- TOM BURNS MARAÑÓN
Pocas cosas han podido ilustrar mejor la realidad de una sociedad políticamente partida en dos que el rechazo del sanchismo a las concentraciones que a lo largo y ancho de España se celebraron el miércoles en apoyo a la sitiada ciudad autónoma de Ceuta.
Hace muchos años, un futuro catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense, a quien conocí en la de Oxford cuando preparaba su doctorado, me dijo que si una palabra, frase o parrafada en español no podía ser concisa y sucintamente traducida al inglés, el texto en cuestión no tenía sentido. A esa edad las abstracciones son atractivas y la boutade, si eso fue lo que quiso compartir mi amigo, tenía su gracia y no lo olvidé. Los angloparlantes no tienen, por ejemplo, una sola voz que diga 'guerracivilismo'. 'Sectarismo se queda corto y, por lo tanto, para decirlo en inglés hay que explicar el concepto. De acuerdo con Google, se puede decir "tóxica polarización política", lo cual resulta bastante torpe y muy rebuscado. O decir: "Tratar al adversario político como un enemigo existencial en lugar de como un rival", oración algo larga pero que queda mejor.
Esta digresión viene a cuento porque al completarse el primer cuarto del siglo XXI y a noventa años de que comenzara aquí el trienio fratricida en el cual todos perdieron, "guerracivilismo" es un ordinario disparate que por ser intraducible no tiene ningún sentido. No lo tiene en la España de la Complutense, ni en el Reino Unido de Oxford, ni en ninguna parte. Pero el partido de Pedro Sánchez y sus socios y aliados parlamentarios lo practican a diario.
La humanidad no ha sobrevivido al espantoso siglo XX con el finiquito de sus imperios, sus dos guerras mundiales, la "solución final" del Holocausto, sus gulags en Siberia, la Gran Revolución Cultural Proletaria en China y la proliferación nuclear para acabar repitiendo las conductas sinsentido de aquel penoso tiempo.
La comunidad global no superó, a trancas y barrancas, aquellos y otros horrores para seguir señalando al vecino como su "enemigo existencial". Y esto es lo que se hace en una España que en último cuarto del siglo pasado supo salir adelante para asegurar la paz y la prosperidad.
Así son las cosas en un mundo al revés donde se cuestionan todas las lecciones que se aprendieron en ese tenebroso siglo y se devalúan las instituciones -Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial del Comercio y tantas otras-, que se crearon para impartirlas. Y, entre Hendaya y Gibraltar, el Gobierno progresista de coalición recurre a diario a la demagogia trasnochada, la de monarquía-república sin ir más lejos, y la utiliza como moneda de cambio. Este es el tema de nuestro tiempo, el de aquí y el de ahora.
En estos achicharrados pagos se dirá que lo único que florece es el 'guerracivilismo'. La parte más importante de la izquierda española; es decir, la parte transcendental porque se trata de la revanchista que gobierna, se aferra crecientemente a la "tóxica polarización política".
Y se agarra también al 'guerracivilismo' lo más significativo de la derecha, que es la parte que más crece en afiliación, en intención de voto y en capacidad de movilizar a una masa exasperada e iracunda.
Una sociedad partida
Pocas cosas han podido ilustrar mejor la realidad de una sociedad políticamente partida en dos que el rechazo del sanchismo a las concentraciones que se celebraron el miércoles, coincidiendo con el Día de Ceuta, a lo largo y ancho de España en apoyo a la sitiada ciudad autónoma. Según la dirección del Partido Socialista, las manifestaciones convocadas por la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP) no pasaban de ser una maniobra de la casposa derecha reaccionaria contra su secretario general, el presidente del Gobierno. El sanchismo decretó que lejos de mostrar su solidaridad con Ceuta, los manifestantes exteriorizaban su odio al progresismo gobernante.
La impugnación sanchista de lo que al atardecer del miércoles fue una respuesta digna, necesaria y, por supuesto, absolutamente consecuente ante "el ataque a la integridad nacional de España" (dixit el propio Pedro Sánchez inmediatamente después de la invasión de la ciudad autónoma el 30 y 31 de julio) mide con precisión hasta dónde ha llegado la paranoia sectaria de la cual está presa la izquierda que ostenta el poder gubernamental. De tener cintura y mostrar algo de inteligencia, el sanchismo se hubiera volcado con la propuesta "Estamos con Ceuta" y "Ceuta es España" que promovió una asociación multipartidista que agrupa a la casi totalidad de los gobiernos locales españoles y que representa a España en el Consejo de Municipios y Regiones de Europa.
Asalto a la soberanía
¿O es que los ciudadanos no tienen el derecho, y más que el derecho, el deber, de llenar las calles y las plazas para protestar por el asalto a la soberanía de su nación? Pues a la vista está que no. El 'guerracivilismo' ciega al sanchismo y le impide participar en cualquier gesto unitario y patriótico. La cúpula del Partido Socialista padece esta ceguera desde que un electorado traumatizado por los atentados en los trenes de cercanías que llegaban a la madrileña estación de Atocha declaró ganador a José Luis Rodríguez Zapatero en las elecciones generales de marzo 2004. El Gobierno socialista no tardó nada en convertir el revanchismo en el inspirador de su programa legislativo.
Es bien conocido que Zapatero, hoy imputado por la Audiencia Nacional por presuntos delitos de organización criminal, tráfico de influencias y falsedad documental y un denostado personaje que guardaba cuantiosas joyas en la caja fuerte de su despacho, recurría a la estrategia de "tensar" la vida publica con la esperanza de obtener rédito electoral con ello. El precursor del sanchismo introdujo la Ley de Memoria Histórica que idealizaba la Segunda República, reparaba a las víctimas del franquismo y que sería ampliada veinticinco años después por el actual Gobierno. Anuló cuantas iniciativas pudo del Gobierno anterior de José María Aznar, entre ellas la Ley Hidráulica Nacional y la Ley Orgánica de Calidad de la Educación.
Radicalización del discurso
Zapatero, primero, y Sánchez, después, radicalizaron sin solución de continuidad el discurso de una formación política que Felipe González había convertido en un partido de Estado que colaboró con acierto en la elaboración de una Constitución no militante y consensuada que fue abrumadoramente aprobada en referéndum porque era la Carta Magna de todos los españoles.
En 1996, González, sabedor de que la alternancia del poder es la piedra angular de toda democracia parlamentaria, permitió que gobernase Aznar, el ganador de las elecciones que carecía de una mayoría suficiente para ser directamente investido presidente. González desistió de pactar con Izquierda Unida para seguir en el poder, que es lo que más tarde y en parecidas circunstancias haría el 'guerracivilista' Sánchez.
Y algo haría bien Aznar, porque a los cuatro años ganó con una mayoría absoluta.Algo hará mal Sánchez que lleva ocho años al frente de un partido minoritario que es el rehén parlamentario del comunismo y de partidos independentistas que maldicen la Constitución de 1978.
La cuestión central es que Sánchez y su mentor Zapatero no creen en el principio de la alternancia que honró González. Al contrario, la democracia pertenece a la izquierda porque solo el progresismo goza de la limpieza ética y moral para gestionarla con criterios humanitarios. La derecha carece de esos valores y por eso un Frente Popular, un Pacto del Tinell, un muro mucho más alto que el que protege a Ceuta y Melilla, ha de impedir que la "reacción" pueda asumir el poder.
En el crispado, como de costumbre, pleno del Congreso de los Diputado de ayer, convocado para debatir la crisis ceutí, el líder del Partido Popular le pidió enérgicamente a Sánchez la disolución de las Cortes Generales, el de Vox le llamó directamente "traidor" y los socios y aliados del presidente del Gobierno recriminaron su gestión de la emergencia con más o menos dureza.
Sánchez no le hará caso a Alberto Núñez Feijóo, lo que le dice Santiago Abascal le resbala y las advertencias de los partidos minoritarios le tienen sin cuidado porque confía, con razón, que siempre estarán con él frente a los líderes de la derecha. Pero tiene que saber que este curso político que comienza va a ser su último como presidente del Gobierno.
Para tomar el pulso de este país fue más útil asistir a las convocatorias de solidaridad con Ceuta el miércoles que seguir las intervenciones en el hemiciclo del Congreso. Lo hice en la pequeña plaza del Ayuntamiento en el pueblo de la Sierra de Guadarrama donde vivo. Estaba la mitad del pueblo, quizás más, no hubo gritos ni pancartas, aunque sí muchas banderas rojigualdas y se escuchó respetuosamente en silencio el manifiesto que había preparado la FEMP y el himno nacional.
El pueblo donde vivo puede, o no, representar la España profunda. Pero lo que siempre me ha parecido es que mis vecinos son muy sensatos. Saben perfectamente que el 'guerracivilismo' es una total insensatez. No quieren saber de ello.
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