Ironías de la historia, es más probable que el deseo de Donald Trump de incorporar Groenlandia a EEUU nos sorprenda más a nosotros, los ciudadanos de 2026, que a los de hace un siglo. El motivo: por entonces estadounidenses y daneses estaban más que habituados a leer noticias sobre la venta de territorio de ultramar del reino europeo a Washington. Eso sí, hace más de un siglo el foco no se centraba en Groenlandia, sino en aguas mucho más cálidas y con un valor estratégico del que por entonces carecía por completo la isla ártica.
El terreno en disputa eran las Islas Vírgenes.
Nada nuevo bajo el sol. Cambian los protagonistas, el contexto, incluso el tono, pero no el fondo. Aunque a los europeos de 2026 nos choquen los planes expansionistas de Trump y su deseo de arrebatar Groenlandia a Dinamarca (bien mediante una "compra", tirando de chequera, o haciendo valer su poder militar) lo cierto es que no es la primera vez que ambos países se ven envueltos en una disputa para que un territorio danés quede bajo control estadounidenses.
Ocurrió de hecho hace no tanto, entre finales del siglo XIX y principios del XX, aunque el foco se ponía por entonces en las cálidas aguas del Caribe.
Las Islas Occidentales Danesas. Para entenderlo hay que viajar al otro extremo del Atlántico y remontarse a finales del siglo XVII, cuando Dinamarca se hizo con el control de un grupo de islas del mar Caribe. Con el tiempo su dominio se extendió a las ínsulas de Saint John, Saint Thomas, Saint Croix y decenas de islotes y cayos que formaron lo que se denominó Islas Occidentales Danesas.
Aunque el archipiélago en cuestión quedaba a miles de kilómetros de Copenhague durante un tiempo su dominio representó un lucrativo negocio basado en dos grandes patas: los esclavos y las plantaciones de azúcar.
De buen negocio a pesada carga. Eso cambió con el paso del tiempo. En 1848 el territorio vivió una revuelta que acabó derivando en la abolición de la esclavitud en la colonia, lo que se sumado a otros factores económicos (como la caída del precio del azúcar) restó atractivo al archipiélago. Al menos a ojos de la metrópolis, que seguía haciendo frente a los costes de su administración. Esa era la situación cuando en 1867 el Secretario de Estado de EEUU, William H. Seward, llamó a la puerta de Dinamarca interesado por la propiedad de las islas.
Un largo tira y afloja. "Tras la Guerra Civil era momento de considerar las condiciones estratégicas en el Caribe y Seward se enfocó tanto en la anexión de México como en una posible expansión en el Caribe", explica a BBC el historiador Hans Christian Berg. En principio, los vientos eran propicios para Washington: el poderío de Dinamarca declinaba y EEUU afrontaba una nueva etapa, convencida de que debía reafirmar su poder regional y borrar la influencia europea.
Durante un tiempo el pacto para adquirir las Islas Occidentales Danesas pareció salir adelante, cristalizando en un tratado que contemplaba la venta a cambio de 7,5 millones de dólares en oro. Sin embargo ambas partes se quedaron con las ganas. El acuerdo acabó naufragando en el Senado estadounidense.
El motivo poco (o nada) tuvo que ver en realidad con las Islas Vírgenes. La polémica por la reciente compra de Alaska y el apoyo de Seward al presidente Andrew Johnson pasaron factura a la operación con Dinamarca, que no logró el apoyo político necesario. No sería la primera vez. En 1900 ambos países firmaron un nuevo tratado que se fue al traste también al no lograr el aval de la Cámara Alta danesa. Hizo falta una conflagración mundial para que eso cambiase.
El fatídico RMS Lusitania. Las cosas cambiaron a comienzos del siglo XX, durante la Primera Guerra Mundial. Para ser más precisos (y como reconoce el propio Departamento de Estado de EEUU) el punto de inflexión fue el naufragio del RMS Lusitania, un buque británico que fue torpedeado por un submarino U-Boot alemán mientras viajaba de Nueva York a Liverpool. Aquel episodio no solo influyó en la opinión pública estadounidense frente a la Primera Guerra Mundial, también le hizo entender lo mucho que se jugaba en controlar el mar Caribe.
"La compra de las Indias Occidentales Danesas volvió a ser un asunto importante en la política exterior de EEUU. El presidente W. Wilson y el Secretario de Estado Lansing temían que el Gobierno alemán pudiera anexionarse Dinamarca, en cuyo caso los alemanes podrían asegurar las Indias Occidentales como base naval o submarina desde donde lanzar ataques contra la navegación en el Caribe y Atlántico", explica el Archivo del Departamento de Estado de EEUU.
Por las buenas o por la malas. Dicho y hecho. En 1915 Lansing sondeó a Dinamarca para facilitar (una vez más) la compra del archipiélago caribeño. La nueva intentona no cayó bien en la metrópolis europea, lo que llevó a Washington a adoptar un tono que recuerda al que asume hoy Donald Trump: "Preocupado por los recientes acontecimientos y la reticencia danesa, Lansing insinuó que si Dinamarca no estaba dispuesta a vender, EEUU podría ocupar las islas para evitar su confiscación por parte de Alemania", recuerda el Archivo.
Fue suficiente para que Copenhague accediera a la venta, que cristalizó en un tratado firmado en Nueva York en agosto de 1916. El acuerdo recibió la bendición de las Cámaras Bajas de ambos países y meses después se sometió a un plebiscito danés (ojo, no en las Islas Vírgenes Danesas, afectadas por la decisión). Cerrados todos los trámites y con el visto bueno de Cristian X, el archipiélago quedó bajo el control de Washington en marzo de 1917. A día de hoy las renombradas Islas Vírgenes de EEUU siguen siendo un "territorio no incorporado" de EEUU.
25 millones de dólares... y algo más. A cambio EEUU pagó a Dinamarca 25 millones de dólares en monedas de oro, lo que equivaldría, según estimaciones de Bloomberg, a 630 millones actuales. En los últimos días hay quien ha recordado sin embargo otro punto del pacto suscrito por Copenhague y Washington. Como recuerda la BBC, EEUU se comprometió a no interferir en que Dinamarca extendiese "sus intereses políticos y económicos" sobre Groenlandia.
¿Qué acordaron exactamente? Para ser más precisos, Robert Lansing reconoció en su declaración que tenía "el honor de declarar que el Gobierno de Estados Unidos de América no se opondrá a que el Gobierno danés extienda sus intereses políticos y económicos a toda Groenlandia", compromiso que asumió con "la autorización" del Gobierno y que hoy pude consultarse en la web oficial que el Departamento de Estado de EEUU dedica a sus documentos históricos.
La referencia no es casual. Cuando adquirieron Alaska, en 1867, los estadounidenses ya habían mostrado su interés en hacerse con Groenlandia. Tiempo después, en 1951, se firmó otro pacto que amplió el margen de actuación de Washington en la isla ártica (básicamente a nivel militar), aunque con unos límites con los que en 2026 parece no sentirse cómodo el líder republicano.
Imágenes | Gage Skidmore (Flickr), Wikipedia, Thank You (25 Millions ) views (Flickr) y U.S. Department of the Interior
En Xataka | Tras la ocupación nazi, Dinamarca firmó un pacto 1951. Desde entonces, EEUU puede pedir lo que quiera en Groenlandia
-
La noticia
En 1917 Dinamarca vendió unas islas a EEUU. El precio: 25 millones de dólares y un compromiso con Groenlandia
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Carlos Prego
.
En 1917 Dinamarca vendió unas islas a EEUU. El precio: 25 millones de dólares y un compromiso con Groenlandia
Hace un siglo ambos países llegaron a un acuerdo centrado en las Islas Vírgenes
El pacto incluyó una referencia clave a los intereses de Dinamarca en Groenlandia
Ironías de la historia, es más probable que el deseo de Donald Trump de incorporar Groenlandia a EEUU nos sorprenda más a nosotros, los ciudadanos de 2026, que a los de hace un siglo. El motivo: por entonces estadounidenses y daneses estaban más que habituados a leer noticias sobre la venta de territorio de ultramar del reino europeo a Washington. Eso sí, hace más de un siglo el foco no se centraba en Groenlandia, sino en aguas mucho más cálidas y con un valor estratégico del que por entonces carecía por completo la isla ártica.
Nada nuevo bajo el sol. Cambian los protagonistas, el contexto, incluso el tono, pero no el fondo. Aunque a los europeos de 2026 nos choquen los planes expansionistas de Trump y su deseo de arrebatar Groenlandia a Dinamarca (bien mediante una "compra", tirando de chequera, o haciendo valer su poder militar) lo cierto es que no es la primera vez que ambos países se ven envueltos en una disputa para que un territorio danés quede bajo control estadounidenses.
Ocurrió de hecho hace no tanto, entre finales del siglo XIX y principios del XX, aunque el foco se ponía por entonces en las cálidas aguas del Caribe.
Las Islas Occidentales Danesas. Para entenderlo hay que viajar al otro extremo del Atlántico y remontarse a finales del siglo XVII, cuando Dinamarca se hizo con el control de un grupo de islas del mar Caribe. Con el tiempo su dominio se extendió a las ínsulas de Saint John, Saint Thomas, Saint Croix y decenas de islotes y cayos que formaron lo que se denominó Islas Occidentales Danesas.
Aunque el archipiélago en cuestión quedaba a miles de kilómetros de Copenhague durante un tiempo su dominio representó un lucrativo negocio basado en dos grandes patas: los esclavos y las plantaciones de azúcar.
De buen negocio a pesada carga. Eso cambió con el paso del tiempo. En 1848 el territorio vivió una revuelta que acabó derivando en la abolición de la esclavitud en la colonia, lo que se sumado a otros factores económicos (como la caída del precio del azúcar) restó atractivo al archipiélago. Al menos a ojos de la metrópolis, que seguía haciendo frente a los costes de su administración. Esa era la situación cuando en 1867 el Secretario de Estado de EEUU, William H. Seward, llamó a la puerta de Dinamarca interesado por la propiedad de las islas.
Un largo tira y afloja. "Tras la Guerra Civil era momento de considerar las condiciones estratégicas en el Caribe y Seward se enfocó tanto en la anexión de México como en una posible expansión en el Caribe", explica a BBC el historiador Hans Christian Berg. En principio, los vientos eran propicios para Washington: el poderío de Dinamarca declinaba y EEUU afrontaba una nueva etapa, convencida de que debía reafirmar su poder regional y borrar la influencia europea.
Durante un tiempo el pacto para adquirir las Islas Occidentales Danesas pareció salir adelante, cristalizando en un tratado que contemplaba la venta a cambio de 7,5 millones de dólares en oro. Sin embargo ambas partes se quedaron con las ganas. El acuerdo acabó naufragando en el Senado estadounidense.
El motivo poco (o nada) tuvo que ver en realidad con las Islas Vírgenes. La polémica por la reciente compra de Alaska y el apoyo de Seward al presidente Andrew Johnson pasaron factura a la operación con Dinamarca, que no logró el apoyo político necesario. No sería la primera vez. En 1900 ambos países firmaron un nuevo tratado que se fue al traste también al no lograr el aval de la Cámara Alta danesa. Hizo falta una conflagración mundial para que eso cambiase.
El fatídico RMS Lusitania. Las cosas cambiaron a comienzos del siglo XX, durante la Primera Guerra Mundial. Para ser más precisos (y como reconoce el propio Departamento de Estado de EEUU) el punto de inflexión fue el naufragio del RMS Lusitania, un buque británico que fue torpedeado por un submarino U-Boot alemán mientras viajaba de Nueva York a Liverpool. Aquel episodio no solo influyó en la opinión pública estadounidense frente a la Primera Guerra Mundial, también le hizo entender lo mucho que se jugaba en controlar el mar Caribe.
"La compra de las Indias Occidentales Danesas volvió a ser un asunto importante en la política exterior de EEUU. El presidente W. Wilson y el Secretario de Estado Lansing temían que el Gobierno alemán pudiera anexionarse Dinamarca, en cuyo caso los alemanes podrían asegurar las Indias Occidentales como base naval o submarina desde donde lanzar ataques contra la navegación en el Caribe y Atlántico", explica el Archivo del Departamento de Estado de EEUU.
Por las buenas o por la malas. Dicho y hecho. En 1915 Lansing sondeó a Dinamarca para facilitar (una vez más) la compra del archipiélago caribeño. La nueva intentona no cayó bien en la metrópolis europea, lo que llevó a Washington a adoptar un tono que recuerda al que asume hoy Donald Trump: "Preocupado por los recientes acontecimientos y la reticencia danesa, Lansing insinuó que si Dinamarca no estaba dispuesta a vender, EEUU podría ocupar las islas para evitar su confiscación por parte de Alemania", recuerda el Archivo.
Fue suficiente para que Copenhague accediera a la venta, que cristalizó en un tratado firmado en Nueva York en agosto de 1916. El acuerdo recibió la bendición de las Cámaras Bajas de ambos países y meses después se sometió a un plebiscito danés (ojo, no en las Islas Vírgenes Danesas, afectadas por la decisión). Cerrados todos los trámites y con el visto bueno de Cristian X, el archipiélago quedó bajo el control de Washington en marzo de 1917. A día de hoy las renombradas Islas Vírgenes de EEUU siguen siendo un "territorio no incorporado" de EEUU.
25 millones de dólares... y algo más. A cambio EEUU pagó a Dinamarca 25 millones de dólares en monedas de oro, lo que equivaldría, según estimaciones de Bloomberg, a 630 millones actuales. En los últimos días hay quien ha recordado sin embargo otro punto del pacto suscrito por Copenhague y Washington. Como recuerda la BBC, EEUU se comprometió a no interferir en que Dinamarca extendiese "sus intereses políticos y económicos" sobre Groenlandia.
¿Qué acordaron exactamente? Para ser más precisos, Robert Lansing reconoció en su declaración que tenía "el honor de declarar que el Gobierno de Estados Unidos de América no se opondrá a que el Gobierno danés extienda sus intereses políticos y económicos a toda Groenlandia", compromiso que asumió con "la autorización" del Gobierno y que hoy pude consultarse en la web oficial que el Departamento de Estado de EEUU dedica a sus documentos históricos.
La referencia no es casual. Cuando adquirieron Alaska, en 1867, los estadounidenses ya habían mostrado su interés en hacerse con Groenlandia. Tiempo después, en 1951, se firmó otro pacto que amplió el margen de actuación de Washington en la isla ártica (básicamente a nivel militar), aunque con unos límites con los que en 2026 parece no sentirse cómodo el líder republicano.