25 años del 11-S: las voces de la tragedia
«Hicimos un buen trabajo con los muertos, pero malo con los vivos»El atentado que cambió el mundo tuvo como principal objetivo las Torres Gemelas. Estas son las cicatrices contadas por sus protagonistas
Regala esta noticia Añádenos en GoogleCorresponsal. Nueva York
11/09/2026 a las 06:43h.Cierras los ojos y solo se oye el sonido del agua. No llegan las conversaciones de los turistas que se asoman al memorial del 11- ... S en Nueva York. Los sonidos de la ciudad (la sirena de la Policía, las obras que todavía siguen en la reconstrucción del World Trade Center) son un murmullo lejano. Abres los ojos y ves el vacío. El memorial del 11-S son dos hendiduras gigantescas sobre la planta de las Torres Gemelas, el escenario principal de un atentado terrorista que cambió el mundo, que nos afectó a todos.
Las huellas de las dos torres son ahora dos fuentes hundidas en las que se precipita el agua. Esa caída es en sí misma el 11-S. El derrumbe de los edificios. Los oficinistas que se lanzaron al vacío, desesperados, atrapados por el fuego. Todo el mundo lo vio en directo. En España era la hora del telediario.
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25 aniversario del 11-S
«Hicimos un buen trabajo con los muertos, pero un mal trabajo con los vivos»
- Terry Strada Viuda de víctima del 11-S
«La relación entre EE UU y Arabia Saudí está basada en mentiras»
- William Rodríguez Limpiador en la Torre Norte
«Los cuerpos de la gente que se había tirado parecían calcomanías»
Es difícil pasar por una estación de bomberos de Nueva York y que en los muros no haya un homenaje a sus caídos en el 11-S. La tragedia se cebó con el personal de emergencias que acudió al rescate. Primero, a apagar los incendios en las Torres Gemelas y rescatar a los atrapados. Después, a encontrar supervivientes y restos entre la escombrera, una tarea que duró meses. En el 11-S murieron 343 bomberos y se siguió cobrando todavía más vidas por enfermedades relacionadas con las tareas de rescate y reconstrucción.
«Conocía personalmente a unos 80 de los que murieron en los ataques», cuenta Phil McArdle, un bombero que sobrevivió de milagro aquel día. Llegó al World Trade Center con un compañero, justo cuando se derrumbó la primera torre, la Sur. Su coche quedó sepultado en los escombros. Pero consiguieron salir entre una nube de polvo -«no podía ver más allá de mi mano»- y poner a resguardo a un fotógrafo del 'Daily News', herido en el derrumbe. «Eso probablemente nos salvó la vida», recuerda ahora a este medio desde una estación de bomberos en Edgewater Park, en el Bronx, donde él se crio. «Porque íbamos a ir a la Torre Norte».
McArdle y su compañero, Jeff Borkowski, sobrevivieron a la caída de la segunda torre agarrados a una columna de un edificio cercano. «Sentimos un gran ruido, una ola de calor, dificultades para respirar por la presión», cuenta este bombero retirado. «Después, un silencio mortal».
Los 19 bomberos de su estación en Maspeth fallecieron aquel día. Incluido el joven compañero que le sustituyó en su turno. Desde entonces, los que sobrevivieron viven con el luto y con la culpa. Y con estrés postraumático y con los efectos en la salud de su trabajo en la Zona Cero. «Yo he tenido cinco cánceres», dice. «Pero dicen que los irlandeses somos duros, que estamos acostumbrados al sufrimiento». Más de 400 compañeros de McArdle han muerto «en el otro 11-S», por su impacto en la salud, en medio de trabas de las autoridades a compensar esas pérdidas. «En el 11-S hicimos un buen trabajo con los muertos, pero un mal trabajo con los vivos».
McArdle nunca va a la Zona Cero en los aniversarios. «Voy a mi estación de bomberos y a mi iglesia», dice. «Que cada uno haga lo que quiera. Pero yo no quiero estar ahí con los políticos diciéndome lo maravillosos que somos y luego nos joden cada vez que pueden».
«Sonó el teléfono y contesté. Tom estaba al otro lado de la línea. Me dijo que un avión se había estrellado contra su torre. Que había mucho humo. Yo escuchaba mucho ruido, conmoción, gritos. Él estaba muy agitado. Su voz era áspera. Me dijo que iba a salir por la escalera de incendios. Y colgó». Terry Strada cuenta cómo fue la última conversación con su marido, empleado de Cantor Fitzgerald. Hubo cientos de llamadas similares aquella mañana.
Tom Strada trabajaba en el piso 104 de la Torre Norte, la primera en recibir el impacto. Su mujer, como el resto del mundo, vio el edificio desplomarse. La pareja tenía tres hijos. El más pequeño solo contaba cuatro días de vida. La de los Strada fue una de las miles de familias destrozadas por la tragedia. Ella preside hoy 9/11 Families United, una de las principales asociaciones de familiares de víctimas. En los últimos 25 años, se ha fajado por exigir a las autoridades transparencia y rendición de cuentas sobre quién estuvo detrás y quién apoyó la matanza en la que falleció su marido.
«Me uní a una demanda en 2002, con la creencia de que el reino de Arabia Saudí estuvo implicado en los ataques del 11 de septiembre», explica. Durante años de trabajo «hemos comprobado su apoyo a la red de terroristas, en lo financiero y en lo logístico». Ese caso tendrá un nuevo capítulo en tribunales el mes que viene, donde se ventila una apelación para determinar si los demandantes pueden ir adelante con la exigencia de deposiciones y requerimientos documentales.
Eso ocurre, sin embargo, en un momento de refuerzo de las relaciones entre el actual Gobierno de EE UU, bajo la Administración de Donald Trump, y Arabia Saudí. «Esa relación está basada en mentiras», acusa Strada. Su compromiso con destapar la verdad tiene que ver con su necesidad de pasar de página con la muerte de su marido. «Si ganamos el caso, eso cerraría una herida muy dolorosa», dice sobre su cruzada contra los saudíes.
También le ayudaría que por fin se lograra identificar algún resto de su marido. Cerca de mil de los fallecidos no han sido identificados, con sus cuerpos desintegrados en los colapsos de las torres. «Pero esto nunca acabará», reconoce. «El agujero en el corazón siempre va a estar ahí. Todavía le echo mucho de menos. Me ha sorprendido que se hace más y más difícil al hacerme mayor. Por todo lo que se ha perdido él. Cada graduación, la boda de mi hija, los dos nietos que no ha conocido. Se me saltan las lágrimas».
«Le dicen la llave de la esperanza». William Rodríguez la enseñaba hace unos años a este medio en su casa de New Jersey. Con ella abrió la puerta a la vida a muchos supervivientes en la Torre Norte. Trabajaba allí como limpiador. El impacto del avión le sorprendió en los sótanos del edificio. Ayudó a sacar a una quincena de personas y, desde fuera, vio el bloque tocado con una columna de humo. Decidió volver para ayudar en los rescates, él conocía el inmueble mejor que nadie y tenía la llave que abría todas las puertas: «Solo había cinco llaves maestras del edificio. Los jefes de mis jefes tenían cuatro, y yo la quinta. Ellos se fueron corriendo».
«Pese a todo, lo volvería a hacer»
- Marcelo Pevida Policía de origen español
«Recuerdo el olor. Todavía lo puedo oler ahora»
- Morland Mathews Educador en un colegio público
«Para muchos jóvenes, el 11-S es algo del pasado»
- Mike Kelly Reportero en la Zona Cero
«El impacto fue mayor porque murió gente como tú y yo»
- Elena del Rivero Artista española con estudio en la Zona Cero
«Lo dijo Hannah Arendt: somos seres destructores»
Todo el mundo se enteró de los ataques del 11-S de una u otra manera. Devin Wozniak lo hizo en su coche, al poner la radio aquella mañana. Era un estudiante algo descarriado, en una universidad pública de Michigan. «Había llegado tarde a mi clase de la mañana. Probablemente estaba de resaca», recuerda a este medio por teléfono. «En lugar de música, había gente hablando por la radio de un accidente en Nueva York. Al llegar a casa vi el segundo avión estrellarse contra la Torre Sur».
Su primera reacción fue viajar a Nueva York a ayudar, pero no sabía bien cómo. Lo siguiente: alistarse en el ejército. Quiso ir a una oficina de reclutamiento, pero su novia de entonces le quitó la idea de la cabeza. Poco después, ya rota esa relación, volvió a las oficinas y firmó su entrada. Wozniak fue uno entre los miles de jóvenes de EE UU que se apuntaron a la llamada 'Guerra contra el Terror' con la que la primera potencia mundial respondió al 11-S. «Muchos otros hicieron lo mismo», dice sobre la ola patriótica que recorrió el país, en especial en entornos modestos como el suyo. «Muy pocos habían tenido antes una intención clara de sumarse al ejército».
Wozniak sirvió cinco años, con misiones de combate en la guerra de Irak. Ahora es un integrante de IAVA, la asociación de veteranos del ejército que sirvieron en ese país y Afganistán, los dos principales escenarios de la 'Guerra al Terror'. Sus esfuerzos se centran en la prevención de suicidios, la gran lacra de los veteranos. «Pese a todo, lo volvería a hacer», reconoce sobre su alistamiento, que le ayudó a que su vida encontrara propósito y rumbo. «Después del 11-S había una gran unidad, no solo en EE UU, en todo el mundo. Tuvimos un apoyo sin precedentes. Y lo desperdiciamos», dice sobre la actuación estadounidense en Oriente Medio, una implicación militar muy costosa, en vidas y en recursos, que ahora se condena desde buena parte del espectro político.
Veinticinco años después, Wozniak se acuerda de «la gente que simplemente fue a trabajar y las muchas vidas que cambiaron aquel día». Pero también de «los millones de personas afectadas por lo que nosotros hicimos. Es muy difícil para mí no sentirme mal al respecto».
«Si te digo la verdad, no sé cómo sobreviví». Así relataba Marcelo Pevida, neoyorquino de familia zamorana, su experiencia a este medio hace unos años. Él era un policía de Nueva York y el vuelo del primer avión hacia las Torres Gemelas le pilló mientras ponía una multa en el Lower East Side, no muy lejos del World Trade Center.
Él y su compañero pusieron rumbo al lugar del ataque. Poco después de llegar, el segundo avión se estrelló contra la Torre Sur. Parte del fuselaje cayó en la parte de atrás de su coche policial. El impacto hundió la mampara que separa a los detenidos contra su espalda y le machacó tres vértebras (él no se dio cuenta hasta varios días después). El capó de ese vehículo hoy forma parte de la colección del Museo del 11-S, en la misma plaza del memorial de los atentados.
Luego vinieron los derrumbes. Primero el de la Torre Sur, muy cerca de donde él estaba. La ola de polvo y escombro le lanzó hasta la siguiente calle: «Recuerdo los ruidos, los llantos, las sirenas, fue horroroso. Y el olor. Todavía lo puedo oler ahora».
«¿Eso qué es?». Esa fue la respuesta que una sobrina de 8 años le dio a Morland Matthews, que trabaja en un colegio público de Brooklyn, cuando le preguntó por el 11-S. Matthews es uno de los miles de profesores del sistema de educación pública de Nueva York que ven cómo la memoria se difumina con el paso de las generaciones. Pero otro sobrino, algo mayor, sabe bien qué ocurrió. Incluso conoce la historia del 'hombre con la bandana roja': la de Welles Crowther, aquel joven que ayudó a salvar 18 vidas en la Torre Sur, que se protegía del humo con un pañuelo rojo y que murió en la tragedia.
«Hay muchachos que prestan atención y que saben qué pasó. Para otros, es algo del pasado», explica Matthews, a quien los ataques le pillaron en el Midtown de Manhattan. Se emociona cuando recuerda la caminata de vuelta a casa de miles de personas, sin transporte público, entre el pánico, los lloros y los cazas de combate que sobrevolaban el cielo. A su esposa todavía le afectó más: trabajaba en uno de los siete edificios del World Trade Center, pero pudo escapar ilesa.
El olvido generacional es irremediable. Cada vez más estadounidenses ven al 11-S como a Pearl Harbor, una tragedia del pasado. «Pero la memoria del 11-S ha sido utilizada casi en exclusiva para alimentar guerras, diseminar odio y profundizar el ultranacionalismo», opina Matthews. «Quizá es bueno que se apague en la memoria de la gente».
«Todo estaba teñido de blanco y los escombros tenían la altura de un edificio de siete pisos». Ese es el paisaje que Mike Kelly se encontró al llegar a la Zona Cero el 11 de septiembre. Kelly era y es un reportero en New Jersey, al otro lado del río Hudson. Consiguió meterse en un barco remolcador con policías y personal de emergencia y llegar al lugar del desastre. La primera imagen que recuerda es la de los bomberos, cubiertos de ceniza, gateando por las ruinas, tratando de encontrar a supervivientes.
El nexo común de quienes pasaron por la tragedia es el de la «humanidad compartida», asegura. «La mayoría de la gente que murió eran personas normales, iban a la oficina. No eran soldados. El impacto fue mayor porque mucha gente que murió era gente como tú y yo».
Desde entonces, ha dedicado parte de sus esfuerzos a contar sus historias y las heridas que siguen abiertas en ellos: un tercio de los muertos sigue sin identificar, sin que sus familiares hayan podido enterrarlos; «tampoco sabemos cuántos han muerto exactamente» como consecuencia de exposición a gases nocivos en la Zona Cero; y queda mucho por saber sobre quién propició los ataques. Kelly es el autor de 'Tras la Zona Cero, los estadounidenses comunes y las cicatrices no sanadas del 11-S', en el que recoge su trabajo periodístico alrededor de la tragedia.
Ahora, mirando a la Zona Cero, desde la iglesia ortodoxa que quedó derribada -y después reconstruida por el arquitecto español Santiago Calatrava- recuerda los dos elementos que no puede olvidar de aquellas primeras horas tras los ataques: «El silencio y el olor a muerte».
La artista española Elena del Rivero estaba afincada en Nueva York el 11 de septiembre. De hecho, su casa y estudio estaban delante de la Torre Sur. Pero cuando se produjeron los ataques ella estaba en Madrid, presentando una exposición. «Lo vi por la tele», dice ahora desde una calle del East Village. «Después de eso no recuerdo nada, me caí y me llevaron a algún sitio». Su edificio formó parte de la devastación del 11-S. Cuando pudo regresar, dos meses después, se encontró todo invadido de polvo, escombro y restos del derrumbe.
«Lo que hice fue traducir la destrucción en mi trabajo», cuenta Del Rivero, que ahora expone obra con objetos encontrados y con parte de su creación vinculada al 11-S en LOT-EK, un estudio de arquitectura en el East Village. Durante ocho meses, sacó toda la escombrera y todos los objetos que el atentado metió en su estudio. Con ellos formó su Archivo del Polvo y obras como 'A Chant', en la que convirtió los más de tres mil folios que encontró en una gran instalación.
«Llegué a dormir encima del polvo del 11-S», rememora sobre todo los materiales que sacó de su estudio y almacenó en su nueva casa. El proceso fue «catártico», «creando de la destrucción, muy bíblico». También fue doloroso, pero Del Rivero no quiere hablar de eso: «Éticamente, me resulta imposible decir lo que sufrí cuando veo ahora el genocidio en Gaza».
La artista, tras cuarenta años en Nueva York, se vuelve a España. La unidad que surgió del 11-S «se perdió, el pueblo americano nunca ha estado más dividido». Su obra dialoga con la memoria colectiva de los atentados y, ahora que llegamos al 25 aniversario, Del Rivero considera que ha envejecido mal. «No aprendemos. Lo dijo Hannah Arendt: somos seres destructores».
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