Miriem Diouri
Socia directora de MDG Advisors
Jueves, 9 de abril 2026, 12:47
... levantando la mano en clase cuando la profesora pregunta qué quiere ser de mayor y contestando, con brillo en los ojos: economista. Me produce cierta pena pensar en ese hipotético niño con aspiraciones en el mundo de las finanzas.Los niños tienen que soñar con ser astronautas, cantantes de ópera o tenistas. Ya vendrá la vida después a enseñarles que existen los inspectores de Hacienda y que, además de soñar, hay que pagar el alquiler cada mes.
Yo de pequeña quería ser escritora, deportista olímpica y actriz. A veces pienso que, entre la maternidad, el trabajo y los chats del colegio, quizás no haya terminado tan alejada de aquellos sueños.
El pragmatismo, sin embargo, afloró en mi época del instituto y es algo que ha seguido conmigo desde entonces. A veces de forma simbiótica y otras casi parasitaria -sí, este fin de semana hemos estado estudiando biología en casa-. Porque el estudio de la economía, aun sin encontrarse entre las artes elevadas, contiene algunas claves bastante útiles para tener una vida más feliz.
Uno de los principios contables más básicos es el principio de proporcionalidad. En términos técnicos, podríamos decir que implica que las decisiones económicas, las cargas o los beneficios deben guardar una relación razonable con la capacidad económica, el riesgo asumido o la finalidad perseguida. Dicho de forma más sencilla: que la respuesta no sea desmesurada respecto al problema. Parece una obviedad, pero no siempre lo es.
Intento transmitir este principio a mis hijas porque funciona sorprendentemente bien fuera de los manuales de contabilidad. El otro día, por ejemplo, me preguntaban en una entrevista por la supuesta persecución de la Agencia Tributaria a los regalos de boda. Y mi respuesta fue sencilla: proporcionalidad. No parece muy razonable movilizar grandes recursos públicos para investigar sobres discretos entregados con cariño entre familiares y amigos. Igual que tampoco lo sería mirar hacia otro lado cuando las donaciones millonarias se disfrazan de tradiciones nupciales.
La proporcionalidad también serviría para resolver más de una discusión doméstica. Por ejemplo, en la custodia compartida. Más allá de los titulares y de las posiciones ideológicas, el sentido común invita a pensar que el reparto del tiempo, de las responsabilidades y de los gastos debería ser proporcional a la realidad de cada familia. Ni más ni menos. O en el gasto familiar. Las economías domésticas suelen fracasar no por falta de ingresos, sino por falta de proporción entre lo que se gana y lo que se quiere gastar. El problema no es comprar un buen vino para celebrar algo importante; el problema es hacerlo cada martes, aunque los martes sean terribles.
Incluso en algo aparentemente tan inocente como elegir vacaciones. Existe una tendencia creciente a planificar viajes que requieren más energía para pagarlos que para disfrutarlos. Quizás el principio de proporcionalidad aconsejaría que el descanso esté en proporción al esfuerzo necesario para permitírnoslo.
Al final, muchas decisiones importantes de la vida se resumen en eso: ajustar expectativas, recursos y consecuencias.
La economía, vista así, deja de parecer una disciplina fría para convertirse en una especie de manual de convivencia con la realidad. Y quizás por eso, cuando mis hijas me preguntan qué deberían estudiar cuando sean mayores, nunca les digo economía. Pero sí intento enseñarles algo mucho más útil: que en la vida, como en las cuentas, todo funciona mejor cuando las cosas guardan una cierta proporción.
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