas que la habitual discusión sobre cuántos empleos destruirá la inteligencia artificial: quién debe asumir el coste de la transición cuando las empresas sustituyen trabajo humano por máquinas, y si todo aquello que pueda automatizarse debería, por ese solo motivo, automatizarse.
La primera lleva directamente al sistema fiscal. Cuando una empresa sustituye trabajadores -que pagan IRPF y cotizaciones- por máquinas o sistemas de IA, el Estado puede perder ingresos precisamente cuando necesita más recursos para financiar desempleo, formación y protección social. Gates propone reequilibrar la fiscalidad del trabajo y del capital, y recupera incluso la posibilidad de gravar robots y consumo de tokens de inteligencia artificial.
Esto no es una ocurrencia nueva, porque Gates ya defendió en 2017 que si un robot sustituía a una persona que ganaba 50.000 dólares, había que preguntarse por qué la actividad automatizada no debía soportar una carga fiscal comparable. La propuesta recibió entonces numerosas críticas, porque gravar los robots podía convertirse en un impuesto a la inversión y la productividad. Su planteamiento actual intenta ir más lejos: utilizar parte de esa recaudación para financiar la transición de los trabajadores desplazados.
El dilema sigue abierto y el Fondo Monetario Internacional coincide en que algunos sistemas fiscales pueden favorecer excesivamente inversiones que sustituyen al trabajo, pero ha advertido contra un impuesto específico a la IA.
Ahí aparece la dificultad. No es lo mismo una máquina que elimina un puesto entero que una herramienta que permite a un trabajador hacer el doble en el mismo tiempo. Un impuesto incapaz de distinguir ambas situaciones podría terminar gravando también inversiones que aumentan la productividad sin destruir empleo.
El segundo dilema de Gates es menos económico. Se pregunta si hay actividades que una sociedad puede decidir reservar a las personas incluso cuando una máquina llegue a realizarlas igual o mejor. Lo denomina Human Reserved.
No propone cerrar profesiones enteras a la tecnología. Imagina distintos grados de protección. Determinados cuidados podrían mantenerse en manos humanas; en sanidad o educación, la IA podría ampliar la capacidad del profesional sin sustituirlo; y algunos trabajadores próximos al final de su carrera podrían recibir una protección temporal cuando una reconversión completa resulte poco realista.
Medir el valor
El problema es decidir qué funciones queremos mantener con una persona en el centro porque su valor no puede medirse únicamente en productividad o coste.
Una sociedad puede decidir que recibir un diagnóstico médico, cuidar a un niño, juzgar a otra persona o acompañar a alguien vulnerable contiene un valor que no se refleja completamente en el coste por hora de trabajo. La eficiencia seguiría importando, pero dejaría de ser el único criterio para decidir qué se automatiza.
El término de Gates puede ser nuevo, pero las sociedades ya imponen límites a la automatización de determinadas decisiones. El AI Act europeo exige supervisión humana en determinados sistemas de alto riesgo, y muchas profesiones reguladas mantienen licencias, firmas y responsabilidades personales precisamente para que ciertas decisiones sigan teniendo detrás a una persona identificable. La discusión que abre Human Reserved consiste en decidir hasta dónde ampliar esas fronteras cuando las máquinas sean capaces de asumir más funciones.
Riesgos
La dificultad aparece si esa transición laboral funciona peor de lo previsto. Los nuevos empleos pueden tardar en aparecer, surgir en lugares distintos o exigir capacidades que los trabajadores desplazados no pueden adquirir con rapidez. Es precisamente uno de los riesgos que también observa el Fondo Monetario Internacional: la IA puede elevar al mismo tiempo los ingresos de los profesionales más complementarios con la tecnología y los retornos del capital, aumentando la desigualdad incluso cuando crece la productividad agregada.
En ese escenario, quién posee los sistemas de IA, cómo se grava el capital y cómo se reparten las ganancias de productividad pasan a ser cuestiones laborales, y no únicamente fiscales.
La cuestión central ya no es sólo cómo preparar a cada profesional para competir con la IA. También es decidir qué parte de la riqueza generada por la automatización debe regresar a quienes soportan sus costes, y qué trabajos queremos mantener en manos humanas incluso cuando resulte económicamente posible automatizarlos.
Profesiones que ganan y pierden
Las 20 profesiones más afectadas por la IA
(Según Goldman Sachs Research 2026).
1. Intérpretes. y traductores.
2. Historiadores.
3. Auxiliares de pasajeros y persomal de tierra.
4. Representantesde ventas de servicios.
5. Escritores y autores.
6. Programadores de máquinas CNC.
7. Atención al cliente y centros de llamadas.
8. Telefonistas y operadores telefónicos.
9. Agentes de viajes y venta de billetes.
10. Empleados de bolsa. 11. Televendedores.
12. Analistas de datos.
13. Especialistas en registros médicos.
14. Analistas de mercado y márketing.
15. Representantes de ventas.
16. Analistas financieros.
17. Personal. administrativo de banca y seguros.
18. Periodistas y redactores de prensa.
19. Correctores de pruebas.
20. Cobradores de deudas.
Los que mejor llevan el impacto de la IA
1. Radiólogos.
2. Profesionales de RRHH y reclutamiento.
3. Controladores aéreos.
4. Abogados.
5. Oficios manuales tradicionales.
6. Técnicos automotrices y mecánicos industriales.
7. Médicos.
8. Educadores.
9. Arquitectos.
10. Especialistas de seguridad.
Profesiones emergentes gracias a la IA. Perfiles con evidencia de contratación
1. Auditor de sistemas.
2. Chief AI Officer (CAIO).
3. Responsable de gobernanza de IA.
4. Responsable de ética de IA.
5. Ingeniero de operaciones de agentes.
6. Entrenador y evaluador de modelos.
7. Curador de datos sintéticos.
8. Especialista en optimización para motores de respuesta.
El mercado ya no busca una habilidad estrella: la ventaja está en combinarEl riesgo invisible de la IA: una epidemia de soledad laboralPenalización por obesidad: todavía pesa contratar por las apariencias Comentar ÚLTIMA HORA-
01:22
Una mesa para comer en la biblioteca
-
01:15
Madrid será sede del 'Davos' de las infraestructuras
-
01:06
Feijóo debería saber que el asalto a Ceuta será el 11-M de Sánchez
-
00:54
Los precios energéticos se disparan: gas en máximos y crudo en 95 dólares
-
00:39
CAF entra en la puja por el gran pedido de 100 trenes de Escocia