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En un eterno retorno

En un eterno retorno
Artículo Completo 1,332 palabras
Leí 'La Odisea' por primera vez a los veinte años, antes de la caída del Muro , y aquella fue una lectura distinta. Ulises era aquel que partía, que se marchaba y recorría el mundo. Así lo leía yo, con los ojos de alguien que nunca había viajado, hijo de padres que tampoco habían viajado. En aquella época, dejar Bulgaria y echarte al mundo era algo imposible para al menos dos o tres generaciones. Más tarde, cuando ya se podía ser Ulises, supe -quizá de forma inconsciente- que debía viajar en nombre de todas las ciudades que mi madre y mi padre se habían perdido. Desde entonces leo ese libro de otra forma: como un libro de retornos, posibles e imposibles , cada vez más largos, a menudo tardíos. He visitado a menudo los lugares reales de mi infancia y jamás he llegado a tener la sensación de un verdadero retorno. Pero mientras estoy en el extranjero, lejos del hogar, este se me aparece con toda su fuerza, tal como lo recuerdo. Tal como ya no existe. Posible únicamente cuando estoy lejos de él. Entonces, algo muy pequeño suele despertar la tristeza y la añoranza del hogar , algo como el olor a tostada que sale por una ventana en Madrid, o la ropa tendida en Roma . 'La Odisea' hoy Mujeres en pie de guerra María José Solano ensaya una nueva mirada de 'La Odisea' a través de las mujeres del poema Sangre en las uñas y en la memoria Arturo Pérez-Reverte nos muestra al ser humano tras el héroe. Ulises en el altar de los remordimientos Nosotros, los hijos de Odiseo. Alberto Conejero recorre las profundas huellas del poema homérico en la cultura contemporánea El último diálogo entre Polifemo y Penélope La escena 'inédita' de 'La Odisea' que rodaría la cineasta Paula Ortiz Opinión Christopher Nolan y los dioses negros de Grecia en 'La odisea', por Fernando MuñozEn 'La Odisea' parece que tenemos uno de los pocos retornos felices, aunque no del todo idílico ni plácido. Sí, hay que deshacerse de los pretendientes, pero no es solo eso. El héroe no solo ha de rescatar su casa de manos de los intrusos; lo que debe rescatar es el recuerdo de sí mismo . Y este es el otro sentido profundo de cada retorno. Sabemos que el único que lo reconoce de inmediato es el perro. Todos los demás lo someten a pruebas, casi siempre a través del recuerdo que guarda del hogar o de ellos mismos. Ulises debe recordarle a Penélope (y a sí mismo) cómo construyó el lecho compartido, arraigado al tronco del olivo por una de sus patas. Parece que dijera: tú no me has olvidado en estos veinte años, y yo tampoco. Después Ulises debe ser reconocido por el padre: debe retornar, por así decirlo, como hijo. La prueba, de nuevo, es a través de la memoria . Leí atentamente ese episodio mientras escribía el libro sobre mi padre, 'El jardinero y la muerte' , y descubrí cuán compartida es la lágrima en el ojo a través de la cual Ulises observa a su padre abrumado por los años, todavía trabajando en su huerta. En el encuentro con el anciano Laertes, su hijo le recuerda cómo, siendo un niño pequeño, paseaba con él por esa misma huerta. Y sigue una enumeración, pero no de barcos como en 'La Ilíada', sino de árboles frutales que su padre le regaló en otro tiempo: «Eran trece los perales que tú me diste; eran diez los manzanosY eran cincuenta higueras, y a más me ofreciste asimismoEstos cincuenta liños de vides…».Se trata también de un viaje hacia atrás en el tiempo. Ulises viaja hacia un pasado que él mismo debe reconstruirTodos estos procedimientos de verificación y comprobación de la identidad pasan por la memoria y el pasado, por hacer las paces con el pasado y dejar entrar al héroe en los aposentos de ese 'presente interminable' del pasado. Lo cual vuelve a confirmar que se trata también de un viaje hacia atrás en el tiempo, no solamente de regreso al territorio del hogar. Ulises viaja hacia un pasado que él mismo debe reconstruir. Sé con certeza qué será lo último que desaparezca algún día de mi memoria de este libro. No será ni el asesinato del cíclope ni la matanza de los pretendientes (no me gusta el Ulises manchado de sangre), ni los siete años de amor con Calipso en aquella isla maravillosa. Hay dos cosas que no se me borran de la mente: el humo de la chimenea en su Ítaca natal, que aparece al principio, y el perro moribundo que logra esperar con vida a su dueño, al final de ese gran poema. Esas son las cosas que se quedan, tras todas las batallas y aventuras. El humo de la chimenea cobra más peso que la promesa de inmortalidad de Calipso . El humo que, en el verso siguiente, va junto al deseo de morir feliz precisamente allí. Eso es, en realidad, lo que infla las velas y tira de Ulises a lo largo de todo el viaje. Ahora, la nostalgia es por otro tiempo, más bien una 'cronostalgia'A veces pienso adónde regresaríamos hoy, cuando el presente ya no es un hogar seguro para nosotros y las arenas movedizas del pasado nos succionan de forma lenta y seductora. La propia idea de la nostalgia también ha cambiado. Ya no es 'dolor' (álgos) por un lugar concreto, ni 'vuelta al hogar' (nostos), como señala la etimología de la palabra. Ahora, la nostalgia es por otro tiempo, más bien una 'cronostalgia'. Y esa es una doble nostalgia y una doble tristeza: la tristeza por un hogar que ya no existe y por un tiempo que ya se ha extinguido . ¿Adónde regresamos, entonces? ¿Y puede llamarse regreso? Porque solo cuando hay hogar puede haber retorno; lo demás es vagar. Lo demás es 'síndrome de los impertenecientes', descrito por otro vagabundo del tiempo, Gaustín, que al final concluye: es incurable. P. D.: Si el piadoso editor me concediera espacio para unas palabras más, añadiría a modo de postdata esa novela breve que es parte de otra novela. La novela más breve sobre Ulises tras su regreso a casaUna noche, ya viejo y flácido, con los primeros indicios de olvido, se escabulle de casa, harto de todo, parte de vuelta para despedirse de los lugares, las mujeres y los monstruos que una vez trató, para devolverle a su despoblada memoria el recuerdo de todo aquello, el recuerdo de quien fue. Porque ha empezado, amarga ironía de la senectud, a transformarse en aquel Nadie cuyo nombre usó astutamente antaño para presentarse ante el Cíclope .Telémaco lo encuentra al anochecer, desplomado junto a la barca, a cien metros escasos del hogar, sin el menor recuerdo de cómo ha llegado allí ni de adónde se dirigía. Y lo llevan a una casa, con una mujer a la que ya no conoce.Georgui Gospodínov Autor Es el escritor búlgaro más importante desde la caída del telón de acero. Finalista del premio Von Rezzori o el Brücke Berlin y ganador del premio Booker Internacional y del Strega Internacional por su novela 'Las Tempestálidas', su obra ha sido traducida ya a más de treinta idiomas.

Leí 'La Odisea' por primera vez a los veinte años, antes de la caída del Muro, y aquella fue una lectura distinta. Ulises era aquel que partía, que se marchaba y recorría el mundo. Así lo leía yo, con los ojos de alguien que ... nunca había viajado, hijo de padres que tampoco habían viajado. En aquella época, dejar Bulgaria y echarte al mundo era algo imposible para al menos dos o tres generaciones.

Más tarde, cuando ya se podía ser Ulises, supe -quizá de forma inconsciente- que debía viajar en nombre de todas las ciudades que mi madre y mi padre se habían perdido. Desde entonces leo ese libro de otra forma: como un libro de retornos, posibles e imposibles, cada vez más largos, a menudo tardíos.

He visitado a menudo los lugares reales de mi infancia y jamás he llegado a tener la sensación de un verdadero retorno. Pero mientras estoy en el extranjero, lejos del hogar, este se me aparece con toda su fuerza, tal como lo recuerdo. Tal como ya no existe. Posible únicamente cuando estoy lejos de él. Entonces, algo muy pequeño suele despertar la tristeza y la añoranza del hogar, algo como el olor a tostada que sale por una ventana en Madrid, o la ropa tendida en Roma.

En 'La Odisea' parece que tenemos uno de los pocos retornos felices, aunque no del todo idílico ni plácido. Sí, hay que deshacerse de los pretendientes, pero no es solo eso. El héroe no solo ha de rescatar su casa de manos de los intrusos; lo que debe rescatar es el recuerdo de sí mismo. Y este es el otro sentido profundo de cada retorno. Sabemos que el único que lo reconoce de inmediato es el perro. Todos los demás lo someten a pruebas, casi siempre a través del recuerdo que guarda del hogar o de ellos mismos. Ulises debe recordarle a Penélope (y a sí mismo) cómo construyó el lecho compartido, arraigado al tronco del olivo por una de sus patas. Parece que dijera: tú no me has olvidado en estos veinte años, y yo tampoco.

Después Ulises debe ser reconocido por el padre: debe retornar, por así decirlo, como hijo. La prueba, de nuevo, es a través de la memoria. Leí atentamente ese episodio mientras escribía el libro sobre mi padre, 'El jardinero y la muerte', y descubrí cuán compartida es la lágrima en el ojo a través de la cual Ulises observa a su padre abrumado por los años, todavía trabajando en su huerta. En el encuentro con el anciano Laertes, su hijo le recuerda cómo, siendo un niño pequeño, paseaba con él por esa misma huerta. Y sigue una enumeración, pero no de barcos como en 'La Ilíada', sino de árboles frutales que su padre le regaló en otro tiempo:

«Eran trece los perales que tú me diste; eran diez los manzanos

Y eran cincuenta higueras, y a más me ofreciste asimismo

Se trata también de un viaje hacia atrás en el tiempo. Ulises viaja hacia un pasado que él mismo debe reconstruir

Todos estos procedimientos de verificación y comprobación de la identidad pasan por la memoria y el pasado, por hacer las paces con el pasado y dejar entrar al héroe en los aposentos de ese 'presente interminable' del pasado. Lo cual vuelve a confirmar que se trata también de un viaje hacia atrás en el tiempo, no solamente de regreso al territorio del hogar. Ulises viaja hacia un pasado que él mismo debe reconstruir.

Sé con certeza qué será lo último que desaparezca algún día de mi memoria de este libro. No será ni el asesinato del cíclope ni la matanza de los pretendientes (no me gusta el Ulises manchado de sangre), ni los siete años de amor con Calipso en aquella isla maravillosa. Hay dos cosas que no se me borran de la mente: el humo de la chimenea en su Ítaca natal, que aparece al principio, y el perro moribundo que logra esperar con vida a su dueño, al final de ese gran poema. Esas son las cosas que se quedan, tras todas las batallas y aventuras. El humo de la chimenea cobra más peso que la promesa de inmortalidad de Calipso. El humo que, en el verso siguiente, va junto al deseo de morir feliz precisamente allí. Eso es, en realidad, lo que infla las velas y tira de Ulises a lo largo de todo el viaje.

Ahora, la nostalgia es por otro tiempo, más bien una 'cronostalgia'

A veces pienso adónde regresaríamos hoy, cuando el presente ya no es un hogar seguro para nosotros y las arenas movedizas del pasado nos succionan de forma lenta y seductora. La propia idea de la nostalgia también ha cambiado. Ya no es 'dolor' (álgos) por un lugar concreto, ni 'vuelta al hogar' (nostos), como señala la etimología de la palabra. Ahora, la nostalgia es por otro tiempo, más bien una 'cronostalgia'. Y esa es una doble nostalgia y una doble tristeza: la tristeza por un hogar que ya no existe y por un tiempo que ya se ha extinguido. ¿Adónde regresamos, entonces? ¿Y puede llamarse regreso? Porque solo cuando hay hogar puede haber retorno; lo demás es vagar. Lo demás es 'síndrome de los impertenecientes', descrito por otro vagabundo del tiempo, Gaustín, que al final concluye: es incurable.

P. D.: Si el piadoso editor me concediera espacio para unas palabras más, añadiría a modo de postdata esa novela breve que es parte de otra novela.

Una noche, ya viejo y flácido, con los primeros indicios de olvido, se escabulle de casa, harto de todo, parte de vuelta para despedirse de los lugares, las mujeres y los monstruos que una vez trató, para devolverle a su despoblada memoria el recuerdo de todo aquello, el recuerdo de quien fue. Porque ha empezado, amarga ironía de la senectud, a transformarse en aquel Nadie cuyo nombre usó astutamente antaño para presentarse ante el Cíclope.

Telémaco lo encuentra al anochecer, desplomado junto a la barca, a cien metros escasos del hogar, sin el menor recuerdo de cómo ha llegado allí ni de adónde se dirigía.

Y lo llevan a una casa, con una mujer a la que ya no conoce.

Es el escritor búlgaro más importante desde la caída del telón de acero. Finalista del premio Von Rezzori o el Brücke Berlin y ganador del premio Booker Internacional y del Strega Internacional por su novela 'Las Tempestálidas', su obra ha sido traducida ya a más de treinta idiomas.

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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