Pero los daños no se han quedado ahí. Desde el humo que se cierne sobre Fujairah y los riesgos relacionados con el petróleo en las aguas del Golfo hasta las tierras de cultivo quemadas y el temor a la contaminación en el sur del Líbano, las consecuencias medioambientales del conflicto se están extendiendo.
Cada vez hay más pruebas de fuentes abiertas, imágenes por satélite, imágenes en las redes sociales y declaraciones oficiales que apuntan a una crisis ecológica en Irán, el Golfo y Líbano. El panorama que se perfila es el de un ataque múltiple contra el medio ambiente: en tierra, mar y aire.
Algunos efectos son visibles en forma de humo, derrames y escombros. Otros son más difíciles de percibir. Solo en las dos primeras semanas de la guerra se emitieron más de 5 millones de toneladas de “dióxido de carbono equivalente”, una unidad de medida para comparar el impacto que tienen los gases de efecto invernadero en el calentamiento global.
Los investigadores calculan que cada ataque con misiles libera aproximadamente 0.14 toneladas de CO2 equivalente, más o menos lo mismo que conducir un auto durante 560 kilómetros. Esto incluye las emisiones del propio ataque y el carbono incorporado a la cadena de producción y suministro del misil.
Pero las emisiones no proceden únicamente de las armas. También de los aviones, las operaciones navales, los incendios, el consumo de combustible y la reconstrucción. Algunos daños pueden contabilizarse en las emisiones. Gran parte de ellos son físicos, locales y más difíciles de medir enteramente mientras la guerra sigue desarrollándose.
A menudo se dice que el medio ambiente es la víctima silenciosa de la guerra. Meses después del inicio de las hostilidades contra Irán, el planeta está pagando una vez más un precio devastador.
En la tierra
Según el Consejo Nacional de Investigación Científica (CNRS) de Líbano, más de 50,000 viviendas quedaron destruidas o dañadas en unos 45 días de guerra, de las cuales 17,756 quedaron destruidas y 32,668 dañadas, informó AFP.
En todo Irán, 7,645 edificios han sido destruidos en la guerra, según las evaluaciones de daños realizadas por satélite por Conflict Ecology, un laboratorio de investigación geoespacial de la Universidad de Oregon. Solo en Teherán se destruyeron más de 1,200 edificios, incluidas instalaciones militares.
Pero las estructuras destruidas son solo la parte visible del daño. La contaminación del suelo, el agua y los escombros suele ser más difícil de detectar y cuantificar.
Antoine Kallab, asesor político y académico que ha estudiado el daño medioambiental en el Líbano, asegura que los conflictos transforman los ecosistemas. “Cualquier guerra activa que provoque desplazamientos, en la que las personas se vean obligadas a abandonar sus comunidades y sus tierras de cultivo, tiene sin duda un impacto en el medio ambiente”, sostiene.
Los daños en las infraestructuras urbanas pueden provocar contaminación a largo plazo, mientras que los escombros persisten mucho después de que se disipe el humo. "Una vez que estalla una bomba, crea humo que se disipa, pero algo como los escombros que contienen material tóxico permanecen, y puede ser muy, muy peligroso ya que pueden mezclarse con el suelo, cambiando su calidad, o mezclarse con el agua".
La escala es grave
Kallab afirma que el Líbano generó entre 15 y 20 millones de toneladas de escombros en solo tres meses durante la anterior guerra con Israel en 2024, lo que el país produciría en unos 20 años en tiempos de paz.
Los escombros no son inertes. Cuando se bombardean o derriban edificios, los escombros pueden liberar plásticos, disolventes, fibras aislantes, metales pesados, amianto y otros contaminantes en el suelo y el agua circundantes. El impacto de la guerra en el medioambiente se agrava cuando junto a ellos se derrumban viviendas, carreteras, redes de agua y sistemas de saneamiento.
La región alberga alrededor de 7,000 dugongos y menos de 100 ballenas jorobadas árabes, una población poco común y no migratoria que no puede simplemente trasladarse cuando el conflicto se intensifica.Las aguas del Golfo son poco profundas, cálidas y semicerradas, con una circulación limitada, condiciones que pueden hacer que los contaminantes persistan más tiempo que en aguas más abiertas. Esto significa que los derrames y la contaminación química pueden desplazarse más allá del lugar del incidente original y permanecer en ecosistemas frágiles.
En marzo, Estados Unidos e Israel atacaron el Shahid Bagheri, un portacontenedores convertido en portaaviones militar por el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) de Irán. Los análisis por satélite citados por los expertos indicaron que el buque encallado sufrió posteriormente una fuga de fuelóleo pesado, con manchas de petróleo que se desplazan hacia el oeste en dirección a los manglares de la Reserva de la Biosfera de Hara, un espacio de biodiversidad reconocido por la Unesco que alberga tortugas, pelícanos, serpientes marinas y otras especies silvestres.
Más al sur, los ataques a las refinerías de la isla de Lavan generaron preocupación por la cercana isla de Shidvar, una zona deshabitada con arrecifes de coral, tortugas marinas que anidan allí y aves migratorias. También se han registrado otros derrames de menor magnitud frente a Basora, Kuwait y al norte de los Emiratos Árabes, lo que pone de relieve cómo incidentes marítimos dispersos pueden combinarse para provocar un impacto ecológico más amplio.
WIRED. Adaptado por Andrea Baranenko.