La muerte violenta de don Alfonso dejó al descubierto el secreto que había sido su vida. El asesinato del canónigo de la Catedral de Valencia, en la noche del 21 de enero de 2024, conmocionó al mundo eclesiástico, pues quien apareció desnudo y asfixiado en su propia cama -en un domicilio propiedad del Arzobispado- era un reconocido sacerdote de 79 años. Pero el crimen de Alfonso López Benito, que se perpetró a escasos 100 metros de la Catedral y del Palacio Arzobispal, en pleno centro histórico de Valencia, reveló además la cara oculta del canónigo. Don Alfonso llevaba años captando a hombres en situación de vulnerabilidad para mantener relaciones sexuales a cambio de dinero.
Hasta que uno de esos hombres que subió a su casa, en el número 22 de la calle Avellanas, decidió acabar con su vida. El cuerpo del sacerdote fue hallado el 23 de enero y ahora el único acusado por la muerte del canónigo ha sido considera culpable por el jurado popular. Se trata de Miguel, un cocinero peruano que ha negado durante el juicio ser el autor del crimen. "Soy inocente en realidad", dijo en el uso de su derecho a decir la última palabra, que no ha convencido al jurado. Siete de los nueve miembros han considerado que, si bien pudo no ser el autor material del crimen, actuó de común acuerdo con quien lo fue, por lo que lo han declarado culpable.
Esa es la tesis que ha defendido la Fiscalía, que pide para él 28 años de cárcel por los delitos de asesinato, robo con violencia y estafa. Admitiendo, eso sí, que pudo haber un segundo implicado -un tal Manuel, según el acusado, al que la Policía nunca ha localizado- y que Miguel pudo no ser quien apretase el cuello del cura hasta matarlo.
De hecho, una de las principales incógnitas del caso es por qué no se encontraron restos de ADN ni huellas de Miguel en el escenario del crimen. El teléfono móvil, sin embargo, dice lo contrario. Es decir, que estaba en el piso de Avellanas cuando asesinaron al canónigo.
El único acusado del crimen del canónigo de la catedral de Valencia, durante el juicio.ANA ESCOBAREFEEl acusado ha admitido durante el juicio que conoció a don Alfonso en el verano de 2023. El canónigo, de hecho, le invitó a su apartamento del Perelló, pero Miguel negó haber mantenido relaciones sexuales con el cura. Y ello a pesar de que el conserje del inmueble de Valencia confirmó todas las idas y venidas de hombres que visitaban a don Alfonso en su casa y que levantaron las sospechas de los vecinos. "Le gustaban los hombres adultos, lo más necesitados posible", dijo. Indigentes, toxicómanos, inmigrantes...
En realidad, la doble vida del canónigo era un secreto a voces en el vecindario. El propio Arzobispado de Valencia reconoció en un comunicado, días después de la noticia del crimen, que "jamás tuvo conocimiento" del comportamiento inadecuado del sacerdote, pero que dos años antes tuvo que llamarle la atención cuando los vecinos "presentaron quejas verbales acerca de las personas" que frecuentaban el domicilio de Avellanas.
Nunca más se dio otra queja, según el Arzobispado, que asumió el reproche público por los comportamientos del canónigo: "Son manifiestamente contrarios a los compromisos de vida sacerdotal, asumidos libremente en el momento de la ordenación, y manifestamos nuestro pesar por el escándalo, el desconcierto y el dolor que causan a todos".
A lo largo del juicio han quedado en evidencia las contradicciones del acusado, en prisión preventiva desde su detención. Miguel ha justificado que mintió cuando dijo que no conocía a la víctima "por vergüenza". "De mí no consiguió lo que conseguía de otros chicos, con él nunca he tenido problemas, nunca me faltó al respeto ni me propuso nada extraño", afirmó.
Aun así, no pudo explicar por qué meses después el canónigo le bloqueó en el móvil y él siguió llamándole. Miguel también tuvo que responder por otro de los indicios que le señalan directamente a él: en el momento de su detención tenía en su poder dos tarjetas de crédito del canónigo con las que no solo sacó dinero del cajero, sino que intentó obtener las claves llamando directamente al banco.
Según el acusado, fue el tal Manuel quien le dio las tarjetas y el móvil desbloqueado del canónigo, diciéndole que estaba "dormido". "Está mal haber cogido las tarjetas, pero yo no sabía que estaba muerto. No habría ido al cajero", argumentó en su defensa.
Además de que el posicionamiento del móvil le sitúa en el entorno de la casa del canónigo en el momento de su asesinato, Miguel envió varios mensajes suplantando su identidad horas después del hallazgo del cadáver. Lo hizo, según admitió en el juicio, "para ganar tiempo" mientras decidía si denunciaba a Manuel y qué hacía con las tarjetas.
En su conclusión final, el fiscal señaló ante el jurado que no acusa a Miguel de ser el autor material de un asesinato que calificó de "brutal", si bien insistió en que "sí que sabía que lo iban a matar, estuvo allí y lo vio, aunque ahora diga que es mentira". Es más, recordó que no fue hasta su declaración en instrucción en abril de 2025, más de un año después del crimen, cuando habló por primera vez del supuesto Manuel.
No obstante, la defensa del acusado apunta a una investigación con "lagunas" en la que se ha querido "encajar las piezas del puzzle a martillazos". ¿Por qué un asesino que se preocupa de que no quede ni una huella en el escenario del crimen comete luego la torpeza de usar las tarjetas y suplantar a la víctima?