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El trabajo de cuidar a un adicto

El trabajo de cuidar a un adicto
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Quienes acompañan a las personas que tratan de desengancharse de adicciones son casi siempre mujeres: una madre y una esposa cuentan su historia
Marta no muestra su rostro, pero no por vergüenza: sólo quiere evitar disgustos a sus mayores Migue Fernández Labor invisible El trabajo de cuidar a un adicto

Quienes acompañan a las personas que tratan de desengancharse de adicciones son casi siempre mujeres: una madre y una esposa cuentan su historia

Cristina Vallejo

Viernes, 6 de febrero 2026, 23:48

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Mujeres asisten a una sesión en Proyecto Hombre para compartir experiencias acompañando a personas en proceso de rehabilitación Migue Fernández

En cuanto a las mujeres, que acuden en menor número, tienen una edad media mayor, del entorno de los 40 años, y suelen padecer sobre todo adicción al alcohol. María Rosa Benítez Rueda, terapeuta en Proyecto Hombre, detalla que las mujeres que solicitan la atención de esa organización van solas o acompañadas de otra mujer, mientras que los hombres siempre van acompañados de una mujer, de su madre, de su pareja, de su hija, de una tía… En definitiva, la figura cuidadora casi siempre es una mujer. «Ellas ya vienen asumiendo un rol de madre, de protectora, de entenderlos, de empatizar continuamente con ellos y con esa sensación de que tienen que ayudarlos porque son enfermos», continúa Benítez Rueda, que incide en la dureza del trabajo que supone acompañar a un adicto en su proceso de desenganche: «Es frecuente que el usuario se sienta víctima y que transmita a su pareja que no es suficiente lo que hace por él, que no está a la altura de sus necesidades y de sus circunstancias». Y esto, continúa Benítez, porque «la persona adicta necesita una justificación para consumir y el verse víctima de la sociedad o de su infancia, de su pareja o de su familia le da un enfoque que le ayuda a no sentirse tan culpable».

Así que, ante ello, en Proyecto Hombre no sólo prestan ayuda al adicto para que consiga liberarse de su adicción, también a su acompañante, a toda la familia: «Aquí tienen apoyo emocional, un lugar donde pueden expresarse sin ser juzgadas por cómo se sienten. También les enseñamos cuál tiene que ser su papel: se tienen que priorizar, se tienen que poner ellas en primer lugar, y tienen que poner límites porque, aunque parezca extraño, es muy importante para la rehabilitación de la persona con adicciones». La labor de Proyecto Hombre es la de reempoderar a estas mujeres que llegan a sus instalaciones con culpa, sobre todo las madres, porque piensan que no han sabido cuidar -labor todavía asociada a las mujeres- y evitar ese problema de adicción. También con mucha angustia porque es algo que seguramente no hayan podido contárselo a nadie. Y, por último, también con un sentimiento de minusvaloración del trabajo que hacen: «El de cuidar ha sido un trabajo que durante muchos siglos ha correspondido a las mujeres y que no se ha valorado ni económicamente, ni afectivamente, ni emocionalmente», dice Pardo.

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Belén Pardo, directora de Proyecto Hombre en Málaga. Migue Fernández

Pero el cambio social está en marcha y ya hay algún hombre (pocos) que acompaña a su mujer: «Algo debe de estar moviéndose en la sociedad cuando los hombres están empezando a asumir ese rol de cuidador. Es algo que nos está pasando de cinco años para acá y nos resulta muy novedoso», confiesa Benítez. Pero de la sesión que termina justo cuando SUR visita las instalaciones de Proyecto Hombre en Cruz del Humilladero sólo salen mujeres cuidadoras que constituyen un grupo de apoyo mutuo fundamental en esa fase de su vida de atender a alguien, a un hijo, un esposo, un sobrino, que quiere desengancharse de una adicción. Dos de estas mujeres dan su testimonio. Coinciden en que hay un detonante, un clic, una conversación, en que los adictos comienzan a cooperar después del inmenso terremoto que causan en sus cuerpos las sustancias que a su vez desatan una tremenda onda expansiva a su alrededor. Entonces su labor comienza a ser más fácil, pero su dedicación 24 horas 7 días a la semana todavía está lejos de terminar.

Marta (nombre figurado), 41 años | Acompaña a su pareja, que se está desenganchando de la cocaína

«Nunca nos habíamos ido a la cama a la vez y la noche que se vino conmigo fue clave»

Migue Fernández

«A veces es bastante duro, porque aparte de llevar mi trabajo, mi casa y mis cosas personales, tengo que llevar las de él. Es agotador», confiesa Marta (nombre ficticio), que acompaña a su pareja en el camino de desenganche de la cocaína marcado por Proyecto Hombre. «Él es muy exigente porque se siente la víctima. Es muy duro porque piensas que nunca das la talla, que nunca es suficiente para él. A veces lo aprecia, porque lo aprecia, pero en muchos momentos sigue pidiendo más y más y es duro», continúa. Así que en el proceso le ayuda la terapia en Proyecto Hombre a la que van los dos: «Las sesiones le hacen ver que él no tiene razón, que mi perspectiva no es sólo mía, porque palabras que yo le he dicho en casa luego las escucha aquí». Así que la mujer observa que su chico cada vez se pone más en su lugar, es más empático y más cuidadoso en como la trata y le habla. También poco a poco el hombre va siendo más disciplinado y más ordenado. Y, sobre todo, sienten que vuelven a ser una familia: «Mis hijos veían que éramos como compañeros de piso que encima se llevaban mal porque yo era hostil con él y ahora nos ven otros patrones de comportamiento».

Antes de entrar en Proyecto Hombre, él salía, volvía a las cinco de la mañana y se pasaba el día en la cama. Marta le decía que tenía que ir a trabajar y no iba. El hombre tiene su propio negocio y llegó a vivir de lo que generaba su empleado. Problemas económicos no llegó a tener la pareja, pero la convivencia sí se deterioró. A punto estuvo la familia de romperse. «Ha tenido épocas de más consumo y de menos. Como yo no consumo nada, no era consciente de hasta dónde él tenía un problema. Parecía muy esporádico, pero según he sabido ahora, porque me lo ha ido confesando, no era tan esporádico. Cada vez que tiene un problema se bloquea, no quiere pensar, se quedaba en la cama o buscaba drogas. Lo de la cama yo lo veía, pero lo de las drogas, no. Yo lo que veía era que no hacía nada, que llegaba tarde a todas partes, que no podía contar con él».

«El corazón me latía a mil. No podía entender que todo eso hubiera pasado delante de mis narices sin darme cuenta»

Un día a punto estuvo de echarlo de casa, de dejarlo en la calle. Pero entonces llegó el cambio de chip. El hombre le dijo que no se veía soltero, que no se veía dejando su familia, que lo iba a arreglar: «Él sabía que tenía un problema y que se le había ido de las manos». De hecho, fue iniciativa suya la de ir a Proyecto Hombre. Ahí le dieron el ultimátum: tenía que contar su problema en casa. Lo hizo por escrito, no se atrevía a hacerlo a la cara. Una noche le avisó a su mujer de que le dejaría una carta y que al día siguiente tras llevar a los niños al colegio, tendrían que hablar: «El corazón me latía a mil. No podía entender que todo eso hubiera pasado delante de mis narices sin darme cuenta, pero a la vez fue una explicación a todo lo que había pasado». A la mañana siguiente cuenta que le hizo muchas preguntas, que le dijo que le ayudaría y que intentaría ir acercándose a él de nuevo. El hombre se sorprendió porque no pensaba que le fuera a dar esa oportunidad. Esa noche, cuando ella estaba en la cama leyendo, que él se acostara a la vez y se pusieran a hablar, esa simple tontería, fue determinante:«Porque es que nunca nos habíamos ido a la cama a la vez», afirma, y continúa: «Ese acercamiento que tuvimos esa noche fue la clave para saber que ahí había algo que rescatar», rememora.

Entonces comenzó el trabajo en que ahora está la pareja, con todas las dificultades y el esfuerzo que explica Marta que les cuesta. Pero los pequeños avances les animan a seguir: si antes tenía que ir siempre sola a todo, ahora ya hacen planes juntos los cuatro, aunque su pareja a veces se convierta en alguien a quien hay que cuidar más y de forma más difícil que si fuera su tercer hijo, porque es un adulto que debería ser autónomo: «Es un trabajo arduo, pesado, una carga y una responsabilidad, porque si no lo sacas adelante, no salvas la relación, y éstos son dos pilares para dos niños pequeños». «Sólo falta que pueda llevar a cabo sus objetivos personales él solo, sin mi ayuda. Porque está muy bien que me pida ayuda, que ya consigue pedirme ayuda y dejarse ayudar, que antes no se dejaba. Pero claro, el objetivo último debería ser que pudiera llevar sus cosas por sí mismo, que fuera autónomo. En ello estamos, pero yo tengo mucha esperanza», concluye.

Mercedes, nombre ficticio | Madre de un usuario de Proyecto Hombre

«Me tuve que dar de baja porque no era capaz de hacer nada más que estar detrás de mi hijo»

Migue Fernández

«A mí se me va la lágrima rapidísimo. Me disculpáis, pero me emociono rápido. Y más si voy a contar mi historia», confiesa Mercedes, nombre ficticio, madre de Pedro, un muchacho de veinte años ahora usuario de Proyecto Hombre y que ya lleva seis meses limpio tras una travesía que en los dos últimos años le ha llevado a vivir en la calle, a intentar quitarse la vida en ocho ocasiones y a tener a su madre de baja laboral, dedicada exclusivamente a él y ahora con miedo a volver a su trabajo fuera de casa tras abordar uno dentro del hogar, el de cuidar a un adicto, que la deja exhausta.

Las lágrimas de la mujer que durante la conversación mojan sus ojos y sus mejillas son compartidas por todo el que la escucha porque son acordes con la crudeza de su testimonio. «Cuando el niño empieza la adolescencia nos damos cuenta de que va habiendo problemas, enfrentamientos con su padre, mucha rebeldía… Al principio pensamos que era lo normal de la adolescencia, hasta que te das cuenta de que no, de que hay un consumo», resume la madre. «Mientras el niño seguía estudiando y hacía todas sus cosas imaginábamos que a lo mejor era tonteo, hasta que cumple los 18 años y nos dice que quiere dejar los estudios y se va de casa a vivir con un amigo», continúa. Cuenta que no quisieron actuar antes porque era un adolescente y no se le quería crear un trauma. También consideró la posibilidad de que estuviera digiriendo con dificultades alguna pérdida que se produjo en la familia… en definitiva... confiaban en que con el tiempo se le pasaría. Pero el declive del chico fue muy rápido. Y ahora, al echar la vista atrás, Mercedes lamenta que de haber sabido que hay un programa de prevención de las adicciones en Proyecto Hombre, ahí lo hubiera llevado a la primera señal de que algo no iba bien. Pero si el pasado no se puede cambiar, el futuro, sí, y en ésas se encuentra.

«En el Clínico ya me dijeron todo lo que el niño tenía en el cuerpo. Yo sabía que había algún problema, pero no te das cuenta ni te puedes creer la dimensión del problema hasta que no vas a un hospital y te dijen que tu hijo viene con esto, con esto y con esto»

Tras esa primera huida del chico del hogar, tiempo durante el que se pegaba días y días sin coger el teléfono a su madre, volvió a casa. Descubrieron que no había estado compartiendo piso con un amigo sino en la calle: «Había sido un indigente, tenía los pies sucios, las manos y las uñas negras…». Cómo habría sido su experiencia en la calle que después de haber pasado por ella no quería salir de casa y al día siguiente de regresar intentó suicidarse tomando tranquilizantes. Ésa fue la fecha clave: «En el Clínico ya me dijeron todo lo que el niño tenía en el cuerpo. Yo sabía que había algún problema, pero no te das cuenta ni te puedes creer la dimensión del problema hasta que no vas a un hospital y te dicen que tu hijo viene con esto, con esto y con esto. Y te preguntas '¿cómo?'. Y te lo tienen que repetir porque es como si te apuñalaran. Y ya cuando estás en tu casa piensas y dices: 'Aquí hay un problema gordo. Aquí hay que actuar, pero ya, porque si no esto se te va de las manos'».

A partir de ahí, un año de médicos y psiquiatras tratando de que el chico recondujera su vida. Pero sin éxito. Y ahí llegó el ultimátum: la madre le llegó a decir a su hijo que o se ingresaba en algún centro o se iba a la calle. Y decidió lo segundo. «Tu hijo está en la calle y tú ni vives, ni duermes, ni comes… porque estás esperando que te llamen o porque lo vayan a meter en la cárcel o porque se haya muerto o por cualquier cosa, porque sabes que no hay nada bueno en la calle y más si está en esa vida de consumo». Pero cuando lo localizaron, que el chico volviera a casa no era una opción para la madre: «En mi casa su último intento de suicidio fue mediante ahorcamiento. Me pareció ya todo muy agresivo, muy fuerte, era insoportable. Cuando pasa todo esto ya tú te preguntas: 'O busca que yo le preste atención o realmente es que ya no aguanta más y no sabe cómo salir de esto'». Así que durante esa última ausencia del chico, Mercedes se echaba a la calle buscando asociaciones, psiquiatras, cualquier sitio donde le pudieran ayudar a tratar a un chico con trastorno de déficit de atención e hiperactividad (TDAH), sobredotación y adicciones. «No sé por qué nunca me planteé Proyecto Hombre. Yo lo tenía como lo que era en la época en la que nació: para cosas muy fuertes. Pero es que caí en que lo que yo tenía en mi casa era muy fuerte», comenta. Cuando acudió a esta organización le dieron inmediatamente plaza para internarse en Ronda.

Ahí estuvo ingresado. Con muchas entradas y salidas. Porque al chico le resultaba difícil estar ahí. Tenía riesgo de suicidio. Se autolesionaba. Decía que tras un mes sin consumir ya estaba recuperado. Y la madre le insistía: «Nadie se cura en un mes, ni en dos. El problema que tú tienes es grave, tienes que estar con personas que te puedan ayudar y que sean expertos. Nosotros no somos expertos. Yo estoy aquí para ayudarte, pero siempre que tú quieras colaborar con el proceso». La última vez que tuvieron que ir a recogerle al centro de Ronda, la madre recuerda que el chico le dijo: «Yo tengo que retomar mi vida, porque tengo que estudiar». Y a eso, ella contestó: «La que va a retomar su vida soy yo. Y si tú quieres, me vas a seguir y si no, no estás en la casa». Así que con esta conversación, con la determinación que mostró la madre, fue que se detonó el chip de la comprensión del muchacho del sacrificio que estaba haciendo toda la familia por él. Ahí cambió todo y empezó a colaborar y a hacer lo que se le decía. Se le quitó el miedo a salir a la calle y la familia junta salía a andar todos los días. Se difuminó el ampararse en su trastorno, en sus problemas, que además le daban la coartada a la necesidad que sentía de evadirse: las pastillas que compraba en el mercado negro. «Si yo no actúo así, yo no le ayudo a mi hijo, sólo habría contribuido a deteriorar su situación», zanja la madre.

Ahora Mercedes dice que está como en un sueño. Su hijo parece otra persona o, mejor, vuelve a ser la persona cariñosa de antes. «Todavía tiene sus momentos, pero todo se andará», confía.

«Yo tengo ayuda de mi marido, de mi hija, pero ellos siguen su vida, pero es que yo soy incapaz, no puedo dedicarme a hacer otra cosa ahora mismo»

Ella lo acompaña 24 horas: «Su hermana está estudiando y trabajando, su padre está trabajando y… bueno, yo me tuve que dar de baja porque no era capaz de hacer nada más que estar detrás de mi hijo. Lo seguía, iba con la policía a sacarlo de los pisos donde iba a drogarse. Tengo que volver a trabajar, tengo un poco de miedo, pero es que ya llevo mucho tiempo… tengo que volver a trabajar. No sé cómo lo voy a poder soportar, pero tengo que hacerlo». Reconoce que a las mujeres siempre les ha caído el trabajo de cuidados: «Siempre nos ha pasado y en este caso, pues lo mismo, yo he asumido que era la que lo llevaba. Yo tengo ayuda de mi marido, de mi hija, pero ellos siguen su vida, pero es que yo soy incapaz, no puedo dedicarme a hacer otra cosa ahora mismo».

Teme que tras seis meses limpio, en la siguiente fase del programa de Proyecto Hombre recaiga: «Por un lado tengo esperanza, porque veo que vamos avanzando, pero el miedo no lo puedes perder porque te hace estar alerta».

Si Mercedes oculta su nombre real y su rostro no es por vergüenza: se siente orgullosa de lo que su familia está consiguiendo. Lo hace para proteger a los abuelos, que son mayores. Y no dudó un momento en compartir su testimonio con SUR, porque quiere que otras familias conozcan cuál es el camino a recorrer para salvar a un hijo, a cualquier familiar o persona cercana, de una adicción.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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