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Pocas veces un título fue más explícito -lo es aún más el original, en inglés, con ese singular pero pluralizante paréntesis: 'Departure(s)-'. ; aunque a esta altura ya no hiciese mucha falta. Porque -cumpliendo sus ochenta años de vida y cuarenta y cinco de ... obra- lo cierto es que Julian Barnes ya llevaba unos cuantos títulos ejecutando con cautela, pero de manera cada vez más pronunciada, el reverente minué de la ceremonia del adiós.
Ahí están -desde inicios de milenio- esos portentosos ensayos funerarios y de orfandad y viudez 'Nada que temer' y 'Niveles de vida' y esas ficciones nunca del todo ficticias como 'El sentido de un final', 'El ruido del tiempo', 'La única historia' y 'Elizabeth Finch'. Todos y cada uno teñidos de un aura crepuscular en el horizonte pero, claro, con claridad, sostenidas por un pasado cada vez más amplio y resplandeciente.
Y el síntoma/paisaje en cuestión se intensifica más que nunca en este 'Despedidas' al que nada cuesta entender y admirar como suerte de 'summa barnesiana' acaso apuntalada en ese dictum de Marcel Proust (aquí invocado, y no olvidar que Barnes seguramente sea el más francés de los escritores británicos) donde se postula aquello de «a las perturbaciones de la memoria están ligadas las intermitencias del corazón». Y, sí, aquí Barnes -enfermo físico, pero más mentalmente sano que nunca, anunciando ya en las primeras páginas que hasta aquí llegó- recuerda con afecto y con la pasión de quien sabe tiene los latidos contados pero muy bien vividos.
En esta suerte de autobiografía política, el autor británico nos ofrece sagaces reflexiones. Piensa que no hay ni un solo político que no acabe decepcionándonos
Aquí, de nuevo, la elegancia metaficcional de 'grand chef' Barnes (recordar su muy sabroso 'El pedante en la cocina'), disponiendo, como quien va a servir una gran última cena, los mejores ingredientes a combinar y siendo plenamente consciente de lo que quieren volver a degustar sus entregados comensales. Así, a modo de 'entrée', arrancando ensayístico y reflexionando sobre los mecanismos que rigen y para ser desobedecidos en el acto del recuerdo y del afecto (al respecto, muy recomendables sus recientes mini-maxi-ensayos reunidos en 'Mis cambios de opinión'), para luego entrar a los platillos principales y de 'résistance' que Barnes mantiene en el aire con pericia de eximio malabarista.
Primero, su presente y condición. Segundo, la historia de desamor/amor/desamor de los verdaderos o no Stephen y Jean: parejita a la que conoció en su juventud en la Oxford de los años sesenta (y a la que glosa con cariño, desobedeciendo prohibición autoimpuesta de no volver a abrevar en lo universitario). Dúo al que, después de años de no saber nada de él, reconoce en el 2020 y, celestino 'ex machina', se propone reconciliar y corregir y reescribir. La cosa sale en principio bien pero enseguida mal.
Sus personajes le advierten de que más le vale no ser «guasón»
Y Barnes (y vaya uno a saber si ese Barnes que nos cuenta todo es el mismo Barnes que lo puso por escrito) queda atrapado entre fuego no del todo amigo. Y así sus «personajes» en combate no dejan de criticarle los hábitos literarios de «esa cosa híbrida que haces... creo que es un error. Tendrías que hacer lo uno o lo otro». Y le advierten de que más le vale no ser «guasón» y de que «esto no es un escenario que tú te hayas inventado». Pero, ah, sí lo es y es una suerte (no para Stephen y Jean pero sí para nosotros) que así lo sea y, ante semejantes reproches, Barnes responde a la belicosa Jean con firmeza: «No me importa que no te gusten mis libros, pero te equivocas si crees que no sé exactamente lo que me traigo entre manos cuando los escribo».
Y -pocas cosas más nutricias que el saberse en manos de Barnes- todo se narra con una gracia y una elegancia tan solo en aparente sencilla, pero sí muy ligera en el mejor sentido de la palabra. Con esa luminosa 'leggerezza' que apenas oculta profundidad y sabiduría a prueba de toda cancerígena mala sangre. Más allá de la anécdota sentimental y de la pulsión voyeur, lo que aquí vale y se impone son las postreras idas y vueltas del cuerpo y la mente de Barnes.
Y van y vienen y se sirven muchas cosas: Brexit y covid, un perro heredado; la agonía de la editora Carmen Calill («Ahora le toca morirse a mi generación»); el adiós de/al amigo del alma de siempre y enemigo íntimo por un tiempo Martin Amis («En lo que fue claramente un email de despedida, me escribió: 'Mi salud es precaria, como sabes, pero la moral no va tan mal'. Aplaudo su valor, y al mismo tiempo recuerdo que una vez me dijo que la vida era 'poca cosa' comparada con la literatura. Yo disentí –y disiento–, pero tal vez haga lo de morir un poco más fácil«); y, por supuesto, una/otra nueva manifestación de su padre literario al que honró en ese temprano hito en su carrera y ya con hábitos criticados por Jean ahora, 'El loro de Flaubert': «No creo que sea la llegada de la madurez lo que me ha vuelto filosófico, sino más bien su opuesto, la consciencia del declive. Algunas partes de mi cuerpo llevan décadas funcionando mal. ('Tan pronto como venimos a este mundo', dijo Flaubert, 'empezamos a perder pedazos de nosotros mismos')«.
Barnes dice adiós para que nosotros le digamos hola
Con todo y a pesar -pero para nada pesarosamente de todo esto, haciéndose y no deshaciéndose-, el muy completo y entero 'Despedidas' está lejos de ser un libro triste y destila la alegría de aquel a quien se le ha dado la oportunidad, por derecho y justicia, de decidir cuando decir adiós. No impera aquí una 'dylanthomasiana' «rabia contra la muerte de la luz», sino un barnesiano agradecimiento por la permanencia del resplandor. Un poco como en aquella, juguetona en música pero melancólica en letra, canción de The Beatles 'Hello, Goodbye', y en cuyo vídeo-clip los Fab Four se revestían con trajes de su ayer de corazones solitarios y 'yeah-yeah-yeah'. Parafraseándola, aquí -en este pequeño inmenso libro- Barnes dice adiós para que nosotros le digamos hola.
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Colaborador de ABC. Crítico de libros relacionados con literatura norteamericana.
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