Este biofísico chino anunció en 2018 que había creado a los dos primeros bebés modificados genéticamente de la historia. Fue a la cárcel, pero ha vuelto a la carga
Regala esta noticia Añádenos en Google El científico chino He Jiankui, en una imagen de archivo. (AP) 18/08/2026 Actualizado a las 10:24h.Nacieron a finales de 2018. Dos gemelas. Chinas. Sus nombres auténticos no se conocen, sus pseudónimos sí. Lula y Nana se convirtieron, sin saberlo ni ... consentirlo, en los dos primeros seres humanos modificados genéticamente de la historia. Unos meses más tarde, otro bebé nació en similares circunstancias. El anuncio de su nacimiento llegó en una conferencia científica celebrada en Hong Kong y de boca, precisamente, del científico responsable: He Jiankui. Más conocido, a estas alturas de la película, como el Frankenstein chino.
Jiankui actuó en secreto, llevó a cabo sus experimentos sin ningún tipo de autorización, falsificó varios documentos y recibió la condena prácticamente unánime de la comunidad científica. De hecho, fue expulsado de la universidad y condenado por «prácticas médicas ilegales» ante un tribunal chino. Fue sentenciado a tres años de prisión y al pago de tres millones de yuans (unos 380.000 euros). Cumplió su pena y fue puesto en libertad en 2022.
Vuelta a las andadas
Pero lejos de dejarse intimidar por el escepticismo de sus colegas, una regulación contraria a sus experimentos o la amenaza de la cárcel, el científico ha mantenido una actitud absolutamente desafiante desde entonces. De hecho, ha dejado claro que su objetivo final sigue siendo modificar genéticamente embriones humanos para combatir, por ejemplo, el alzhéimer o la distrofia muscular de Duchenne.
Por el camino, Jiankui, que dice de sí mismo que es el científico más importante del planeta y se compara con los hermanos Wright, inventores de la aviación, se ha convertido en un personaje tan mediático como controvertido que utiliza su cuenta de X para predicar sobre sus metas y autodefinirse como un visionario de la ingeniería genética. «Bebés de diseñador, superguapos y superinteligentes son inevitables», escribió en su cuenta el año pasado acompañando la amenaza de un inquietante retrato suyo vestido con bata y luciendo una sonrisa de oreja a oreja.
De hecho, y pese a su mala prensa, Jiankui ha conseguido suficiente financiación para contratar un pequeño equipo de científicos, empezar a hacer experimentos (aunque solo con animales) y alquilar un espacio que alberga su laboratorio. Mientras tanto, el gobierno chino, que cuando estalló el escándalo tachó los experimentos de «inaceptables» y le inhabilitó para trabajar en estudios relacionados con la reproducción asistida, ha escogido dejar que opere en su nuevo laboratorio. Al menos, hasta nueva orden.
Ha vaticinado que los «bebés de diseñador, superguapos y superinteligentes, son inevitables»
Pero Jiankui no está solo. De hecho, ha creado escuela a su alrededor. Él y Cathy Tie, una conocida emprendedora biotecnológica y pianista profesional con sede en Silicon Valley y Nueva York, se conocieron en 2023 cuando ella (apodada de manera misógina como la 'biotech Barbie') le entrevistó para su canal de YouTube. «Cuando conocí a He Jiankui, me di cuenta de que era diferente. Era evidente que era un hereje». Se casaron poco después y, a los tres meses, se divorciaron. Tie, que siempre se ha caracterizado por un enfoque científico disruptivo, ha explicado que ella también aspira a modificar embriones genéticamente para prevenir enfermedades graves, aunque en su caso quiere hacerlo con total transparencia y todos los permisos pertinentes. De hecho, su empresa, Origin Genomics, acaba de conseguir la aprobación para llevar a cabo este tipo de experimentos en sus laboratorios de Nueva York.
Mientras tanto, Jiankui, que nunca ha pedido perdón ni tampoco se ha arrepentido (más allá de reconocer que su único pecado fue «hacerlo demasiado rápido»), ha explicado que Lula y Nana, con cuyas familias sigue en contacto, van al colegio y son niñas normales y sanas. A las que, sin embargo, las autoridades chinas monitorizan de manera constante. Y que, a sus 8 años, todavía no saben que un día, cuando solo eran un puñado de células en una placa de petri, un científico jugó con sus genes sin saber muy bien lo que estaba haciendo.
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