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La reunión informal que los líderes de la UE celebran hoy en el castillo de Alden Biesen (Limburgo, Bélgica) está lejos de ser poco trascendente para el futuro del continente. Porque los Veintisiete van a debatir cómo hacer frente al desafío sistémico que representa para la Unión tanto la hostilidad abierta de Estados Unidos desde la vuelta de Donald Trump a la Casa Blanca como el acaparamiento de mercados y materias primas críticas por parte de China.
La crisis de Groenlandia, todavía no cerrada, ha evidenciado a los Veintisiete la urgencia de tener un rumbo claro para los próximos años. Sin embargo, como identificaron Mario Draghi y Enrico Letta en sus respectivos informes sobre los problemas de competitividad de la UE, las resistencias internas a los avances en la construcción comunitaria suponen un pesado lastre en un contexto de transformaciones geopolíticas aceleradas.
De ahí que una de las propuestas que la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, lleva a la cumbre sea aplicar la vieja idea de una Europa a dos velocidades. Es decir, que los países que quieran avanzar hacia una mayor integración ("cooperación reforzada", en el argot comunitario) no se vean frenados por el poder de veto que ha bloqueado durante años la construcción europea, y que gobiernos como el de Orbán en Hungría han usado como chantaje. Sería el mayor cambio en la gobernanza de la UE desde el Brexit.
Los líderes también abordarán cómo simplificar la burocracia en las instituciones comunitarias, además de la preferencia de los productos y empresas europeas en concursos y contrataciones.
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