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'La Odisea' permitió a Grecia salir de la edad oscura

'La Odisea' permitió a Grecia salir de la edad oscura
Artículo Completo 875 palabras
Debe haber un motivo por el que en el siglo VIII a. C. los poemas homéricos que se habían estado recitando de memoria y que hablaban de tiempos remotos se extendieron por toda Grecia. Sin esa memoria oral seguramente habríamos olvidado la guerra de Troya , que debió acontecer hacia 1250 a. C. y no fijó ninguna conquista, ni cambió hegemonías o fronteras. Al menos esa es la lectura aceptada entre los especialistas que han excavado durante décadas el yacimiento de Hissarlik (Turquía), donde se identifica Troya VII como la ciudad asediada y destruida por un enorme incendio en ese siglo. La ciudad cayó, pero los vencedores no prevalecieron.Es necesario subrayar que lo que siguió a la caída de Ilión fue un colapso civilizatorio . Troya fue borrada pero Micenas y su mundo también se sumergieron en la Edad Oscura -así llamada-, el célebre periodo en el que los aqueos abandonaron incluso la escritura (el lineal b). El registro arqueológico de ese periodo es tenue, siguieron cuatro siglos de oscuridad durante los cuales sólo la humilde llama del relato homérico, el canto a los viejos héroes, su grandeza memorizada, iluminó la larga noche de la cultura griega. Se dice que los aedos recitaban los poemas de memoria (y la literatura oral siempre produce variaciones). Probablemente bajo su protección, y las infinitas permutaciones, se fueron configurando las miradas que prometían el anuncio de un mundo nuevo. Entonces, ¿por qué aquellos poemas pudieron despertar el corazón de una civilización dada por muerta y la impulsaron en ese siglo VIII a C. hacia su edad dorada de ciudades Estado, ciudadanos y templos olímpicos? Podemos rastrear algunas claves en los hexámetros homéricos. Las huellasOdiseo viaja al inframundo por indicación de Circe. Allí el fantasma de Aquiles, con el que ha luchado en Troya, le dice ( 'La Odisea', canto XI): «Preferiría ser esclavo y estar vivo a ser un rey entre los muertos». Un canto a la vida pronunciado en las fronteras del infierno griego por parte de quien, según la mitología, había elegido un destino breve, fulminante, para alcanzar la fama eterna, una larga memoria. Curiosamente, esa no era la primera vez que Odiseo escuchaba al mítico guerrero un elogio de la vida sobre otras virtudes del tiempo arcaico: el valor temerario, el mando y la obediencia absolutos... Cuando estaba vivo, durante el asedio a Troya , le había oído rechazar generosos regalos en una embajada enviada para convencerle de que volviese a la lucha con estas palabras ('La Ilíada' canto IX): «La vida de un hombre no vuelve a recuperarse ni puede ser apresada ni conquistada una vez que ha traspasado el cerco de los dientes». Tal vez en esa insistente variación de los poemas algo brilla entre tanta muerte, junto a la pira de los guerreros caídos y sus sombras infernales, y se aferra a las naves de los que se salvaron, por más que perdieran el rumbo en el regreso a casa. El valor de la vida humana aparece formulado en los versos con un nuevo alfabeto, o acuñado nuevamente con otros metales. Un mayor peso en la defensa de las vidas de quienes iban a inventar ciudades con formas inéditas de gobierno, arquitecturas depuradas, esculturas inmortales que nos traen a los dioses a la vista; ciencias, preguntas, filosofías. Pensar en l as ascuas que encendieron otra vez desde un poema el fuego de la cultura griega nos atañe. El resto de la historia es mucho más conocida, pero en el viejo turbión de los hexámetros, en aquellas memorias arcaicas, algo se oculta todavía. Por eso somos hijos de 'La Odisea' y volvemos una y otra vez a leer y a pulir sus gastadas palabras. Con ellas batallamos, perdemos el rumbo, recordamos o perseguimos algún sueño. Con esas palabras que escuchó Odiseo podemos todavía conjurar las señales ciertas del nuevo tiempo oscuro que nos acecha.

Debe haber un motivo por el que en el siglo VIII a. C. los poemas homéricos que se habían estado recitando de memoria y que hablaban de tiempos remotos se extendieron por toda Grecia. Sin esa memoria oral seguramente habríamos olvidado la guerra de ... Troya, que debió acontecer hacia 1250 a. C. y no fijó ninguna conquista, ni cambió hegemonías o fronteras.

Al menos esa es la lectura aceptada entre los especialistas que han excavado durante décadas el yacimiento de Hissarlik (Turquía), donde se identifica Troya VII como la ciudad asediada y destruida por un enorme incendio en ese siglo. La ciudad cayó, pero los vencedores no prevalecieron.

Es necesario subrayar que lo que siguió a la caída de Ilión fue un colapso civilizatorio. Troya fue borrada pero Micenas y su mundo también se sumergieron en la Edad Oscura -así llamada-, el célebre periodo en el que los aqueos abandonaron incluso la escritura (el lineal b).

El registro arqueológico de ese periodo es tenue, siguieron cuatro siglos de oscuridad durante los cuales sólo la humilde llama del relato homérico, el canto a los viejos héroes, su grandeza memorizada, iluminó la larga noche de la cultura griega. Se dice que los aedos recitaban los poemas de memoria (y la literatura oral siempre produce variaciones). Probablemente bajo su protección, y las infinitas permutaciones, se fueron configurando las miradas que prometían el anuncio de un mundo nuevo.

Entonces, ¿por qué aquellos poemas pudieron despertar el corazón de una civilización dada por muerta y la impulsaron en ese siglo VIII a C. hacia su edad dorada de ciudades Estado, ciudadanos y templos olímpicos? Podemos rastrear algunas claves en los hexámetros homéricos.

Odiseo viaja al inframundo por indicación de Circe. Allí el fantasma de Aquiles, con el que ha luchado en Troya, le dice ( 'La Odisea', canto XI): «Preferiría ser esclavo y estar vivo a ser un rey entre los muertos». Un canto a la vida pronunciado en las fronteras del infierno griego por parte de quien, según la mitología, había elegido un destino breve, fulminante, para alcanzar la fama eterna, una larga memoria.

Curiosamente, esa no era la primera vez que Odiseo escuchaba al mítico guerrero un elogio de la vida sobre otras virtudes del tiempo arcaico: el valor temerario, el mando y la obediencia absolutos... Cuando estaba vivo, durante el asedio a Troya, le había oído rechazar generosos regalos en una embajada enviada para convencerle de que volviese a la lucha con estas palabras ('La Ilíada' canto IX): «La vida de un hombre no vuelve a recuperarse ni puede ser apresada ni conquistada una vez que ha traspasado el cerco de los dientes».

Tal vez en esa insistente variación de los poemas algo brilla entre tanta muerte, junto a la pira de los guerreros caídos y sus sombras infernales, y se aferra a las naves de los que se salvaron, por más que perdieran el rumbo en el regreso a casa. El valor de la vida humana aparece formulado en los versos con un nuevo alfabeto, o acuñado nuevamente con otros metales. Un mayor peso en la defensa de las vidas de quienes iban a inventar ciudades con formas inéditas de gobierno, arquitecturas depuradas, esculturas inmortales que nos traen a los dioses a la vista; ciencias, preguntas, filosofías.

Pensar en las ascuas que encendieron otra vez desde un poema el fuego de la cultura griega nos atañe. El resto de la historia es mucho más conocida, pero en el viejo turbión de los hexámetros, en aquellas memorias arcaicas, algo se oculta todavía.

Por eso somos hijos de 'La Odisea' y volvemos una y otra vez a leer y a pulir sus gastadas palabras. Con ellas batallamos, perdemos el rumbo, recordamos o perseguimos algún sueño. Con esas palabras que escuchó Odiseo podemos todavía conjurar las señales ciertas del nuevo tiempo oscuro que nos acecha.

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'La Odisea' permitió a Grecia salir de la edad oscura

'La Odisea' permitió a Grecia salir de la edad oscura

Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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