- TOM BURNS MARAÑÓN
El principal partido de la derecha ha sometido su estrategia para formar el próximo Gobierno a una profunda revisión. Vox no parece haberse enterado del hurto. Ya nadie puede acusar a Feijóo de buscar los parabienes del voto centrista entre socialdemócratas asqueados del sanchismo.
Se decía y se dice que para aunar fuerzas en política se ha de saber "tragar sapos". Lo decía hace un siglo Indalecio Prieto, que encajó y repartió mucho fuego amigo como dirigente del Partido Socialista. Lo mismo vino a decir el editorial de EXPANSIÓN antes de ayer, cuando acusó a Santiago Abascal de sobreactuar en sus negociaciones con el Partido Popular.
Los sapos se sirven en bandeja cuando dirigentes rivales en una misma, o al menos próxima, orientación política se sientan a negociar acuerdos en beneficio del arco político que representan. Es el caso de las broncas que tuvo el autodenominado "socialista a fuer de ser liberal" Prieto con su intransigente correligionario Francisco Largo Caballero, apodado el Lenin español, que ansiaba la dictadura del proletariado.
En cierta manera, parecido plato para degustar contempla Alberto Núñez Feijóo, presidente del Partido Popular, que ha elaborado unas bases orientativas para futuros pactos con Vox. A la primera de cambio se le ha vuelto más difícil todavía de lo que ya supuso tragar el sapo. Y no solo a él.
Santiago Abascal, el fundador hace una docena de años de Vox y líder indiscutible del que hoy es el tercer partido nacional, no parece querer saber nada de la reptiliana vianda que le ofrece Feijóo. Ha dicho que el documento le "molesta".
Lo que le fastidia a Abascal, y esto es lo que él dice a todo el que le quiera escuchar, es que el párrafo preliminar del documento del partido rival diga que "todo acuerdo exige pleno respeto a la unidad nacional, al marco constitucional y al estado de derecho". La frase le incomoda seriamente porque, a su parecer, cuestiona que Vox defienda la unidad de la nación y acate la Constitución.
No le sirve de nada al Partido Popular decir que lo enunciado es un mero formalismo y la reacción/sobreactuación de Vox sugiere, como mínimo, que el partido de la derecha insurgente tiene la sensibilidad a flor de piel. De hecho Vox asume con frecuencia el papel de víctima que sufre injustos ataques y una censura que es tan constante como inmerecida.
A Vox le asiste la razón cuando dice que, a diferencia de otros partidos, siempre ha acatado el estado de derecho. Y Abascal, como se sabe muy bien y como no lo ha hecho ningún otro líder político, ha puesto en riesgo su integridad física frente a quienes se empeñan en romper España.
¿Sobreactúa Abascal cuando dice que "la música" le suena mal y que cualquier entendimiento programático con el Partido Popular empieza con "mal pie"? Por lo pronto el líder de Vox no está dispuesto a llevarse ningún sapo a la boca.
No parece que pinte bien el primer intento serio de unir fuerzas para acabar con el sanchismo. También puede ser que la lectura de Abascal del "hiriente" párrafo preliminar no sea más que una excusa que oculte el poco o nulo interés que tiene Vox en ensayar, hoy o ahora, pactos con el Partido Popular. Prefiere protagonizar por su cuenta la descalificación del sanchismo.
De hecho se diría que quienes han de tragar sapos son los cargos electos del Partido Popular y quienes les votaron. Las bases orientativas que propone Feijóo puede que chirríen en los oídos del moderado y tolerante conservador. No están escritas en el tono que acostumbra el centrado partido de la derecha.
Sin embargo las bases deberían sonar a música celestial en el iliberal universo de Vox. Los diez puntos sobre políticas públicas que enumera el documento de Feijóo constituyen el mismo decálogo que recorre Abascal en sus mítines. Esto no se le puede escapar a nadie.
Feijóo toca, una tras otra, la teclas que hacen vibrar al público de Vox: mano dura con la inmigración irregular, expulsión inmediata de inmigrantes delincuentes que carecen de papeles y fuera el burka y el niqab; derogación de las políticas climáticas que destruyen el empleo, encarecen la energía y expulsan las industrias; tolerancia cero con los okupas y con los docentes 'woke' que corroen la inocencia de los niños; rebaja de los impuestos sin otro límite que el mantenimiento de las servicios públicos esenciales; fin de la asfixia burocrática a los autónomos y pequeñas empresas. Y así hasta diez puntos.
La pataleta de Abascal es lo anecdótico. Los molestos con las descalificaciones del líder de Vox bien pueden decir que Abascal mira a su dedo cuando apunta a la luna. Lo categórico es que Feijóo ha entrado en el armario de Vox y le ha robado la ropa al partido de Abascal.
El principal partido de la derecha nacional ha sometido su estrategia para formar el próximo gobierno a una profunda revisión. Vox no parece haberse enterado del hurto. Y si ha caído en ello, no pasa de decir que está disgustado.
Con las bases orientativas en la mano, el líder del Partido Popular ha dado un rotundo volantazo y ha girado en 180 grados la orientación política de la organización que dirige. A partir de ahora nadie puede acusar a Feijóo de buscar los parabienes del voto centrista entre los socialdemócratas asqueados con el sanchismo.
El líder del Partido Popular quiere el voto de quienes aclaman a Abascal al grito de "presidente". Y los expertos en las artes de la demoscopia dice que mucho voto protesta, hastiado con las mendacidades de Pedro Sánchez, se ha transferido directamente a Vox. A por ellos va Feijóo y el político del perfil moderado, ha comenzado a alzar la voz. Y Abascal, en lugar de darle la bienvenida y ponerse la medalla, solo replica que se siente molesto.
Iniciativa
Feijóo está dando muestras de tomar iniciativas que el personal no esperaba de él. Sorprende, para bien, que pida el regreso de Don Juan Carlos -el Rey que "paró" el golpe del 23-F- a España y puede que tenga más sorpresas en la manga.
Ayer en estas páginas Javier Ayuso afirmaba que a Abascal se le está poniendo cara de Albert Rivera o de Pablo Iglesias. Reflexionó sobre el rápido ascenso del partido centrista y del de la ultraizquierda y su posterior caída en picado debido a la ambición desmedida de unos líderes con espíritu cesarista. Y se detuvo en las voces críticas de quienes fueron personajes notables en la cúpula de Vox.
La tesis de Ayuso será puesta a prueba dentro de dos semanas en las elecciones de Castilla y León, autonomía que hace cuatro años estrenó el primer gobierno regional de coalición entre el Partido Popular y Vox. La coalición duró escasamente media legislatura porque Vox se retiró de ella y lo que está en juego es la proporcionalidad en el voto que el quince de marzo recibirán los dos partidos en el arco de la derecha.
Lo que anhela una amplia mayoría de votantes en Castilla y León, al igual que lo deseaba, y que siguen esperando, los votantes de Aragón y de Extremadura, es un gobierno estable, sensato, pulcro, transparente y eficaz. En los tres casos, será, por fuerza, un gobierno de coalición y tendrá que reflejar en su composición y en sus prioridades y programación la relación de fuerza entre los dos socios.
Vox se ha impuesto un listón muy alto en Castilla y León que es el de reproducir su éxito en los comicios en Extremadura a finales del año pasado y en Aragón a comienzos de este. Esto supone superar el casi 18% del voto emitido que obtuvo en las elecciones de 2022 que se celebraron en la antigua Castilla la Vieja y, al sobrepasar cómodamente el umbral del 20%, pisarle los talones al Partido Socialista.
La pelota está en el aire y la cuestión es si la derechización del Partido Popular consigue frenar el fuerte ascenso del partido de Abascal. Al fin y al cabo Feijóo ha blanqueado a Vox y arriesga que el votante conservador prefiera al original que airea Abascal y rechace la fotocopia que divulga el Partido Popular.
Puede, a la vez, ocurrir que la pelota caiga en la cancha del sanchismo. El volantazo de Feijóo puede tener su coste si Sánchez logra sacar rédito del relato de la 'fachoesfera' que viene. Entonces lo que habrá conseguido el líder del Partido Popular es movilizar el voto de la izquierda. Para tal viaje Feijóo no necesitaba alforjas y esto es lo que pueden acabar diciendo los votantes del Partido Popular en la Tierra de Campos.
A Prieto le hubiera intrigado el festín de sapos que le espera a la dirección del Partido Popular y la de Vox. Ambos tendrán que ceder y el punto lógico de partida debería ser un pacto de no agresión. Eso no lo consiguió el dirigente socialista con los suyos en la República pero, ya en el exilio, lo volvió a intentar, a título personal y con las discretas bendiciones de la Foreign Office británica, cuando negoció un gobierno nacional y de reconciliación bajo la Corona con José María Gil Robles, el líder de la derechista CEDA antes de la Guerra Civil. La buena disposición de ambos fracasó porque Don Juan, conde de Barcelona, pactó con Franco la escolarización de Don Juan Carlos en Madrid. Siempre hay sapos que son imposibles de digerir.
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