Cuando el Golden Gate se inauguró hace casi un siglo, fue celebrado como un triunfo arquitectónico de ingeniería y modernidad. Ocurre que la historia de muchas de las grandes obras ha tenido una segunda lectura. A veces han fallado por problemas técnicos, y otras han acabado marcadas por usos que nadie previó. Con el tiempo, un puente puede convertirse en algo muy distinto a lo que sus planos imaginaban.
El puente y su historia oscura. El Golden Gate Bridge, inaugurado en 1937 entre la bahía de San Francisco y el Pacífico, ha sido durante décadas uno de los lugares más asociados al suicidio en Estados Unidos, con una tasa de más de 2.000 saltos confirmados y una cifra real seguramente mayor porque no todos los casos se ven ni todos los cuerpos se recuperan.
En 2006 se vivió uno de los peores años, con al menos 34 muertes, y ese fue también el punto de inflexión en el que familiares de víctimas, como Paul Muller, decidieron que era inaceptable seguir conviviendo con esa rutina de tragedias sin una respuesta física y efectiva en el propio puente.
En Xataka
"¿Qué narices es eso?": la guerra en Ucrania ha entrado en su fase más demencial, drones convertidos en "Uber" de combate
La barrera que cambió el destino. La solución terminó siendo un sistema disuasorio "invisible" instalado a lo largo de ambos lados del puente, uno basado en cables de acero inoxidable de grado marino colocados unos seis metros por debajo de las pasarelas peatonales.
No es algo que se aprecie desde lejos ni desde el tráfico normal, pero sí es evidente para quien se asoma al borde. La idea es sencilla y tremenda a la vez: si alguien intenta saltar, cae sobre esa estructura, queda herido o conmocionado, y se corta la posibilidad de completar la caída mortal al agua.
La barrera creada para evitar los suicidios
La eficacia del nuevo impacto. Durante muchos años el Golden Gate registró una media de unas 30 muertes anuales, una cifra que parecía enquistada y casi imposible de romper. Sin embargo, en 2024, con la instalación entrando en su fase final y con ajustes todavía en marcha, las muertes bajaron a ocho.
El año pasado, en 2025 y ya con el sistema funcionando los doce meses, se registraron tan solo cuatro y no hubo ninguna caída entre junio y diciembre, un tramo que podría ser de los más largos sin suicidios en el puente, aunque los registros antiguos no siempre sean completos. Por cierto, desde comienzos de 2026 ya hay un caso, lo que recuerda que no existe el riesgo cero. Dicho esto, el descenso general es tan evidente que incluso sus impulsores lo ven como una prueba clara de eficacia y un espejo para el resto de las arquitecturas colgantes.
Vigilancia e intervención. La barrera no actúa sola, porque el puente mantiene un sistema de vigilancia electrónica y un equipo de agentes cuya tarea es detectar y frenar intentos antes de que ocurran.
En el último año se lograron 94 intervenciones exitosas, aproximadamente la mitad de lo que era normal antes de la instalación completa, lo que sugiere que el problema no desaparece de golpe. De hecho, todavía hay gente que llega con la idea de saltar, pero ahora el margen de actuación es mayor y la muerte ya no es tan inmediata ni tan segura como lo fue durante décadas.
Instalación de las barreras antisuicidio, febrero de 2020
Contra la inercia y el coste. Lo cierto es que la instalación de la barrera llegó después de un camino larguísimo lleno de bloqueos políticos, dudas sobre la estética, discusiones sobre el precio y debates sobre si realmente funcionaría. Ya en 1939 se recomendó elevar las barandillas, pero durante décadas se evitó tomar medidas mientras el contador de muertos subía de 500 a 1.000 y seguía creciendo con una regularidad escalofriante.
La presión organizada de familiares y profesionales acabó cristalizando en la Bridge Rail Foundation, y tras años de trámites la obra comenzó en 2018. El proyecto, además, se encareció mucho, pasando de una estimación de 76 millones de dólares a un coste final de 224 millones de dólares, e incluso tardó más en instalarse que el propio puente en construirse.
La barrera "invisible"
Por qué salva vidas. Una de las ideas centrales es que reducir el acceso fácil a un método letal funciona, aunque suene demasiado simple. Un estudio de 1978 de Richard Seiden, en la Universidad de California en Berkeley, siguió a 515 personas que habían ido al Golden Gate con intención de saltar y que fueron disuadidas, y concluyó que el 94% seguía vivo o había muerto por causas naturales.
Eso refuerza la idea de que muchas crisis suicidas son agudas y no permanentes, y que poner un obstáculo concreto en el momento exacto puede marcar la diferencia entre morir y sobrevivir.
Puentes y un mismo problema. Qué duda cabe, lo del Golden Gate no ha sido un caso aislado, y hay otros puentes icónicos que han acabado arrastrando una reputación similar al convertirse en escenarios recurrentes de suicidios. En Estados Unidos, el puente Royal Gorge junto a Hoover Dam, o el Chesapeake Bay Bridge, han tenido historiales conocidos y episodios que han impulsado debates sobre vigilancia y barreras. En Canadá, el Bloor Viaduct de Toronto fue durante años uno de los puntos más problemáticos hasta que se instaló una gran estructura de prevención, y algo parecido ocurrió en el Reino Unido con el Clifton Suspension Bridge en Bristol, donde la combinación de altura, accesibilidad y simbolismo obligó a tomar medidas y reforzar la intervención temprana.
También en Australia, el Sydney Harbour Bridge ha sido objeto de preocupación e iniciativas preventivas, y en Europa hay numerosos casos en puentes urbanos y viaductos de gran altura que comparten el mismo patrón: muy transitados y al mismo tiempo muy expuestos. En todos se repite la misma idea, cuando un puente se convierte en un punto conocido, no es solo un problema de seguridad física, es un fenómeno social que se retroalimenta, y cuanto más famoso, más importante se vuelve cortar esa inercia antes de que forme parte de su identidad.
En Xataka
Arabia Saudí y Emiratos Árabes importan millones de toneladas de arena cada año pese a vivir sobre desiertos inmensos
El legado. El Golden Gate llevaba décadas funcionando como un “destino” para personas en riesgo, incluso con casos de gente que viajaba desde otros estados o países, atraída por su fama y por la certeza de un final casi inevitable.
Que ese símbolo arquitectónico haya reducido de forma tan drástica las muertes puede tener un efecto más amplio que las estadísticas de la propia estructura, porque ofrece un modelo replicable para otras tantas similares del mundo. De hecho, la fundación que empujó el cambio sigue activa y recibe llamadas de responsables de otros lugares, con la esperanza de que lo logrado aquí sirva para que más ciudades conviertan puntos negros en espacios mucho menos mortales.
Imagen | Frank Schulenburg, Golden Gate, Guillaume Paumier, Kylelovesyou, Frank Schulenburg
En Xataka | En 1976 Boston levantó su rascacielos más alucinante. Hasta que sus cristales se convirtieron en guillotinas letales
En Xataka | Los parkings eran la gallina de los huevos de oro del ladrillo en España. Hasta que alguien creó el mamotreto de Las Teresitas
-
La noticia
El puente más famoso de EEUU registraba más de 2.000 suicidios. Hasta que en 2024 encontraron una solución "invisible"
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Miguel Jorge
.
El puente más famoso de EEUU registraba más de 2.000 suicidios. Hasta que en 2024 encontraron una solución "invisible"
La idea es sencilla y brutal a la vez, si alguien intenta saltar, cae sobre esa estructura y queda herido o conmocionado, pero no muere
Cuando el Golden Gate se inauguró hace casi un siglo, fue celebrado como un triunfo arquitectónico de ingeniería y modernidad. Ocurre que la historia de muchas de las grandes obras ha tenido una segunda lectura. A veces han fallado por problemas técnicos, y otras han acabado marcadas por usos que nadie previó. Con el tiempo, un puente puede convertirse en algo muy distinto a lo que sus planos imaginaban.
El puente y su historia oscura. El Golden Gate Bridge, inaugurado en 1937 entre la bahía de San Francisco y el Pacífico, ha sido durante décadas uno de los lugares más asociados al suicidio en Estados Unidos, con una tasa de más de 2.000 saltos confirmados y una cifra real seguramente mayor porque no todos los casos se ven ni todos los cuerpos se recuperan.
En 2006 se vivió uno de los peores años, con al menos 34 muertes, y ese fue también el punto de inflexión en el que familiares de víctimas, como Paul Muller, decidieron que era inaceptable seguir conviviendo con esa rutina de tragedias sin una respuesta física y efectiva en el propio puente.
La barrera que cambió el destino. La solución terminó siendo un sistema disuasorio "invisible" instalado a lo largo de ambos lados del puente, uno basado en cables de acero inoxidable de grado marino colocados unos seis metros por debajo de las pasarelas peatonales.
No es algo que se aprecie desde lejos ni desde el tráfico normal, pero sí es evidente para quien se asoma al borde. La idea es sencilla y tremenda a la vez: si alguien intenta saltar, cae sobre esa estructura, queda herido o conmocionado, y se corta la posibilidad de completar la caída mortal al agua.
La barrera creada para evitar los suicidios
La eficacia del nuevo impacto. Durante muchos años el Golden Gate registró una media de unas 30 muertes anuales, una cifra que parecía enquistada y casi imposible de romper. Sin embargo, en 2024, con la instalación entrando en su fase final y con ajustes todavía en marcha, las muertes bajaron a ocho.
El año pasado, en 2025 y ya con el sistema funcionando los doce meses, se registraron tan solo cuatro y no hubo ninguna caída entre junio y diciembre, un tramo que podría ser de los más largos sin suicidios en el puente, aunque los registros antiguos no siempre sean completos. Por cierto, desde comienzos de 2026 ya hay un caso, lo que recuerda que no existe el riesgo cero. Dicho esto, el descenso general es tan evidente que incluso sus impulsores lo ven como una prueba clara de eficacia y un espejo para el resto de las arquitecturas colgantes.
Vigilancia e intervención. La barrera no actúa sola, porque el puente mantiene un sistema de vigilancia electrónica y un equipo de agentes cuya tarea es detectar y frenar intentos antes de que ocurran.
En el último año se lograron 94 intervenciones exitosas, aproximadamente la mitad de lo que era normal antes de la instalación completa, lo que sugiere que el problema no desaparece de golpe. De hecho, todavía hay gente que llega con la idea de saltar, pero ahora el margen de actuación es mayor y la muerte ya no es tan inmediata ni tan segura como lo fue durante décadas.
Instalación de las barreras antisuicidio, febrero de 2020
Contra la inercia y el coste. Lo cierto es que la instalación de la barrera llegó después de un camino larguísimo lleno de bloqueos políticos, dudas sobre la estética, discusiones sobre el precio y debates sobre si realmente funcionaría. Ya en 1939 se recomendó elevar las barandillas, pero durante décadas se evitó tomar medidas mientras el contador de muertos subía de 500 a 1.000 y seguía creciendo con una regularidad escalofriante.
La presión organizada de familiares y profesionales acabó cristalizando en la Bridge Rail Foundation, y tras años de trámites la obra comenzó en 2018. El proyecto, además, se encareció mucho, pasando de una estimación de 76 millones de dólares a un coste final de 224 millones de dólares, e incluso tardó más en instalarse que el propio puente en construirse.
La barrera "invisible"
Por qué salva vidas. Una de las ideas centrales es que reducir el acceso fácil a un método letal funciona, aunque suene demasiado simple. Un estudio de 1978 de Richard Seiden, en la Universidad de California en Berkeley, siguió a 515 personas que habían ido al Golden Gate con intención de saltar y que fueron disuadidas, y concluyó que el 94% seguía vivo o había muerto por causas naturales.
Eso refuerza la idea de que muchas crisis suicidas son agudas y no permanentes, y que poner un obstáculo concreto en el momento exacto puede marcar la diferencia entre morir y sobrevivir.
Puentes y un mismo problema. Qué duda cabe, lo del Golden Gate no ha sido un caso aislado, y hay otros puentes icónicos que han acabado arrastrando una reputación similar al convertirse en escenarios recurrentes de suicidios. En Estados Unidos, el puente Royal Gorge junto a Hoover Dam, o el Chesapeake Bay Bridge, han tenido historiales conocidos y episodios que han impulsado debates sobre vigilancia y barreras. En Canadá, el Bloor Viaduct de Toronto fue durante años uno de los puntos más problemáticos hasta que se instaló una gran estructura de prevención, y algo parecido ocurrió en el Reino Unido con el Clifton Suspension Bridge en Bristol, donde la combinación de altura, accesibilidad y simbolismo obligó a tomar medidas y reforzar la intervención temprana.
También en Australia, el Sydney Harbour Bridge ha sido objeto de preocupación e iniciativas preventivas, y en Europa hay numerosos casos en puentes urbanos y viaductos de gran altura que comparten el mismo patrón: muy transitados y al mismo tiempo muy expuestos. En todos se repite la misma idea, cuando un puente se convierte en un punto conocido, no es solo un problema de seguridad física, es un fenómeno social que se retroalimenta, y cuanto más famoso, más importante se vuelve cortar esa inercia antes de que forme parte de su identidad.
El legado. El Golden Gate llevaba décadas funcionando como un “destino” para personas en riesgo, incluso con casos de gente que viajaba desde otros estados o países, atraída por su fama y por la certeza de un final casi inevitable.
Que ese símbolo arquitectónico haya reducido de forma tan drástica las muertes puede tener un efecto más amplio que las estadísticas de la propia estructura, porque ofrece un modelo replicable para otras tantas similares del mundo. De hecho, la fundación que empujó el cambio sigue activa y recibe llamadas de responsables de otros lugares, con la esperanza de que lo logrado aquí sirva para que más ciudades conviertan puntos negros en espacios mucho menos mortales.