«Nosotros éramos nacionalistas (...) Lo único que se puede pedir a un nacionalista es que se dé cuenta de que lo es. Porque, como es una afección, una afección que moviliza espíritus y voluntades, es importante interiorizarlo. La realidad es que no se puede formar una comunidad solo sobre la base de los derechos civiles». La entrevista en Agenda Pública de Nacho Corredor a Carlos Aragonés, hombre fundamental en el ascenso y consolidación de José María Aznar en el poder, deja una definición asombrosa de lo que fue aquel proyecto político. Por obvia y por inédita a la vez.
La reflexión de Aragonés la desarrolló décadas antes Isaiah Berlin, uno de los teóricos liberales más importantes de la historia, que advertía de que ningún proyecto político puede sustentarse sin una cultura debajo. Cultura entendida como identidad. Y en ese sentido, el nacionalismo actúa como el homogeneizador más eficiente. Pese a su carácter destructivo y belicoso, «ningún movimiento que no se haya aliado con el nacionalismo ha tenido éxito en los tiempos modernos».
Berlin decía que hay «nacionalismos buenos y nacionalismos malos». En España, el nacionalismo bueno durante muchos años fue el periférico, pese a tener las manos chorreando de sangre, mientras que el malo era el central, inevitablemente vinculado a la brutalidad de la Dictadura de Franco. De hecho, en el aznarismo se hablaba de centro reformista o de patriotismo constitucional, pero no de nacionalismo, así sin apellidos.
La única expresión tolerable de nacionalismo español era la Selección, rebautizada por Luis Aragonés como La Roja. Fue muy importante que la pelotita entrara en la portería entre 2008 y 2012, con el país deshilachado por la crisis financiera. Al margen de aquello, durante 40 años de Democracia, las exaltaciones de españolidad estuvieron autocensuradas. Hasta que estalló el procés y la reacción contra él llenó los balcones de rojigualdas.
Hoy tenemos lo que tenemos. Vox nació, entre otros motivos, por la desilusión que generaba entre parte del electorado que había votado al PP la derechita cobarde que encarnaba Mariano Rajoy. Tiene su cosa que precisamente él haya protagonizado la gilipolémica del Mundial con un regüeldo racista que hubiese firmado Santiago Abascal. Sólo que éste lo hubiese dicho sin ironía.
El ministro de Exteriores español ha llamado a su homólogo francés. Debe ser que José Manuel Albares ha perdido el móvil del de Marruecos, país que, al parecer, ha liquidado con un dron a un líder saharaui y que esta semana ha detenido al periodista Alí Lmrabet, residente en Barcelona. Pedro Sánchez ha manifestado al primer ministro galo sentirse «avergonzado» por su predecesor el día que condenan a su hermano por enchufarse en una administración socialista.
El quilombo que se ha montado es uno de los muchos que se sucederán en los próximos meses, en los que el Gobierno tiene que mantener dos platillos en el aire al mismo tiempo: por un lado, blindarse frente a las investigaciones de corrupción mediante el descrédito de la Justicia y la hipervictimización del presidente; y, por otro, desmovilizar al electorado más moderado de la derecha enfatizando la radicalización del PP tras los pactos con Vox en las autonomías. Para esto valen los incendios (cambio climático) o las memeces de Rajoy (racismo).
Quién iba decir que esa depauperada especie en extinción llamada moderadito, en feliz acepción de Diego S. Garrocho, se haya convertido en pieza de caza mayor.