Aunque son ya las 00.20 horas no parece que los inmigrantes que duermen en el suelo de la azotea encalada del fondo vayan a echarse pronto dormir. Entre las decenas de prendas que hay tendidas en las cuerdas, sólo apreciamos a cuatro de la veintena de jóvenes que pernoctan allí: dos charlan de pie, a uno se le ve sentado distraído con el móvil, el cuarto está mirando al horizonte.
La noche anterior a nuestra visita, podríamos haber tomado una fotografía similar en otra terraza cercana, pero hoy sorpresivamente en ella no hay nadie. «Ayer pasó el dron de la Guardia Civil y el dueño se ha asustado y no quiere que duerman ahí más. Dicen que están multando con 6.000 euros a quienes acogen a inmigrantes», explica el hombre que nos hace de guía por la callejuelas sin asfaltar de este barrio ceutí.
Según el testimonio de los inmigrantes que han estado alquilando un hueco en el suelo de esa azotea patera de la que los han echado de repente, pagaban 15 euros por día y eran mínimo unos 15 durmiendo cada noche. De la multiplicación resulta que el dueño se ha estado embolsando 225 euros diarios, unos 7.000 euros al mes si redondeamos la cifra.
No hay que caminar mucho para llegar al sótano donde otro grupo de los inmigrantes llegados a Ceuta en la entrada masiva del 30 y 31 de julio pasado duermen hacinados. Este garaje patera aún está operativo. Su propietario prefiere asegurarse los ingresos más a medio plazo y está pidiendo 200 euros por un mes de estancia. Tiene otros 10-15 inquilinos, de los que obtiene por tanto 2.000/3.000 mensuales. «Algunos no se duermen hasta las nueve de la mañana porque no caben, están pegados, casi encima unos de otros», cuenta la esposa de nuestro cicerone.
Sólo unas horas después de esta visita en la que somos testigos de cómo algunos ceutíes se están lucrando a costa de la explotación de los miles de sintecho que vagan por la ciudad, el miércoles por la mañana la Guardia Civil desmantelaba un piso patera en el centro y detenía a los dueños, un hombre y una mujer que alojaban en condiciones insalubres a 25 inmigrantes, seis menores.
Casi a la par trascendía que la Policía Nacional había detenido a otras dos personas en la barriada de El Príncipe por lo mismo: cobrar a los inmigrantes hasta 30 euros diarios a cambio del alojamiento en un trastero o un garaje, cantidad que aumentaba si se quería un colchón o una manta. Por cargar el teléfono móvil, por ejemplo, se pedían entre cinco y diez euros. Prometían a los irregulares además traslados a la Península por cantidades cercanas a 6.000 euros.
Quién sabe si es esta la red que ha intentado captar al joven al que nuestro guía llama «el imán». «Al imán le ofrecían llevarlo en una lancha por 8.000 euros y no ha podido porque sólo tiene 7.000. Yo ya le he dicho que cuidado, que a lo mejor es un timo y se queda sin el dinero, pero les llegan noticias de chavales que estaban aquí al principio [tras la avalancha] y que ya han llegado».
El imán no habla español y escucha callado, sentado en un rincón de la casa de nuestro anfitrión, donde se nos ofrece té y pastas. Contamos al menos una docena de vasos, tantos como inmigrantes llegados a nado que están sentados en torno a la mesa. Los dueños de la casa, los mismos que nos han enseñado los alojamientos patera, les están dando de comer gratis. «El imán aparte de dirigir en Tánger el rezo de 50 personas, trabajaba como camarero y tenía dinero ahorrado. Yo discuto con él: 'A ver para qué te has venido'. El hermano le dijo 'quillo, vente, que está abierto Ceuta' y él está con el sueño de subir a la Península, dice que Marruecos no te permite soñar».
Las primeras noches en Ceuta las pasó el imán en la azotea de los 15 euros al día pero luego se trasladó al sótano de los 200 al mes. «Este, este y este», duermen en el sótano, señala el anfitrión a tres de los presentes. Entre ellos hay dos que dicen tener 17 años y disponer de un diploma de peluquero. Uno de ellos, el que está concentrado escuchando en el móvil lo que parece una clase de español -«déjame hablar», «déjame ver»- acaba de recibir el diploma de peluquero hoy mismo aunque ya ha estado realizado cortes por cuatro euros. Este duerme en el sótano y el otro menor en una tienda de campaña. El Gobierno calcula que pueden quedan en la calle entre 700 y 1.000 menores.
«Pescador, pintor, chófer, electricista...», nos van enumerando las profesiones de cada uno mientras un helicóptero sobrevuela varias veces y muy bajo la zona. Ninguno ha acudido a pedir que los alojen en los recursos que se han puesto en marcha para acogerlos porque temen que los filien y los devuelvan a Marruecos. «Una ONG les ha dicho que si piden asilo en cuatro días los echan».
Preguntan qué pueden alegar para que les concedan la protección internacional. «Yo les he dicho que se inventen que son todos gays», dice la dueña de la casa con cierta inocencia. En la expresión de las caras de los que entienden el español se nota cuánto les ha ofendido la idea. «Somos hombres, somos hombres», dice el electricista. «Hombres cien por cien», insiste. «Prefiero volverme a Marruecos que decir que soy gay».
Además de alimentar a estos chicos, en la casa tienen acogida a una madre y sus dos hijas de 21 y 17 años, también llegadas en la avalancha y quienes estuvieron alojadas en el campamento deSidi Embarek, habilitado para mujeres y menores, pero no se sentían seguras. «El año pasado, su hijo entró a nado. Siete veces lo intentó pero lo devolvían y a la séptima entró. Lo llevaron a un centro de menores, cumplió los 18 años y ahora está en Madrid, cocinando en una residencia de ancianos», explica la dueña de la casa. El hijo, añade, ya está buscando casa de alquiler para la madre y las hermanas, convencido de que lograrán llegar a la Península. Muestran en el móvil una imagen en la que se ven dos profundos arañazos en el rostro de la hija menor, prueba dice del bullying que ha sufrido. La madre asegura «tener papeles de maltratada» y espera que sirvan de salvoconducto para el asilo. La llaman «mamá chef» porque es la que cocina para todos. Han cenado tayín.
«Ella trabajaba en la Renault en Tánger, haciendo las fundas de los sillones de los coches. Cobraba 300 euros al mes y no le llegaba», detalla la dueña, quien nos despide con una pregunta:«¿Creéis que hacemos bien en ayudarlos? Hay gente que dice que es mejor que no, pero nos dan pena».