- IGNACIO FAES
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La importancia geoestratégica del Ártico no es algo nuevo. En ese mundo blanco es donde las bases secretas de la USAF han dado paso a la vigilancia de una de las unidades de comandos más letales del mundo.
A simple vista, las coordenadas 67° 0' 27.58" N / 50° 42' 41.96" O marcan un punto desolado en el mapa. Sin embargo, para la estrategia militar del siglo XX y XXI, este lugar es el centro del mundo. Al aterrizar en Kangerlussuaq, tras sobrevolar el vacío blanco al oeste de la Tierra del Rey Christian X, no se llega simplemente a un aeropuerto civil, sino a una cicatriz de hormigón dejada por la maquinaria de guerra global.
Un poste informativo a la salida de la terminal revela la verdadera naturaleza de esta posición: Moscú está a 5 horas y 20 minutos; Nueva York a 4 horas. En la lógica de la guerra aérea y balística, Groenlandia no es una isla remota, sino la ruta más corta entre las superpotencias. Ahí, la geografía dicta la supervivencia.
Fortificando el norte
La presencia militar masiva en la isla nació de una necesidad urgente. El 9 de abril de 1941, con Dinamarca bajo la bota de Hitler, el presidente Franklin D. Roosevelt y el embajador danés Henrik Kauffmann firmaron un pacto secreto en Washington. Groenlandia debía convertirse en un escudo. No se trataba de altruismo, sino de impedir que el Tercer Reich utilizara la isla como trampolín hacia Norteamérica.
La respuesta del Pentágono fue quirúrgica. Bajo el mando del capitán Bernt Balchen y guiados por la inteligencia climática del profesor William Hobbs de la Universidad de Michigan, Estados Unidos desplegó la misión South Greenland Survey Expedition. El objetivo era construir una red de bases bajo el nombre en clave Bluie.
Kangerlussuaq se convirtió en Bluie West Eight (BW-8). Formaba parte de una infraestructura colosal y secreta -la llamada Ruta Carmesí- diseñada para apoyar a Gran Bretaña, cazar submarinos en el Atlántico Norte y, finalmente, lanzar bombarderos pesados sobre Alemania. La importancia de estas coordenadas era tal que se libraron batallas reales en el hielo. La base Bluie East-5 en Myggbukta llegó a caer en manos de comandos alemanes en 1943, demostrando que la guerra no entendía de latitudes.
La amenaza nuclear
La derrota nazi no desmilitarizó Groenlandia. Solo cambió el objetivo de las miras telescópicas. Durante la Guerra Fría, la base BW-8 se transformó. Entre 1971 y 1991, los hangares que antes albergaban aviones de hélice pasaron a custodiar tecnología de la era atómica, con misiles apuntando directamente a la Unión Soviética.
Aunque Estados Unidos entregó las llaves de Kangerlussuaq en 1992, cerrando el capítulo de la USAF en esta base específica, el legado logístico permanece. La infraestructura creada para la guerra es lo que hoy permite la conexión de Groenlandia con el mundo.
La patrulla Sirius
Si la presencia estadounidense se definía por la superioridad tecnológica y aérea, la presencia militar actual en Groenlandia se define por la resistencia humana y la adaptación al medio.
A cientos de kilómetros al noreste (latitud 74° 18' 40.66" N), opera el Comando Operacional de Groenlandia. Aquí, la soberanía danesa no se impone con radares de última generación, sino con trineos de perros. Es el territorio de la patrulla Sirius, conocidos como los Comandos de Osos Polares.
Esta unidad de élite, dependiente de la Real Marina Danesa, tiene su cuartel general en Daneborg. Su origen es puro combate.
Esta gran unidad de especialistas nació en la Segunda Guerra Mundial para cazar a los meteorólogos clandestinos de la Luftwaffe. En 1943, la unidad Sirius demostró su letalidad al descubrir y neutralizar una estación alemana en la Isla Sabine que guiaba a los U-boot, los submarinos militares utilizados por Alemania, famosos por sus devastadoras campañas en el Atlántico contra los convoyes aliados.
Perros contra tecnología
Hoy, la Sirius patrulla una red de 50 cabañas de abastecimiento diseminadas en el desierto blanco. El servicio es una prueba de fuego mental y física. Sus integrantes se enfrentan a 24 meses de aislamiento casi total, interrumpidos solo por un breve chequeo médico. Doce hombres, divididos en equipos de dos, recorren el infierno blanco arrastrando hasta 500 kilos de equipo con la ayuda de sus perros.
Podría parecer una fuerza anacrónica, pero la realidad militar dice lo contrario. En el ejercicio Sarex 2013, una simulación de combate en la que participaron fuerzas especiales de potencias árticas como Rusia, Estados Unidos, Canadá y Noruega, la misión era detener a la patrulla Sirius.
El resultado fue una lección de humildad para la guerra moderna. Los comandos daneses alcanzaron 13 de sus 14 objetivos tácticos, burlando a la tecnología y a las tropas extranjeras.
La fascinación por este servicio es tal que, al finalizar sus dos años, los miembros de la patrulla Sirius -la única unidad que permite a sus veteranos elegir destino libremente en las Fuerzas Armadas Danesas- a menudo solicitan reengancharse.
Groenlandia sigue siendo un territorio militarizado, aunque la naturaleza de la fuerza haya cambiado. Desde los bombarderos pesados de la Ruta Carmesí hasta los silenciosos trineos de la Patrulla Sirius, la lección estratégica permanece inalterable: quien controla el hielo, controla el techo del mundo.
Es bajo este prisma de incalculable valor estratégico donde cobra sentido la polémica propuesta lanzada en 2019 por el presidente Donald Trump de "comprar" Groenlandia. Lo que para la opinión pública internacional pareció una ocurrencia o una salida de tono diplomática, para los analistas del Pentágono seguía una lógica militar que entronca directamente con el pacto de 1941 de Roosevelt. Trump no miraba el hielo, sino el mapa. Groenlandia sigue siendo el portaaviones insumergible más importante del hemisferio norte -con una extensión cuatro veces la de España-, la única barrera física capaz de bloquear el acceso al Atlántico Norte y proteger la costa este estadounidense. La mirada de Washington hacia Groenlandia nunca ha dejado de ser militar. Desde las pistas construidas por Balchen en Kangerlussuaq hasta las patrullas en trineo de la unidad Sirius, la isla es un activo de seguridad nacional.
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