La mala noticia para muchos es que 'La reina Esther' —novela número dieciséis de John Irving, Exeter, 1942— no es, contrario a lo que aseguran sus promotores, ni una precuela ni una secuela de la magnífica 'Las reglas de la casa de la sidra ... / Príncipes de Maine, reyes de Nueva Inglaterra', por cuyo guion cinematográfico ganó un Oscar.
La buena noticia es que 'no' lo es; porque qué sentido tendría anticipar y continuar lo que fue y es y seguirá siendo una perfecta obra maestra (el propio Irving restó importancia a la cuestión en una entrevista explicando que «necesitaba un orfanato, ya tenía ese»). Así, la relación entre esta y aquella es, apenas, un breve (pero decisivo) cameo de un más joven Wilbur Larch, obstetra-abortero al frente del ya legendario hospicio en St. Cloud.
Y, claro, su inmediata y no por no inesperada menos agradecible y celebrable inserción en el 'mondo Irving', en el 'Irvingverso', en coordenadas y parámetros más que reconocibles para cualquiera de sus seguidores.
A saber, hacer 'check' junto a cada ítem: huérfanos y adopciones en serie y madres ausentes a la vez que omnipresentes, interrupciones de embarazos y circuncisiones, Charles Dickens y Herman Melville (a los que se suma Bob Dylan) como más que inspiradores dioses tutelares y protectores, amor y miedo, prostitutas y santas y casi santas prostitutas, Viena y Vietnam, amistades tan peligrosas como gratificantes, lucha libre y mucho sexo y transexualidad, baja estatura y altos ideales, la maternidad/paternidad como fuerza que mueve y conmueve a todo.
John Irving: «Me gustaría morir sobre mi escritorio con una frase inacabada, dejar un rompecabezas»
Repetición constante de lemas/mantras privados, el mandato de abrazar a una familia más por opción del corazón que por la imposición de la sangre (alguien por ahí desprecia a quienes piensan más en sus ciertos antepasados que en sus inciertos descendientes), tinta de tatuaje y de libros, y guiños pícaros para 'connoisseurs' a esas otras tres maravillas: 'El mundo según Garp' y 'El Hotel New Hampshire' y 'Oración por Owen' (y, de acuerdo, no hay osos; pero su función como animal totémico es asumida por un perro, otra de las mascotas simbólicas favoritas de Irving).
Lo resultante de tal centrifugado —al que se añade el ingrediente decisivo de lo judío y lo israelita y lo geopolítico— es, como corresponde, difícil de resumir, siendo esta otra de las tramas de aquel quien mejor ha sabido invocar en nuestros días el espíritu de la gran victoriosa y victoriana gran narrativa decimonónica. De ahí que me limitaré a apenas precisar (porque parte del disfrute de Irving pasa por no saber de qué va y a dónde vamos; de ahí que yo jamás lea los vanamente sintetizadores textos de solapa y contraportada en lo suyo) que la saga arranca a principios del siglo pasado.
'La reina Esther' es también, posiblemente, aunque todas lo fueron, su novela más política
Y que entonces nos presenta a la formidable y trágicamente huérfana y vienesa 'export/import' Esther Nacht (nombre que desciende directamente del de aquella monarca salvadora de los suyos en el Viejo Testamento) y quien pronto adopta cita de Charlotte Brontë como mandamiento sobre su propia piel.
A continuación, Jimmy Winslow: hijo de dos madres nacido en 1941, futuro luchador y novelista cinéfilo y verdadero protagonista de la novela; pero, de algún modo, súbdito a larguísima distancia de la muy combativa reina titular, quien seguirá teniéndolo bajo su mando y órdenes hasta el (otro clásico recurso 'irvingiano') tan inevitable como esperado por el lector reencuentro final que aquí tiene lugar y tiempo en Jerusalén '81.
'La reina Esther' es también, posiblemente —aunque todas lo fueron; pero en esta en primer plano, con abundantes disquisiciones sobre el antisemitismo y el sionismo y la ultraortodoxia religiosa que incomodaron a más de uno; pero de eso se trata, Irving nunca fue cómodo o acomodaticio—, la novela más política de quien, por estos días, se ha convertido en uno de los escritores más combativos contra y denunciadores del mundo según Trump (y quien adoptó la nacionalidad canadiense durante su primer mandato y no vuelve a los Estados Unidos ni para promocionar sus más recientes títulos).
Luego de la un tanto expansiva 'El último telesilla', 'La reina Esther' es, en las palabras de su autor, «un tanto más larga de lo que se supone debe ser hoy cualquier muestra de ficción literaria, pero también un tanto más corta de lo que se supone debe ser una novela de John Irving». Es decir: alcanza las casi 500 páginas. De ahí que la estrella que le resta esta reseña se deba única y exclusivamente a que, en mi parecer, podría tener unas 300 páginas más. Por suerte, nuestro hombre ya ha avisado que avanza a buen paso en su decimoséptima novela.
Hasta entonces, reverencias y gratitud a 'La reina Esther ' y buenas noches, principescos lectores y regios admiradores, aquí y allá y en todas partes.
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