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José Luis Guerín: «No sé qué es Netflix, yo sigo teniendo adición a la pantalla blanca»

José Luis Guerín: «No sé qué es Netflix, yo sigo teniendo adición a la pantalla blanca»
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«Me siento bien en los márgenes», afirma el maestro del documental, que en 'Historias del buen valle' encierra el mundo en un barrio de las afueras de Barcelona

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José Luis Guerín en el rodaje de 'Historias del buen valle' en Vallbona, un barrio del extrarradio de Barcelona. Óscar Fernández Orengo José Luis Guerín: «No sé qué es Netflix, yo sigo teniendo adición a la pantalla blanca»

«Me siento bien en los márgenes», afirma el maestro del documental, que en 'Historias del buen valle' encierra el mundo en un barrio de las afueras de Barcelona

Oskar Belategui

Bilbao

Miércoles, 11 de febrero 2026, 11:51

... valle', Premio Especial del Jurado en San Sebastián, sigue atento a la realidad, rodando con permeabilidad y abordando una transformación urbana, fascinado siempre por el paisaje humano. El filme, en cines desde el 13 de febrero, encierra el mundo en Vallbona, un barrio de las afueras de Barcelona, encajonado entre autopistas y el río Besós, que creció, huérfano de planes urbanísticos, con los emigrantes de aluvión que llegaron del sur de España en los años del desarrollismo. Hoy esos emigrantes vienen de más lejos (se escuchan 14 idiomas en la película) y los huertos y descampados están amenazados por las obras del tren de alta velocidad.

–No podría rodar entonces una película sobre Donald Trump.

–No. Sería posible filmar las consecuencias de sus políticas en las personas que aprecio. Y la comunidad de vecinos que protagoniza mi película serían las primeras víctimas de la política de exclusión de estos nacionalismos que crecen en todo el mundo.

Tráiler de 'Historias del buen valle'.

–Cuando planta su cámara en Vallbona durante dos años y medio, ¿a qué espera?

–Siempre a la revelación, que es casi un mito religioso, pero que la tengo muy interiorizada. Es un sentimiento vivo que me lleva a hacer las películas. Creo que la realidad es muy generosa, si sabes pactar con ella nunca te decepciona. Acudo a la realidad con una cierta predisposición a descubrir algo que en primera instancia me va a cambiar a mí, un hallazgo que desearé compartir con el espectador. A diferencia de otros compañeros que hacen películas para ilustrar una tesis o denunciar algo, mi predisposición es otra. Si llevo el discurso aprendido de antemano pierdo el deseo de hacer la película. Quiero descubrir algo que me trascienda, por eso evito el guion cerrado.

–¿Y cuándo sabe que ha acabado?

–Una película es ante todo una composición, cuando estás en ella hay signos que te señalan cómo tiene que ser el final. Está en su propia lógica, sucede igual en un poema, un cuadro o una pieza de música. El principio está lleno de tanteos e incertidumbres, pero después el propio trabajo te dicta cómo evoluciona y se cierra.

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Vecinos de Vallbona en el documental. Óscar F. Orengo

–¿Siguen las huertas y descampados en Vallbona?

–En la actualidad hay trincheras que recuerdan al Vietnam de los años 60. Unas obras que se van prolongar ocho años. Lo que pasará después, si Vallbona podrá resistir la presión urbanística, es un enigma. Tengo la intuición de que he filmado un fin de ciclo. Es un barrio siempre 'work in progress', buscando aún su identidad. Fíjate si es invisible, que los carteles de 'Bienvenido a Barcelona' están después del barrio.

–Un barrio que se formó con emigrantes del sur de España y en el que ahora vive gente de África, Sudamérica...

–Desde siempre la periferia ha acogido esas olas migratorias de personas que lo tienen muy difícil para vivir en el centro de la ciudad. El precio disparatado de las viviendas y los alquileres inviables también ha empujado hasta allí a muchos vecinos. La emigración global de nuestro siglo convierte ese barrio tan pequeñito en un eco del mundo entero. Puedes ver en él las tensiones de nuestro presente. Es un reto como cineasta: partir de una realidad local para conseguir una perspectiva universal.

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Uno de los rincones de Vallbona.

–¿No muestra una visión demasiado idílica? Seguro que hay conflictos de convivencia entre gente de culturas tan dispares.

–Muchos. Vallbona es una ciudad dormitorio porque la gente trabaja en el centro. Y eso conlleva la soledad de las personas mayores, genera suicidios. Todo está en la película. Y hay payeses catalanes hablando con desprecio de los extranjeros que tienen huertos ilegales en la vía del tren. Late el racismo. Vallbona es un laboratorio social interesante. A diferencia de la 'banlieue' francesa, guetos de una sola comunidad, aquí vive una multiculturalidad: musulmanes, latinoamericanos, paquitaníes, gitanos, portugueses... De ahí el tono arcádico de las escenas en el río, el espacio donde conviven todos.

–La memoria y el paso del tiempo siguen siendo los grandes temas de su filmografía.

–Eso los veis más claro vosotros, tenéis más perspectiva. Quisiera evitar una mirada nostálgica. En esta película celebro la yuxtaposición de miradas diversas, no solo me interesa el pasado, sino la nueva identidad que se está gestando, a dónde apunta la nueva ciudad.

La perspectiva justa

–Se cumplen 25 años de 'En construcción'. ¿Pensaba cuando la hizo que iba a resultar tan influyente?

–En absoluto. Uno se debe a su propio camino, unas veces es un camino muy solitario y otras te encuentras en una autopista muy concurrida. Esa película aparece en el epicentro del gran bum de la construcción, con todos los conflictos que conllevó la crisis, la burbuja inmobiliaria... Yo solo traté de ser lo más justo posible con las imágenes.

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El río como una Arcadia donde conviven los vecinos en verano. Óscar F. Orengo

–'Historias del buen valle' está dedicada a Jonas Mekas, que sostenía: «La belleza está en todas partes, solo necesitamos aprender a verla».

–Exacto. 'En construcción' e 'Historias del buen valle' parten de un encargo que acepté porque me dieron libertad para encontrar la perspectiva justa.

–¿Se ve como un resistente en el cine actual?

–Desde que tengo uso de razón oigo hablar de la muerte del cine. Los síntomas son alarmantes, es verdad. Desde la pandemia no ha parado de bajar la cifra de espectadores. Yo nunca me he mirado en el espejo de los cineastas que triunfan en la gran industria, mis referentes eran otros, que en los márgenes habían encontrado una forma de expresión personal que me resultaba más próxima y atractiva. No quiero ejercer de cineasta llorón, estoy bien en mi espacio. El cine acomodado en las zonas de confort es el menos interesante en términos de resultado.Yo me siento bien en los márgenes, no sabría vivir en el centro de la industria con todo lo que conlleva.

–No veo al algoritmo de Netflix recomendando 'Historias del buen valle'.

–Tú lo sabrás mejor que yo porque no sé qué es Netflix. Sigo siendo un espectador de pantalla de cine, voy todas las semanas a las cuatro de la tarde, cuando hay poca gente y está tranquilo. Evito los eventos, las galas, las premieres. Y sigo teniendo la adicción a la pantalla blanca. Los instantes más deliciosos son esos momentos previos a la proyección, como el que está frente a la hoja en blanco, y todas las imágenes y películas son posibles. Luego la gran revelación nunca llega, pero esos instantes previos nunca te hacen perder la tensión.

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Fuente original: Leer en Diario Sur - Ultima hora
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