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En 1976 Boston levantó su rascacielos más alucinante. Hasta que sus cristales se convirtieron en guillotinas letales

En 1976 Boston levantó su rascacielos más alucinante. Hasta que sus cristales se convirtieron en guillotinas letales
Artículo Completo 1,424 palabras
La John Hancock Tower se concibió a finales de los años 60 como el gran golpe de autoridad del Boston moderno: un rascacielos minimalista, elegante y casi “invisible”, diseñado para reflejar el cielo con enormes paños de vidrio azul ligeramente tintado, con mullions reducidos al mínimo y sin elementos que rompieran su pureza, rematado por una planta que afilaba visualmente las esquinas y una hendidura vertical que estilizaba aún más la masa.  Pero había un fallo gordo. El sueño modernista de una aguja de cristal. El rascacielos era el tipo de edificio que quería parecer inevitable, como si siempre hubiera estado allí, y que al mismo tiempo debía demostrar que la "arquitectura corporativa" podía ser una pieza de arte urbano.  Dicho de otra forma, se buscaba una clara ambición estética, pero implicaba un riesgo enorme: apostar todo al vidrio y a la precisión geométrica, donde cualquier fallo deja de ser un defecto y se convierte en un espectáculo peligroso. En Xataka Un avión con ventanas falsas apunta a que EEUU utilizó la táctica más controvertida de la guerra contra Venezuela: la perfidia El primer choque de realidad. Desde el principio, el proyecto vivió bajo el foco porque se levantaba en el barrio de Back Bay y muy cerca de Trinity Church, un hito histórico que ya tenía un peso simbólico y emocional en la ciudad, y que amenazaba con quedar dominada por la sombra y la presencia del nuevo coloso.  Hubo protestas y ajustes de diseño, pero el verdadero conflicto no tardó en llegar por debajo del suelo: la excavación y los muros de contención temporales se deformaron y cedieron ante los rellenos de barro y arcilla característicos de la zona, dañando aceras, servicios e incluso edificios cercanos. Trinity Church acabó reclamando y ganó una indemnización millonaria, y el rascacielos, antes incluso de existir, ya era visto como una obra demasiado ambiciosa para el terreno que la soportaba. El escándalo de los cristales. El episodio que convirtió la torre en leyenda negra de la arquitectura ocurrió cuando aún estaba inacabada: con los vientos de Boston, los paneles empezaron a agrietarse y a desprenderse, y los fragmentos de cristal comenzaron a caer a la calle como una especie de lluvia letal.  Las autoridades llegaron a acordonar zonas y cerrar calles cuando el viento subía, y la imagen del edificio “brillante” quedó sustituida por otra mucho más humillante: ventanas tapadas con planchas de madera contrachapada, una torre parcialmente vendada en pleno centro, que se ganó apodos como “Plywood Palace” y bromas como la de “el edificio de madera más alto del mundo”. En un rascacielos que pretendía representar control absoluto, el fallo no era solo técnico: era un golpe reputacional directo, uno donde el símbolo de su modernidad (el vidrio) se había vuelto un meme y una amenaza.. Por qué falló. Al principio se sospechó del viento como actor principal, del efecto de succión y canalización alrededor del edificio, y se revisaron pruebas en túneles de viento con maquetas del entorno, pero el núcleo del problema estaba en la propia ventana.  Al parecer, el sistema era demasiado rígido: la capa reflectante y su unión con el marco metálico no permitían la flexión, y en una estructura sometida a vibraciones, oscilaciones y ciclos térmicos continuos, esa falta de “juego” se convirtió en el mecanismo de rotura. Las tensiones se transmitían al cristal en vez de absorberse, las grietas se propagaban, y el resultado era inevitable: paneles enormes y pesadísimos, de cientos de kilos, fallando de manera repetida hasta que se asumió lo impensable en un icono corporativo recién nacido: había que reemplazarlos todos. La torre en el momento en que las ventanas que se habían caído fueron reemplazadas por madera contrachapada El remedio caro. La solución fue impactante: retirar y sustituir la totalidad del acristalamiento por otro más robusto, templado y tratado térmicamente, en una operación que costó varios millones y que alargó el calvario durante años. El proyecto, anunciado con grandeza y presupuestos razonables, acabó convertido en una espiral de retrasos: la inauguración se pospuso, los números se dispararon y la torre pasó de promesa a bochorno público.  Aun así, el reemplazo masivo de los cristales era la única salida, porque no se trataba de arreglar unas cuantas piezas defectuosas, sino de corregir una idea de fachada que había nacido con una fragilidad estructural incompatible con el clima y las cargas reales de Boston. El edificio en la actualidad El giro final. Y cuando parecía que lo peor ya había ocurrido, llegó el golpe más inquietante: cálculos posteriores sugirieron que, bajo ciertos patrones de viento, el edificio podía tener un problema de estabilidad más serio de lo que se asumía, con torsiones no previstas y un comportamiento peligroso en sus lados más estrechos. La torre, además, se movía lo suficiente como para causar mareo a los ocupantes en plantas altas. La ciudad descubrió que la belleza del minimalismo tenía un precio físico.  La respuesta fue doble: por un lado, instalar un enorme sistema de amortiguación con masas sintonizadas, dos pesos gigantescos montados con muelles y amortiguadores para oponerse al vaivén y “devolver” al edificio a su centro. Por otro, reforzar con toneladas de arriostramiento diagonal de acero. Fue, en esencia, reingenierizar un icono ya construido para que siguiera en pie con la dignidad que se había prometido desde el primer render. La paradoja: de vergüenza a objeto de deseo. Lo más fascinante es que, tras un comienzo tan desastroso, la torre terminó consolidándose como una pieza admirada y reconocida, hasta recibir premios de prestigio y convertirse en un elemento inseparable del skyline de Boston. Como contaban entonces los expertos en arquitectura, fue el tipo de redención que solo ocurre cuando un edificio sobrevive a su propia crisis: el público acaba recordando su silueta y su reflejo, no el pánico de las calles cerradas ni las planchas de madera cubriendo el vidrio ausente. La Hancock pasó de ser una lección histórica para la arquitectura moderna (un recordatorio de que la estética no negocia con la física) a ser, precisamente por haber superado ese infierno técnico, una obra con cierto aura de resistencia, casi un monumento a la obsesión de arreglar lo irreparable. En 3D Juegos "Empecé a coleccionar y ya tengo más de 1.000". Suministra energía a su casa desde 2016 gracias a baterías de ordenadores portátiles One more thing. Con el tiempo, la torre mantuvo su lugar como el rascacielos más alto de Nueva Inglaterra, pero su historia siguió moviéndose en el terreno práctico del dinero, los inquilinos y la identidad: cambios de propiedad, operaciones multimillonarias, refinanciaciones y hasta la pérdida oficial del nombre cuando expiró el acuerdo ligado a la compañía que lo bautizaba, quedando rebautizada por su dirección como 200 Clarendon Street.  Incluso la idea romántica del mirador público acabó cerrándose tras el 11-S y nunca volvió del todo a su función original, recordando que los edificios no son solo formas en el cielo, sino organismos sometidos a seguridad, contratos, economía y usos cambiantes.  Pese a todo, su silueta sigue ahí, devolviendo el cielo a Boston como un espejo perfecto, y como si la ciudad hubiera aceptado una conclusión extraña, pero de lo más humana: a veces, los iconos no nacen de la perfección, sino de haber sobrevivido a su propio desastre. Imagen | Bobak Ha'Eri, Tim Sackton  En Xataka | Un error de cálculo convirtió un rascacielos de Londres en una sauna letal. Hacía tanto calor que los coches se derretían En Xataka | Hace 50 años un alemán inició un paraíso futurista en Lanzarote. Nadie imaginó que acabaría siendo la ruina más famosa de la isla - La noticia En 1976 Boston levantó su rascacielos más alucinante. Hasta que sus cristales se convirtieron en guillotinas letales fue publicada originalmente en Xataka por Miguel Jorge .
En 1976 Boston levantó su rascacielos más alucinante. Hasta que sus cristales se convirtieron en guillotinas letales

A veces, los iconos no nacen de la perfección, sino de haber sobrevivido a su propio desastre

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Miguel Jorge

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La John Hancock Tower se concibió a finales de los años 60 como el gran golpe de autoridad del Boston moderno: un rascacielos minimalista, elegante y casi “invisible”, diseñado para reflejar el cielo con enormes paños de vidrio azul ligeramente tintado, con mullions reducidos al mínimo y sin elementos que rompieran su pureza, rematado por una planta que afilaba visualmente las esquinas y una hendidura vertical que estilizaba aún más la masa. 

Pero había un fallo gordo.

El sueño modernista de una aguja de cristal. El rascacielos era el tipo de edificio que quería parecer inevitable, como si siempre hubiera estado allí, y que al mismo tiempo debía demostrar que la "arquitectura corporativa" podía ser una pieza de arte urbano. 

Dicho de otra forma, se buscaba una clara ambición estética, pero implicaba un riesgo enorme: apostar todo al vidrio y a la precisión geométrica, donde cualquier fallo deja de ser un defecto y se convierte en un espectáculo peligroso.

En XatakaUn avión con ventanas falsas apunta a que EEUU utilizó la táctica más controvertida de la guerra contra Venezuela: la perfidia

El primer choque de realidad. Desde el principio, el proyecto vivió bajo el foco porque se levantaba en el barrio de Back Bay y muy cerca de Trinity Church, un hito histórico que ya tenía un peso simbólico y emocional en la ciudad, y que amenazaba con quedar dominada por la sombra y la presencia del nuevo coloso. 

Hubo protestas y ajustes de diseño, pero el verdadero conflicto no tardó en llegar por debajo del suelo: la excavación y los muros de contención temporales se deformaron y cedieron ante los rellenos de barro y arcilla característicos de la zona, dañando aceras, servicios e incluso edificios cercanos. Trinity Church acabó reclamando y ganó una indemnización millonaria, y el rascacielos, antes incluso de existir, ya era visto como una obra demasiado ambiciosa para el terreno que la soportaba.

El escándalo de los cristales. El episodio que convirtió la torre en leyenda negra de la arquitectura ocurrió cuando aún estaba inacabada: con los vientos de Boston, los paneles empezaron a agrietarse y a desprenderse, y los fragmentos de cristal comenzaron a caer a la calle como una especie de lluvia letal

Las autoridades llegaron a acordonar zonas y cerrar calles cuando el viento subía, y la imagen del edificio “brillante” quedó sustituida por otra mucho más humillante: ventanas tapadas con planchas de madera contrachapada, una torre parcialmente vendada en pleno centro, que se ganó apodos como “Plywood Palace” y bromas como la de “el edificio de madera más alto del mundo”. En un rascacielos que pretendía representar control absoluto, el fallo no era solo técnico: era un golpe reputacional directo, uno donde el símbolo de su modernidad (el vidrio) se había vuelto un meme y una amenaza..

Por qué falló. Al principio se sospechó del viento como actor principal, del efecto de succión y canalización alrededor del edificio, y se revisaron pruebas en túneles de viento con maquetas del entorno, pero el núcleo del problema estaba en la propia ventana. 

Al parecer, el sistema era demasiado rígido: la capa reflectante y su unión con el marco metálico no permitían la flexión, y en una estructura sometida a vibraciones, oscilaciones y ciclos térmicos continuos, esa falta de “juego” se convirtió en el mecanismo de rotura. Las tensiones se transmitían al cristal en vez de absorberse, las grietas se propagaban, y el resultado era inevitable: paneles enormes y pesadísimos, de cientos de kilos, fallando de manera repetida hasta que se asumió lo impensable en un icono corporativo recién nacido: había que reemplazarlos todos.

La torre en el momento en que las ventanas que se habían caído fueron reemplazadas por madera contrachapada

El remedio caro. La solución fue impactante: retirar y sustituir la totalidad del acristalamiento por otro más robusto, templado y tratado térmicamente, en una operación que costó varios millones y que alargó el calvario durante años. El proyecto, anunciado con grandeza y presupuestos razonables, acabó convertido en una espiral de retrasos: la inauguración se pospuso, los números se dispararon y la torre pasó de promesa a bochorno público. 

Aun así, el reemplazo masivo de los cristales era la única salida, porque no se trataba de arreglar unas cuantas piezas defectuosas, sino de corregir una idea de fachada que había nacido con una fragilidad estructural incompatible con el clima y las cargas reales de Boston.

El edificio en la actualidad

El giro final. Y cuando parecía que lo peor ya había ocurrido, llegó el golpe más inquietante: cálculos posteriores sugirieron que, bajo ciertos patrones de viento, el edificio podía tener un problema de estabilidad más serio de lo que se asumía, con torsiones no previstas y un comportamiento peligroso en sus lados más estrechos. La torre, además, se movía lo suficiente como para causar mareo a los ocupantes en plantas altas. La ciudad descubrió que la belleza del minimalismo tenía un precio físico. 

La respuesta fue doble: por un lado, instalar un enorme sistema de amortiguación con masas sintonizadas, dos pesos gigantescos montados con muelles y amortiguadores para oponerse al vaivén y “devolver” al edificio a su centro. Por otro, reforzar con toneladas de arriostramiento diagonal de acero. Fue, en esencia, reingenierizar un icono ya construido para que siguiera en pie con la dignidad que se había prometido desde el primer render.

La paradoja: de vergüenza a objeto de deseo. Lo más fascinante es que, tras un comienzo tan desastroso, la torre terminó consolidándose como una pieza admirada y reconocida, hasta recibir premios de prestigio y convertirse en un elemento inseparable del skyline de Boston. Como contaban entonces los expertos en arquitectura, fue el tipo de redención que solo ocurre cuando un edificio sobrevive a su propia crisis: el público acaba recordando su silueta y su reflejo, no el pánico de las calles cerradas ni las planchas de madera cubriendo el vidrio ausente.

La Hancock pasó de ser una lección histórica para la arquitectura moderna (un recordatorio de que la estética no negocia con la física) a ser, precisamente por haber superado ese infierno técnico, una obra con cierto aura de resistencia, casi un monumento a la obsesión de arreglar lo irreparable.

En 3D Juegos"Empecé a coleccionar y ya tengo más de 1.000". Suministra energía a su casa desde 2016 gracias a baterías de ordenadores portátiles

One more thing. Con el tiempo, la torre mantuvo su lugar como el rascacielos más alto de Nueva Inglaterra, pero su historia siguió moviéndose en el terreno práctico del dinero, los inquilinos y la identidad: cambios de propiedad, operaciones multimillonarias, refinanciaciones y hasta la pérdida oficial del nombre cuando expiró el acuerdo ligado a la compañía que lo bautizaba, quedando rebautizada por su dirección como 200 Clarendon Street

Incluso la idea romántica del mirador público acabó cerrándose tras el 11-S y nunca volvió del todo a su función original, recordando que los edificios no son solo formas en el cielo, sino organismos sometidos a seguridad, contratos, economía y usos cambiantes. 

Pese a todo, su silueta sigue ahí, devolviendo el cielo a Boston como un espejo perfecto, y como si la ciudad hubiera aceptado una conclusión extraña, pero de lo más humana: a veces, los iconos no nacen de la perfección, sino de haber sobrevivido a su propio desastre.

Imagen | Bobak Ha'Eri, Tim Sackton 

En Xataka | Un error de cálculo convirtió un rascacielos de Londres en una sauna letal. Hacía tanto calor que los coches se derretían

En Xataka | Hace 50 años un alemán inició un paraíso futurista en Lanzarote. Nadie imaginó que acabaría siendo la ruina más famosa de la isla

Fuente original: Leer en Xataka
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