Delcy Rodríguez aguantó con cara de póker las andanadas de Donald Trump, su nuevo mejor amigo. Desde el mismo púlpito que Hugo Chávez inmortalizó hace dos décadas con el "aquí huele a azufre todavía", dirigido al "diablo" George W. Bush, una de las frases más exitosas para el antiimperialismo americano en este siglo. Tan incómoda estaba que llegó a tomar notas, como aquellos estudiantes que no se saben la lección y se agarran a cualquier disimulo.
"Al vencedor le pertenecen los despojos", disparó el inquilino de la Casa Blanca, que trató como un guiñapo al antiguo jefe político de Delcy, un "dictador" y un "criminal". Nicolás Maduro, el mismo que se pasa el día rezando en una celda no muy alejada de la sede de Naciones Unidas en Nueva York, por donde Delcy, de momento, no ha pasado. "Los queremos de vuelta", insistieron en la cuenta de Telegram de Nicolás Maduro 263 días después de la operación militar que cambió el rumbo de la Historia de Venezuela.
La 81 Asamblea General de la ONU pasará a la Historia, en lo que concierne al continente americano, como aquella en la que todo el mundo buscaba su sitio en el nuevo mapa geopolítico. El mismo que forzó la salida de la delegación cubana tras escuchar a Trump que "Cuba caerá", que en otros tiempos hubiera arrastrado consigo a sus aliados venezolanos. Bastante tenía Delcy Rodríguez con digerir lo suyo ("EEUU no descansará hasta ver una transición hacia la democracia y la salida definitiva del régimen del poder"). Necesitaba un golpe de efecto para pasar el trago. Y lo consiguió a costa de Pedro Sánchez.
La presidenta encargada se levantó de su sillón y acompañada de su canciller (ministro de Exteriores) Félix Plasencia, que posee la doble nacionalidad hispanovenezolana, emprendió un paseíllo que pareció eterno. Al otro lado le esperaba su vicecanciller, Oliver Blanco, una de las estrellas de su nuevo gobierno de tecnócratas y hombre de confianza procedente de las filas opositoras.
Alto, espigado, le señaló el puesto del jefe de gobierno español. Lo que pasó después, que si te doy la mano, o un beso, o mejor dos; que si me levanto, que cómo hacemos, ya forma parte de la diplomacia de grandes salones, nada que ver con la tradicional diplomacia de pasillos. Aquí hacía falta que se viera, en evidente maniobra de los intereses políticos de Delcy, necesitada de una legitimación de la que carece en todos los ámbitos: ni es de origen electoral ni se da por la vía de los hechos al frente del muy criticado gobierno del chavismo trumpista.
Treinta y tres segundos de conversación, como cronometró Raúl Piña, que resumen la gran paradoja: la principal aliada de Trump en el continente saludando a la Némesis europea del mandatario estadounidense, cuyo principal aliado en la arena política española (José Luis Rodríguez Zapatero) fue el principal socio de Maduro en Europa y el encargado precisamente en enero, de legitimar políticamente a quien con tanto cariño le llamó "mi príncipe", algo bastante habitual en Caracas.
El puzzle actual es tan complejo que el principal aliado de Sánchez en las Américas es el brasileño Lula da Silva, quien protagonizó un giro dramático a semanas de las elecciones para exigir cambios en Venezuela: "El pueblo venezolano merece definir su propio destino". El mismo pueblo que tanto Lula como el entonces presidente colombiano Gustavo Petro y la mexicana Claudia Sheinbaum olvidaron sin sonrojo tras el megafraude electoral de Maduro en 2024.
¿Cómo sobrevivir en esta nueva geopolítica americana sin volverse loco? Tal vez uno de los que tiene respuestas más certeras es el presidente de Paraguay, Santiago Peña, el mismo que acompañó a la líder democrática María Corina Machado en la entrega del Nobel de la Paz, el mismo que apostó por Edmundo González como presidente legítimo del país petrolero tras su victoria robada en las urnas.
Peña viajó a Caracas el pasado fin de semana para abrazarse con Delcy, prolegómeno de lo que esta madrugada será la cita histórica entre la antigua vicepresidenta de Maduro y Trump. La oposición paraguaya ha acusado al mandatario de cumplir con máxima fidelidad las órdenes del Departamento de Estado. Una pieza menos para encajar en el puzzle.