Este próximo otoño va a estar bien subrayado en el calendario artístico de Juana González (Puertollano, Ciudad Real, 1972). Coincidiendo con Apertura, inaugura ahora una exposición individual en Arma Gallery bajo el título 'Manos de hacer', y pocas semanas después, finales de octubre, ... abrirá en CentroCentro una nueva muestra, 'Indómita pintura', que será su primera institucional en nuestra capital.
Me alegro sinceramente. Llevo siguiendo su obra desde hace años con interés y aprecio. En un momento en el que coexisten dentro del ámbito pictórico figurativo español tantas tonterías cuqui-kawaii-hawai, con ínfulas pseudo manga y ojos a punto de salirse de las órbitas del lienzo, tan solo divertimento de horteras coleccionistas orientales, me reconforta comprobar que todavía hay artistas que luchan por crear una pintura figurativa seria (no exenta de humor e ironía), que cuente cosas, que exprese sentimientos y que trate de llegar más allá de la simple gracieta.
Hay varios factores que dibujan el retrato creativo de González. En primer lugar, su dedicación casi exclusiva al milenario oficio de luces y sombras de la pintura, aunque también se ha adentrado a veces en territorios tridimensionales.
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Otra característica importante es la utilización de unos registros cromáticos muy potentes y un lenguaje figurativo muy personal, que no busca representar una realidad reconocible sino más bien provocar un suceso visual, enmarcado en composiciones que funcionan como escenarios en los que sus personajes, acciones, espacios, objetos y relaciones entre ellos nos hacen ver que algo está ocurriendo, aunque ignoremos exactamente qué. De hecho, sus obras nos piden que intentemos reconstruir los fragmentos de narraciones que sugieren.
Es, también, una sintaxis pictórica en la que los elementos barrocos –exceso, teatralidad, diagonales, cuerpos en tensión, proliferación visual, dramatización del espacio...– se sienten a gusto. Otro rasgo de identidad es su cercanía a una determinada genealogía surreal. Lo onírico, el mundo de los sueños, las asociaciones inesperadas, situaciones casi imposibles, metamorfosis y cierta lógica del inconsciente lo prueban. Sin embargo, a diferencia de un surrealismo ortodoxo, sus imágenes se someten a la materialidad de la pintura, lo que la acerca también al expresionismo.
Las pinturas que presenta en 'Manos de hacer' son fundamentalmente formatos pequeños y medios, primeros planos y retratos, junto a una pequeña instalación con guantes, a mi juicio prescindible. Se echan en falta algunos lienzos de mayor tamaño que es donde mejor se maneja. No obstante, el resultado global es satisfactorio.
El título de la muestra es ya una suerte de guiño cómplice: predomina el valor simbólico y funcional de las manos como herramientas de creación, comunicación y transformación, y su capacidad para construir y narrar historias personales y colectivas.
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Esta idea de que no solo materializan ideas, sino que también comunican sentimientos y experiencias vitales, y que, al tiempo, se formalizan con las propias manos de la pintora, manos destinadas a hacer, me hace intuir un posible y pretendido 'pulso' con la representación iconográfica en nuestra actual era digital, casi exenta de huella humana, y me lleva a recordar las palabras de Breton: «La mano piensa»; a lo que yo añadiría: «También siente».
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Juana González: la mano piensa... Y siente
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