El día de Reyes del año 1744 vino al mundo en Gijón el primer político moderno genuinamente español. Merece la pena recordar su nombre completo, para no dejar lugar a dudas: Baltasar Melchor Gaspar María de Jove Llanos y Ramírez de Miranda.
Como nos ... recuerda Benigno Pendás en esta biografía magnífica de un personaje decisivo en el nacimiento de la nación española, que no pierde jamás -y era muy difícil lograrlo- la escala difícil y misteriosa de la persona, lo llamaron 'Parín' o 'Gasparín' en su juventud. Prefirió luego 'Gaspar' o 'Gaspar Melchor» y, cuando acumuló edad, dignidad y gobierno, el trato respetuoso y obligado optó por un lacónico 'Don Gaspar'.
Cada generación de estudiosos de la historia de las ideas políticas en España y también de la América hispana se ha enfrentado a la necesidad y el reto de tener su «Jovellanos» particular. Pues con toda justicia, nunca mejor dicho en su caso, quien quiera descifrar la transición de la nación imperial española (sí, la de ambas orillas del Atlántico, no los fragmentos esparcidos desde el siglo XIX), hacia formas políticas sofisticadas, se topa con él.
Las ocho partes en que está dividido el volumen siguen una cronología no solo pertinente, sino necesaria, ante el océano de materiales que configuran el Jovellanismo, realmente una religión política asociada al alumbramiento del liberalismo hispano. La larga introducción bibliográfica e historiográfica encuadra al personaje, que escapa por su complejidad de los habituales estereotipos hispanos del fracaso y el resentimiento. Hasta su derrota, prisión y muerte trágica, huyendo del criminal Napoleón, se muestra un Jovellanos vital, íntegro, convencido de quién es y lo que representa.
También nos muestra el autor un ser humano extraordinario, original en sus ideas y ajeno a componendas y corrupciones. Con un personaje laberíntico como este, reflejado en retratos como el magistral que le dedicó Goya en 1798, el brazo izquierdo apoyado en los legajos sobre la mesa, el derecho sosteniendo una cuartilla que alude a la autoría de la propia obra de arte, nos podemos imaginar un itinerario de muchas horas de estudio y trabajo incesante.
Ciertamente así fue, pero queda claro que Jovellanos también fue sociable, seductor, tuvo grandes amigos, disfrutó de academias y tertulias y fue hombre de fe católica y espíritu moderado. En 1801, cuando fue detenido en su Asturias natal por instigación de una venganza política que le condenó a la prisión en Mallorca, ordenaron «que nadie hablase con él en el camino».
Lo odiaban mucho y lo conocían bien quienes organizaron su destierro, con la sombra de Godoy y el régimen carcomido del despotismo ministerial al fondo. Hasta llegar allí, hay un despliegue de vitalidad que lleva a un hidalgo asturiano con vocación jurídica a años felices en Sevilla como alcalde del crimen de la real audiencia; al triunfo en la sinuosa corte madrileña de las reformas borbónicas, y a un ministerio de justicia fugaz en 1797, recién cumplidos los 54 años.
«Darse prisa en hacer el bien», señaló entonces en sus diarios. Lo que siguió, narrado por Pendás de modo admirable, fue la historia de una incorruptibilidad. Pues Jovellanos no se vendió ni a los franceses invasores ni a los traidores locales que les sirvieron. La muerte en noviembre de 1810, de «una ejecutiva pulmonía», en angustiosa huida -otra vez- de los invasores, bien lo sabemos, concluyó una vida y comenzó un mito.
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