Con su histórico viaje a Canarias, León XIV desplazará hacia el archipiélago a las cámaras que persiguen su solideo y sotana blanca. Irá al muelle de Arguineguín para mirar a los ojos a los acallados y cumplir el deseo de Francisco. Llega a una isla exhausta, donde no hay espacio para reubicar migrantes, donde profesores y alumnos sostienen la integración de menores migrantes, voluntarias no descansan para coser el ajuar de la Santa Misa y pescadores han encarnado la vieja imagen de pescador de hombres de San Pedro, incluso, remolcando en embarcaciones a muertos para que, al menos, pudieran recibir sepultura.
Todos esperan al Papa León XIV con entusiasmo y nervios, pero muestran cierto recelo a la llegada de figuras políticas, como Pedro Sánchez, que, en estos, años les han hecho sentir "olvidados".
Según datos del Ministerio de Migraciones, Gran Canaria alberga al 60% (2.600 niños) de los menores no acompañados del archipiélago. El I.E.S Vega de Firgas, situado en el norte rural de la isla, cuenta con 54 migrantes africanos. Sin medios ni recursos, más allá de los estándares aportados por Educación, el centro se ha reinventado.
De izquierda a derecha, Samira, Awa, Fatou y Alexander junto a sus profesoras en el I.E.S Vega de FirgasGabriel JiménezAraba PressA Samira y Alexander, ambos de 15 años, la oleada de nuevos compañeros les pilló en segundo de la ESO. Tenían 13 años. "Sólo pensaba que todos somos personas con sentimientos", dice el chaval, «ellos venían con una mochila emocional detrás y había que ayudar». Samira recuerda sus primeros amigos migrantes: Abdulai y Samba. "No entendía por qué tendría que quedarme parada, vivimos en un pueblo rural, donde todavía hay personas con una mentalidad muy antigua que les impedía aceptarlos, pero logramos mostrarles la realidad", reflexiona ella, "hacerles ver que no se trata de un problema, sino una situación que tenemos que resolver para seguir avanzando".
Su llegada fue "doblemente impactante", como explica Alicia. Sin medios ni recursos idiomáticos tuvieron que ingeniársela para sacarlos adelante. Primero, para ser "un colchón de ayuda emocional", como detalla Yaiza coordinadora del Proyecto de Integración del Proyecto de Alumnado Migrante, y, luego, para lograr que estuvieran cómodos. "Ellos venían a España a trabajar", relata Yaiza, "se encontraron en un instituto haciendo algo que nunca habían hecho porque muchos nunca habían sido escolarizados".
En Firgas organizaron grupos de apoyo de profesores y estudiantes, tan punteros para la integración que, desde el Parlamento Europeo, acudió una comitiva para verlo. Entre esos alumnos están Awa y Fatou, dos jóvenes senegalesas que llegaron solas en patera hace tres años. Ninguna repetiría hoy aquel viaje. Las dos destacan por sus buenas notas y por unos objetivos muy concretos. Awa quiere estudiar Ingeniería. Fatou aspira a cursar una Formación Profesional de Auxiliar de Enfermería.
Su historia cuestiona muchos de los discursos que reducen la inmigración a una consigna. También revela las grietas de un sistema que, años después de los momentos de mayor llegada, sigue sin responder con eficacia a situaciones básicas.
Awa ya ha cumplido los 18 años. Su padre, que también cruzó el Atlántico de forma irregular, vive en Tenerife. Sin embargo, las pruebas óseas que deben certificar oficialmente su edad aún no han concluido. Sobre el papel continúa siendo menor. Por eso no puede viajar para reunirse con él.
Fatou también tiene 18 años. Sin embargo, continúa viviendo en un centro de menores. Entre semana solo puede salir para acudir a clase en el instituto y los permisos de fin de semana están sujetos a supervisión por el riesgo real que afrontan muchas jóvenes migrantes de caer en manos de redes de trata y explotación sexual. Su traslado a un centro para mujeres adultas sigue pendiente por el simple hecho de que no hay plazas libres.
"Ellas (las profesoras) y nuestros compañeros son como nuestra familia", dice Awa. "Es maravilloso", añade Fatou. Tal es la unión en el centro que el traslado de menores es casi un luto, sobre todo, cuando viene marcado por raras praxis. Aún recuerdan aquellos 15 niños a los que, sin previo aviso, se les concedió el asilo y jamás volvieron, ni siquiera les dejaron despedirse. "Guardamos 10 minutos de silencio", cuenta Yaiza, "los pasillos estaban llenos de estudiantes llorando".
Jesús en su barco en el muelle de ArguineguínGabriel JiménezAraba PressEn la otra punta de la isla, en el muelle de Arguineguín, existe otra red de ayuda casi anónima. En la Cofradía de Pescadores se acumulan historias que recuerdan que la palabra humanidad aún conserva sentido. Jesús, de 46 años y patrón mayor, no ha olvidado la primera patera que rescató. Tenía 19 años cuando, a unos 200 kilómetros al sur de El Hierro, se encontró con una embarcación roja abarrotada por 178 personas. Desde entonces ha participado en el auxilio de entre 30 y 35 pateras y cayucos, además de otras tantas embarcaciones vacías. "Cualquier día acabaremos de baja psicológica por lo que vemos, igual que los de Salvamar", confiesa, "pero no nos lo podemos permitir porque tenemos que seguir faenando".
Hace cosa de un mes y medio, recuerda, empezó a fijarse en la cara de sus tres marineros migrantes. "Su expresión es indescriptible aun habiendo pasado ellos por lo mismo", dice. Son estos marineros los que utiliza como traductores y mediadores. Tranquilizan a los pasajeros de las pateras y les dicen que la ayuda está en camino. "Les damos todo lo que tenemos".
De los 36 barcos que operan desde Arguineguín, solo tres pescadores han sido invitados al encuentro con el Papa. Es una espina que todavía le duele. "Bastaría que fuera un marinero por barco", lamenta, "Oliver [otro marinero] una vez remolcó durante más de 100 kilómetros un cayuco con solo tres cadáveres para que sus familias pudieran llorar los cuerpos, dime ¿cuántas personas harían eso?".
Todo el que ha visto un cayuco a la deriva en la isla no lo olvida. Hay historias de militares que se saltaban el protocolo y les lanzaban comida, también de pescadores que subieron a más de 80 pasajeros en su barco, aún habiendo posibilidad de que volcase. "En aquel caso un migrante decía que faltaba una mujer", cuenta, "cuando la ven por fin, el patrón del barco se tiró al mar con un salvavidas para ir a nado a rescatarla".
"Todos esos que están en contra de su rescate, me pregunto si serían capaces de darse la vuelta y dormir con la conciencia tranquila cuando ven a decenas de personas lanzándose al mar, sin saber nadar, a 50 metros", afirma Jesús. Cuenta que aunque el protocolo de evacuación y traslado del puerto se ha modificado porque ya no se ven hileras de centenares de migrantes durmiendo al raso en el espigón, el Gobierno central debería actualizarlo y hacerlo más operativo. También reflexiona sobre por qué alguien decidió llamar a este punto "el muelle de la vergüenza": "Tendría que ser el de la alegría, ojalá alguien viera esas caras al tocar tierra después de los gritos de desesperación que se escuchaban en la patera".
Purín y Ana en el taller preparando todo el ajuar litúrgico el martes para la Santa MisaGabriel JiménezAraba PressEn Gran Canaria, muchas veces las cosas salen adelante porque alguien decide quedarse un rato más. También la visita de León XIV se ha construido así. El ajuar litúrgico nació de un grupo de mujeres que un día se ofrecieron para "ayudar en lo que hiciera falta", recuerda Ana. Tal es la cantidad de piezas como el corporal (rectángulo sobre el que se coloca el cáliz), purificadores (paño absorbente para secar el cáliz de la Eucaristía) o el mantel del altar, que, poco a poco, se tejió un ejército de costureras. Algunas, como Purín, trabajaron durante semanas sin descansar un solo día. Otras se llevaban las piezas a casa para continuar. Hasta pidieron ayuda a las monjas de clausura del Císter de Teror para que se sumaran a esta epopeya textil. "Todas sienten un honor inmenso", cuenta Ana, "porque hemos ayudado y, además, para la Santa Misa". Ayer, muchas se encontraban en el Estadio de Gran Canaria, donde hoy a las 18:30 León XIV oficiará una misa ante más de 35.000 personas, planchando todas las piezas. "Espero que el Papa apele a la unión y la humanidad, porque en los tiempos corren casi todos lo olvidamos en el día a día", asegura Ana.
Estas son solo algunas de las historias que esperan al Papa. Apenas unas pocas entre las más de 870.000 vidas que habitan una tierra que ha sentido que la Península la miraba desde lejos. Historias de cansancio, sí, pero que también hablan de que siempre hay alguien dispuesto a tender la mano hacia la otra orilla.