- JAVIER G. FERNÁNDEZ
La start up Zepo, fundada en Ciudad Real, simula ataques de ingeniería social a trabajadores para concienciarlos y evitar que sean víctimas de ataques reales.
Un empleado de una gran empresa española recibe una videollamada de su director financiero pidiéndole que autorice una transferencia urgente. La voz es la suya, la cara es la suya, el contexto es verosímil. Pero el director financiero nunca hizo esa llamada. Es un deepfake, y el empleado acaba de caer en uno de los ataques de ingeniería social que, según el Foro Económico Mundial, se han multiplicado un 1.200% desde la irrupción de la inteligencia artificial generativa, generando pérdidas de más de 1 billón de dólares para las empresas.
Para poner freno a esta explosión indiscriminada de intentos de estafa, dos ingenieros manchegos, Antonio Muñoz y Enrique Holgado, fundaron en 2021 en Ciudad Real la start up de ciberseguridad Zepo. "Nos enfocamos en un vector que está cobrando mucha importancia con la inteligencia artificial generativa en los últimos años: el vector humano", explica Muñoz, su consejero delegado.
Pese a las enormes inversiones que las empresas destinan cada año a ciberseguridad, el eslabón más débil de la cadena sigue siendo el empleado. De poco sirven las barreras tecnológicas más sofisticadas si un trabajador pulsa un enlace fraudulento, facilita sus credenciales en una web clonada o descarga un archivo malicioso. Los ciberdelincuentes lo saben, y por eso concentran cada vez más sus esfuerzos en estos perfiles.
Zepo permite a las organizaciones simular ataques reales de ingeniería social impulsados por inteligencia artificial (deepfakes, llamadas, mensajes en diferentes plataformas, o phishing personalizados), para identificar vulnerabilidades humanas entre sus empleados. En otras palabras, la start up busca engañar a los trabajadores para evitar que sean estafados por verdaderos cibercriminales.
"La formación tradicional en ciberseguridad no funciona. Nuestro principal objetivo es dotar a las organizaciones de la tecnología y los recursos necesarios para proteger de forma automatizada a sus empleados", destaca Muñoz.
Pero la tecnología de Zepo no se limita a simular ataques: también los detecta. La plataforma emplea modelos de reconocimiento facial capaces de analizar una videollamada en tiempo real e indicar al usuario la probabilidad de que su interlocutor sea una persona real. En las llamadas telefónicas, Zepo mide patrones de voz para determinar si han sido generadas artificialmente, un análisis más complejo que se complementa con la evaluación del propio contenido de la conversación y de si la información que maneja el atacante ha sido recreada a partir del perfil público de la víctima.
Referente global
La tecnología de Zepo ha llamado la atención en la industria. Google ha incluido la empresa entre las quince start up de ciberseguridad e inteligencia artificial más innovadoras del mundo en su categoría, mientras que CrowdStrike, Nvidia y Amazon la seleccionaron recientemente para participar en Nueva York en una de las aceleradoras de ciberseguridad más prestigiosas a nivel global.
También ha despertado el interés de algunos de los principales fondos europeos especializados en ciberseguridad. A principios de año, Zepo anunció el cierre de una ronda semilla de 15 millones de dólares (12,8 millones de euros) liderada por la gestora española Kibo Ventures, la alemana eCapital y la holandesa Tin Capital. Muñoz no ofrece cifras de facturación, pero sí se atreve a estimar que la de 2026 oscilará entre los cinco y los diez millones.
Con los fondos obtenidos, Zepo ha puesto en marcha un ambicioso plan de contratación centrado en atraer al mejor talento en ingeniería de datos e inteligencia artificial. La start up cuenta ya con equipos repartidos entre Nueva York, Madrid, La Coruña, Tel Aviv y Ciudad de México. Muñoz no ofrece cifras exactas de facturación, pero estima que la de 2026 oscilará entre los cinco y los diez millones de euros.
La cartera de clientes de Zepo es muy diversa: abarca desde grandes corporaciones del Ibex 35 —sobre todo bancos— hasta agencias de inteligencia internacionales, organismos públicos, departamentos de defensa y grandes grupos tecnológicos, cuyos nombres no puede revelar por motivos de confidencialidad.
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