Japón lleva décadas elevando la limpieza a una cuestión casi competitiva. No es baladí, ya que incluso organizan campeonatos oficiales de recogida de basura en la calle, donde equipos compiten por quién deja el entorno más impecable. En un país donde hay iniciativas que convierten el civismo en deporte, la relación con los residuos no es un detalle menor, sino una expresión profunda de cómo se entiende el espacio público y la responsabilidad individual.
Y, sin embargo, la llegada de hordas de turistas ha revelado una paradoja.
Un país limpio sin papeleras. Sí, Japón lleva décadas sorprendiendo al mundo por una paradoja que desconcierta a cualquiera que lo visita por primera vez: calles impecables, estaciones relucientes y, al mismo tiempo, casi ningún cubo de basura a la vista.
Esta ausencia no es un fallo del sistema, sino una consecuencia directa de una cultura que evita comer caminando, prioriza llevarse los residuos a casa y asume de forma individual la responsabilidad de no ensuciar el espacio público. Para la población local, comprar algo en un konbini o en una máquina expendedora implica ya tener un plan mental para gestionar el envoltorio, una rutina tan interiorizada que hace innecesarias las papeleras en la calle.
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Cubos de basura, pero humanos. El problema aparece cuando ese ecosistema cultural choca con el turismo masivo. Con decenas de millones de visitantes al año, Japón se ha llenado de viajeros que comen sobre la marcha, compran bebidas virales y snacks “instagrameables” y, al terminar, descubren que no hay dónde tirar nada.
El resultado es una imagen tan absurda como reveladora: hordas de turistas convertidos en cubos de basura humanos, caminando kilómetros con vasos, envoltorios y botellas en los bolsillos, mochilas o bolsas improvisadas. Las encuestas oficiales lo confirman: para los visitantes, la falta de papeleras es ya el principal problema logístico del viaje, por encima del idioma o las multitudes.
Normas locales, hábitos ajenos. La fricción no se debe solo a la ausencia física de cubos, sino a una diferencia profunda de hábitos. En Japón está mal visto comer mientras se camina y, en algunas ciudades, directamente está prohibido.
La comida “para llevar” se lleva, efectivamente, a casa o al trabajo. Los turistas, en cambio, consumen en la calle y esperan encontrar una infraestructura similar a la de sus países de origen. Cuando no la hay, el sistema se resiente: papeleras escasas que se desbordan, residuos abandonados en rincones discretos y una tensión creciente entre la cortesía tradicional japonesa y la realidad de un turismo que no siempre sabe (o puede) adaptarse.
Seguridad, costes y un trauma. A esta ecuación se suma un factor menos visible pero decisivo: la seguridad. Tras el atentado con gas sarín de la secta Aum Shinrikyo en el metro de Tokio en 1995, muchas papeleras fueron retiradas por temor a que se usaran para ocultar explosivos, una lógica que también explica por qué las pocas que existen suelen llevar bolsas transparentes.
A ello se añaden los costes de mantenimiento y las estrictas normas municipales sobre el espacio público. El resultado ha sido un paisaje urbano deliberadamente desprovisto de cubos, incluso cuando el contexto social que lo sostenía ha cambiado radicalmente.
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Ciudades que empiezan a ceder. En cualquier caso, contaba el Wall Street Journal en un reportaje que la continua presión del turismo está obligando a algunas ciudades a replantearse el dogma. En lugares especialmente saturados, como barrios céntricos de Tokio o parques históricos con gran afluencia, han empezado a aparecer las llamadas papeleras “inteligentes”, a veces con mensajes en inglés, sensores o sistemas de compactación.
Otras iniciativas rozan lo surrealista, sobre todo para el “extranjero” sin contexto alguno, como estudiantes que pasean con cubos de basura a la espalda para recoger residuos a cambio de donaciones o publicidad. Dicho esto, se trata más bien de parches creativos a un choque cultural más profundo: Japón, en realidad, no ha cambiado su idea de limpieza, pero el mundo ha llegado en masa y sin aviso, y ahora millones de visitantes recorren el país cargando su basura encima, descubriendo que en el lugar más ordenado del planeta… el cubo son ellos.
Imagen | Pexels, Corpse Reviver
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La noticia
Japón tiene oficialmente un problema con las hordas de turistas: se han convertido en cubos de basura humanos
fue publicada originalmente en
Xataka
por
Miguel Jorge
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Japón tiene oficialmente un problema con las hordas de turistas: se han convertido en cubos de basura humanos
Los visitantes recorren el país cargando su basura encima, descubriendo que en el lugar más ordenado del planeta, el cubo son ellos
Japón lleva décadas elevando la limpieza a una cuestión casi competitiva. No es baladí, ya que incluso organizan campeonatos oficiales de recogida de basura en la calle, donde equipos compiten por quién deja el entorno más impecable. En un país donde hay iniciativas que convierten el civismo en deporte, la relación con los residuos no es un detalle menor, sino una expresión profunda de cómo se entiende el espacio público y la responsabilidad individual.
Y, sin embargo, la llegada de hordas de turistas ha revelado una paradoja.
Un país limpio sin papeleras. Sí, Japón lleva décadas sorprendiendo al mundo por una paradoja que desconcierta a cualquiera que lo visita por primera vez: calles impecables, estaciones relucientes y, al mismo tiempo, casi ningún cubo de basura a la vista.
Esta ausencia no es un fallo del sistema, sino una consecuencia directa de una cultura que evita comer caminando, prioriza llevarse los residuos a casa y asume de forma individual la responsabilidad de no ensuciar el espacio público. Para la población local, comprar algo en un konbini o en una máquina expendedora implica ya tener un plan mental para gestionar el envoltorio, una rutina tan interiorizada que hace innecesarias las papeleras en la calle.
Cubos de basura, pero humanos. El problema aparece cuando ese ecosistema cultural choca con el turismo masivo. Con decenas de millones de visitantes al año, Japón se ha llenado de viajeros que comen sobre la marcha, compran bebidas virales y snacks “instagrameables” y, al terminar, descubren que no hay dónde tirar nada.
El resultado es una imagen tan absurda como reveladora: hordas de turistas convertidos en cubos de basura humanos, caminando kilómetros con vasos, envoltorios y botellas en los bolsillos, mochilas o bolsas improvisadas. Las encuestas oficiales lo confirman: para los visitantes, la falta de papeleras es ya el principal problema logístico del viaje, por encima del idioma o las multitudes.
Normas locales, hábitos ajenos. La fricción no se debe solo a la ausencia física de cubos, sino a una diferencia profunda de hábitos. En Japón está mal visto comer mientras se camina y, en algunas ciudades, directamente está prohibido.
La comida “para llevar” se lleva, efectivamente, a casa o al trabajo. Los turistas, en cambio, consumen en la calle y esperan encontrar una infraestructura similar a la de sus países de origen. Cuando no la hay, el sistema se resiente: papeleras escasas que se desbordan, residuos abandonados en rincones discretos y una tensión creciente entre la cortesía tradicional japonesa y la realidad de un turismo que no siempre sabe (o puede) adaptarse.
Seguridad, costes y un trauma. A esta ecuación se suma un factor menos visible pero decisivo: la seguridad. Tras el atentado con gas sarín de la secta Aum Shinrikyo en el metro de Tokio en 1995, muchas papeleras fueron retiradas por temor a que se usaran para ocultar explosivos, una lógica que también explica por qué las pocas que existen suelen llevar bolsas transparentes.
A ello se añaden los costes de mantenimiento y las estrictas normas municipales sobre el espacio público. El resultado ha sido un paisaje urbano deliberadamente desprovisto de cubos, incluso cuando el contexto social que lo sostenía ha cambiado radicalmente.
Ciudades que empiezan a ceder. En cualquier caso, contaba el Wall Street Journal en un reportaje que la continua presión del turismo está obligando a algunas ciudades a replantearse el dogma. En lugares especialmente saturados, como barrios céntricos de Tokio o parques históricos con gran afluencia, han empezado a aparecer las llamadas papeleras “inteligentes”, a veces con mensajes en inglés, sensores o sistemas de compactación.
Otras iniciativas rozan lo surrealista, sobre todo para el “extranjero” sin contexto alguno, como estudiantes que pasean con cubos de basura a la espalda para recoger residuos a cambio de donaciones o publicidad. Dicho esto, se trata más bien de parches creativos a un choque cultural más profundo: Japón, en realidad, no ha cambiado su idea de limpieza, pero el mundo ha llegado en masa y sin aviso, y ahora millones de visitantes recorren el país cargando su basura encima, descubriendo que en el lugar más ordenado del planeta… el cubo son ellos.