En algún momento, luego de haber escrito y publicado su primer libro —'Los cazadores' (1957), bajo el alias de James Salter para así evitarse problemas con sus superiores—, el capitán y piloto de la Fuerza Aérea norteamericana James Arnold Horowitz decidió que ya ... era hora de decir adiós al uniforme para enrolarse en la carrera literaria.
Menos peligrosa pero igualmente arriesgada, sí, aunque este cambio no implicase el dejar de subir más allá de las nubes.
Porque, sí, Salter (Nueva Jersey, 1925-2015) no demoró en ser reconocido y justamente celebrado —más por sus más ilustres colegas que por una gran masa de lectores— como el mejor conjugador del verbo volar desde Antoine de Saint-Exupery.
Y, sí, la prosa de Salter, más allá de que cambiase de territorio pero nunca de intensidad —ya fuese en la horizontal de lecho sensual en 'Juego y distracción', o en la verticalidad de montañas en 'En solitario', o en la caída libre en cámara lenta de un matrimonio en 'Años luz', o todo eso al mismo tiempo en 'Todo lo que hay' y las pequeñas y grandes tragedias que suelen planear en sus relatos—, jamás perdió del todo esa calidez metálica de un jet en el frío y más alto aire.
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Experiencia a la que volvería ya veterano en su magistral y memoriosa 'Quemar los días', de 1997, y en la recopilación aerodinámica 'Gods of Tin: The Flying Years', de 2004, y en la que, antes, reincidiría en esta: su opus 2.
Novela originalmente publicada en 1961 con el título de 'The Arm of Flesh' y —porque en más de una ocasión reconoció que no le gustaba— reescrita a fondo en el 2012 y rebautizada como 'Cassada' para volver a poner en práctica, con más y mayor experiencia, eso que, explicó, era ni más ni menos que «juntar palabras: me gusta frotar a las palabras entre ellas, como si las tuviera en una mano cerrada. Sentirlas dar la vuelta, chocar, y después elegir nada más que a las mejores».
Eslabón perdido entre el 'Mientras agonizo' y el 'Todos los pilotos muertos' de Faulkner y el 'Testimonio de un piloto' de Barry Hannah
Y 'Cassada' ya no en su primer formato de polifónico-modernista mosaico de voces en primera persona, sino revisitada por una omnisciente y más hemingwayana-dialogada tercera (y funcionando un poco como eslabón perdido entre el 'Mientras agonizo' y el 'Todos los pilotos muertos', de William Faulkner, y el 'Testimonio de un piloto' y el 'Incluso Groenlandia', de Barry Hannah) narra la llegada a base norteamericana en Alemania y entrenamiento y trágico final del teniente Robert Cassada. Un joven y no muy dotado piloto portorriqueño de combate entre guerras y perfecto 'outsider' para sus compañeros de escuadrón e, incluso, sus esposas.
Y flota aquí un curioso perfume Y.A. que recuerda un poco tanto a las crónicas cuarteleras de Isak Babel como a las epifanías iniciáticas de S. H. Hinton con un Cassada ganándose las alas de su leyenda sólo después de esa maniobra definitiva: estrellarse.
A esta posteridad Salter reserva su prosa más lírica y evocativa y —en perspectiva, aunque revisado y revisitado— aquí carretea el momento en que Salter se ajustó el cinturón y desplegó su alas.
Y despegó para salir y seguir volando y hacernos volar con él.
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