En los mapas parece apenas una rendija de agua entre desiertos, pero por ese estrecho corredor pasa cada día una porción gigantesca de la energía que mueve al planeta. Tan estrecho que en algunos tramos los barcos navegan en carriles marítimos de apenas unos kilómetros, vigilados constantemente por radares, drones y flotas militares. Desde hace décadas, cualquier tensión en ese punto del Golfo Pérsico ha sido capaz de sacudir los precios del petróleo en cuestión de minutos.
Imagina si plantaran minas.
Una guerra también en el mar. Mientras los bombardeos y los misiles concentran la atención sobre el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán, una batalla paralela ha comenzado a desarrollarse en el Golfo Pérsico. Desde el inicio de la guerra, los servicios de inteligencia estadounidenses detectaron indicios de que Teherán podría intentar alterar el tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz mediante el despliegue de minas navales y pequeñas embarcaciones rápidas.
La amenaza es lo suficientemente seria como para haber desencadenado advertencias públicas de Washington y operaciones militares preventivas contra barcos iraníes sospechosos de participar en esas maniobras. En este contexto, el control de ese estrecho corredor marítimo se ha convertido en uno de los puntos estratégicos más delicados del conflicto, porque cualquier perturbación allí tiene repercusiones inmediatas sobre el suministro energético global.
En Xataka
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El estrecho, la artería energética global. Qué duda cabe, la tensión se explica por el papel central que juega Ormuz en el sistema energético mundial. Por este estrecho de apenas unas decenas de kilómetros circula aproximadamente una quinta parte del petróleo que consume el planeta, además de una proporción similar del comercio internacional de gas natural licuado.
Cada día lo atraviesan en condiciones normales cerca de veinte millones de barriles de crudo procedentes de los países productores del Golfo rumbo a Asia, Europa y América. Potencias como China, India, Japón o Corea del Sur dependen en gran medida de este paso para asegurar su suministro energético, lo que convierte cualquier amenaza en estas aguas en un problema global inmediato. No es casual que incluso rumores o incidentes menores en la zona provoquen reacciones inmediatas en los mercados del petróleo.
La nueva guerra. En ese escenario ha comenzado una nueva fase del conflicto: la de los petroleros navegando entre el riesgo de minas capaces de sacudir las economías del planeta. Informes de inteligencia estadounidenses indican que Irán ha empezado a desplegar decenas de estos explosivos en el estrecho y mantiene intacta la mayor parte de su flota de pequeñas embarcaciones capaces de sembrar cientos más en poco tiempo. La Guardia Revolucionaria controla gran parte de la zona junto a la marina iraní y dispone de una combinación de lanchas rápidas, barcos minadores, drones y baterías de misiles costeros que pueden convertir el paso marítimo en una trampa para la navegación.
El objetivo no sería necesariamente hundir grandes cantidades de barcos, que también, sino crear suficiente incertidumbre como para paralizar el tráfico energético global, elevar los costes de transporte y desencadenar un shock en los mercados internacionales. En otras palabras, una mina bien colocada en estas aguas puede tener un impacto económico que va mucho más allá del buque que la golpee.
Primeros choques. Ante dicha amenaza, Washington ha optado por actuar antes de que el despliegue de minas alcance una escala mayor. El ejército estadounidense ha confirmado (con vídeos incluido) hace unas horas la destrucción de al menos dieciséis embarcaciones iraníes implicadas en operaciones de minado cerca del estrecho, en lo que responsables estadounidenses describen como ataques preventivos basados en inteligencia sobre los planes operativos de Teherán.
Estas acciones buscan impedir que Irán convierta el estrecho en una zona prácticamente cerrada a la navegación antes de que el despliegue de explosivos se multiplique. Al mismo tiempo, la Casa Blanca ha advertido que cualquier intento de bloquear el flujo de petróleo provocará una respuesta militar mucho más contundente que las operaciones realizadas hasta ahora.
El petróleo atrapado y los mercados en pánico. Las consecuencias económicas ya empiezan a hacerse visibles. Desde el inicio de la guerra, el tránsito de petróleo desde el Golfo ha quedado seriamente alterado, con millones de barriles diarios que no pueden abandonar la región con normalidad. Países como Irak o Kuwait dependen casi exclusivamente de esta ruta para exportar su crudo, lo que amplifica el impacto potencial de cualquier interrupción.
Las empresas energéticas han comenzado a desviar buques o a buscar rutas alternativas, mientras Arabia Saudí intenta compensar parte del problema aumentando el uso de su oleoducto hacia el mar Rojo. En paralelo, la Agencia Internacional de la Energía estudia una liberación masiva de reservas estratégicas para contener el impacto de la crisis energética.
Unos pocos kilómetros para sacudir el mundo. La fragilidad de la situación se explica también por la geografía del propio enclave. En su punto más estrecho apenas tiene 34 kilómetros de ancho y los carriles de navegación por los que circulan los buques apenas superan los tres kilómetros en cada dirección. Esa estrechez convierte el lugar en un punto extremadamente vulnerable a minas, ataques con drones o misiles costeros.
No es la primera vez que ocurre, de hecho, ya que como contamos, durante la llamada “guerra de los petroleros” en los años ochenta Irán ya utilizó minas en estas mismas aguas para presionar a sus adversarios durante el conflicto con Irak. La historia, por tanto, sugiere que este tipo de tácticas pueden ser sorprendentemente eficaces para desestabilizar el comercio mundial.
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Un golpe planetario. La sensibilidad extrema de los mercados energéticos a cualquier noticia procedente de Ormuz quedó plenamente demostrada hace muy poco, cuando un mensaje erróneo en redes sociales sugirió que la marina estadounidense había escoltado con éxito un petrolero a través del estrecho. El simple rumor provocó un desplome inmediato de los precios del crudo y una sacudida en los mercados financieros antes de que las autoridades aclararan que tal operación no había ocurrido.
El episodio ilustra hasta qué punto el mundo observa cada movimiento en estas aguas con nerviosismo. En un sistema energético global tan dependiente de unos pocos corredores estratégicos, la amenaza de minas en el estrecho de Ormuz ha abierto una nueva dimensión de la guerra: una en la que el destino de la economía mundial puede depender de un corredor marítimo de apenas unos kilómetros de ancho.
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La noticia
Irán está plantando minas marítimas en Ormuz. Y lo que amenaza con saltar por los aires no son barcos: es la economía mundial
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Xataka
por
Miguel Jorge
.
Irán está plantando minas marítimas en Ormuz. Y lo que amenaza con saltar por los aires no son barcos: es la economía mundial
La amenaza ha abierto una nueva dimensión de la guerra: una en la que el destino de la economía mundial puede depender de unos kilómetros de ancho
En los mapas parece apenas una rendija de agua entre desiertos, pero por ese estrecho corredor pasa cada día una porción gigantesca de la energía que mueve al planeta. Tan estrecho que en algunos tramos los barcos navegan en carriles marítimos de apenas unos kilómetros, vigilados constantemente por radares, drones y flotas militares. Desde hace décadas, cualquier tensión en ese punto del Golfo Pérsico ha sido capaz de sacudir los precios del petróleo en cuestión de minutos.
Una guerra también en el mar. Mientras los bombardeos y los misiles concentran la atención sobre el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán, una batalla paralela ha comenzado a desarrollarse en el Golfo Pérsico. Desde el inicio de la guerra, los servicios de inteligencia estadounidenses detectaron indicios de que Teherán podría intentar alterar el tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz mediante el despliegue de minas navales y pequeñas embarcaciones rápidas.
La amenaza es lo suficientemente seria como para haber desencadenado advertencias públicas de Washington y operaciones militares preventivas contra barcos iraníes sospechosos de participar en esas maniobras. En este contexto, el control de ese estrecho corredor marítimo se ha convertido en uno de los puntos estratégicos más delicados del conflicto, porque cualquier perturbación allí tiene repercusiones inmediatas sobre el suministro energético global.
El estrecho, la artería energética global. Qué duda cabe, la tensión se explica por el papel central que juega Ormuz en el sistema energético mundial. Por este estrecho de apenas unas decenas de kilómetros circula aproximadamente una quinta parte del petróleo que consume el planeta, además de una proporción similar del comercio internacional de gas natural licuado.
Cada día lo atraviesan en condiciones normales cerca de veinte millones de barriles de crudo procedentes de los países productores del Golfo rumbo a Asia, Europa y América. Potencias como China, India, Japón o Corea del Sur dependen en gran medida de este paso para asegurar su suministro energético, lo que convierte cualquier amenaza en estas aguas en un problema global inmediato. No es casual que incluso rumores o incidentes menores en la zona provoquen reacciones inmediatas en los mercados del petróleo.
La nueva guerra. En ese escenario ha comenzado una nueva fase del conflicto: la de los petroleros navegando entre el riesgo de minas capaces de sacudir las economías del planeta. Informes de inteligencia estadounidenses indican que Irán ha empezado a desplegar decenas de estos explosivos en el estrecho y mantiene intacta la mayor parte de su flota de pequeñas embarcaciones capaces de sembrar cientos más en poco tiempo. La Guardia Revolucionaria controla gran parte de la zona junto a la marina iraní y dispone de una combinación de lanchas rápidas, barcos minadores, drones y baterías de misiles costeros que pueden convertir el paso marítimo en una trampa para la navegación.
El objetivo no sería necesariamente hundir grandes cantidades de barcos, que también, sino crear suficiente incertidumbre como para paralizar el tráfico energético global, elevar los costes de transporte y desencadenar un shock en los mercados internacionales. En otras palabras, una mina bien colocada en estas aguas puede tener un impacto económico que va mucho más allá del buque que la golpee.
Primeros choques. Ante dicha amenaza, Washington ha optado por actuar antes de que el despliegue de minas alcance una escala mayor. El ejército estadounidense ha confirmado (con vídeos incluido) hace unas horas la destrucción de al menos dieciséis embarcaciones iraníes implicadas en operaciones de minado cerca del estrecho, en lo que responsables estadounidenses describen como ataques preventivos basados en inteligencia sobre los planes operativos de Teherán.
Estas acciones buscan impedir que Irán convierta el estrecho en una zona prácticamente cerrada a la navegación antes de que el despliegue de explosivos se multiplique. Al mismo tiempo, la Casa Blanca ha advertido que cualquier intento de bloquear el flujo de petróleo provocará una respuesta militar mucho más contundente que las operaciones realizadas hasta ahora.
El petróleo atrapado y los mercados en pánico. Las consecuencias económicas ya empiezan a hacerse visibles. Desde el inicio de la guerra, el tránsito de petróleo desde el Golfo ha quedado seriamente alterado, con millones de barriles diarios que no pueden abandonar la región con normalidad. Países como Irak o Kuwait dependen casi exclusivamente de esta ruta para exportar su crudo, lo que amplifica el impacto potencial de cualquier interrupción.
Las empresas energéticas han comenzado a desviar buques o a buscar rutas alternativas, mientras Arabia Saudí intenta compensar parte del problema aumentando el uso de su oleoducto hacia el mar Rojo. En paralelo, la Agencia Internacional de la Energía estudia una liberación masiva de reservas estratégicas para contener el impacto de la crisis energética.
Unos pocos kilómetros para sacudir el mundo. La fragilidad de la situación se explica también por la geografía del propio enclave. En su punto más estrecho apenas tiene 34 kilómetros de ancho y los carriles de navegación por los que circulan los buques apenas superan los tres kilómetros en cada dirección. Esa estrechez convierte el lugar en un punto extremadamente vulnerable a minas, ataques con drones o misiles costeros.
No es la primera vez que ocurre, de hecho, ya que como contamos, durante la llamada “guerra de los petroleros” en los años ochenta Irán ya utilizó minas en estas mismas aguas para presionar a sus adversarios durante el conflicto con Irak. La historia, por tanto, sugiere que este tipo de tácticas pueden ser sorprendentemente eficaces para desestabilizar el comercio mundial.
Un golpe planetario. La sensibilidad extrema de los mercados energéticos a cualquier noticia procedente de Ormuz quedó plenamente demostrada hace muy poco, cuando un mensaje erróneo en redes sociales sugirió que la marina estadounidense había escoltado con éxito un petrolero a través del estrecho. El simple rumor provocó un desplome inmediato de los precios del crudo y una sacudida en los mercados financieros antes de que las autoridades aclararan que tal operación no había ocurrido.
El episodio ilustra hasta qué punto el mundo observa cada movimiento en estas aguas con nerviosismo. En un sistema energético global tan dependiente de unos pocos corredores estratégicos, la amenaza de minas en el estrecho de Ormuz ha abierto una nueva dimensión de la guerra: una en la que el destino de la economía mundial puede depender de un corredor marítimo de apenas unos kilómetros de ancho.