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'Koljós', de Emmanuel Carrère: rusos que no bailaron al son de las balalaikas en Montmartre

'Koljós', de Emmanuel Carrère: rusos que no bailaron al son de las balalaikas en Montmartre
Artículo Completo 1,094 palabras
Experto en sintetizar lo que pudo y no pudo ser, ese pasado implacable y secretamente elocuente que no deja de dar señales a un futuro que hará tarde o temprano todo legible y más o menos coherente, este gran e inigualable narrador de nuestros días que es el francés Emmanuel Carrère (París, 1957) dirá en algún momento de 'Koljós', su fantástico recipiente autobiográfico de muchos mundos diversos espléndidamente ensamblados: «Mi tío Nicolás lo resumió un día: sin la Revolución de Octubre, sus padres no se habrían conocido. Ellos no habrían existido. Tampoco yo». Sus padres, es decir, los abuelos maternos de Carrère, eran, por una parte, Georges Zurabishvili, alguien que «vivió como un paria y murió como un paria, sin encontrar jamás acomodo dentro de la sociedad francesa» a la que había emigrado. NOVELA 'Koljós' Autor Emmanuel Carrère Traducción Juan de Sola Editorial Anagrama Año 2026 Páginas 437 Precio 23,90 5Un georgiano ferozmente inadaptado, amante de la filosofía y, sobre todo, del mundo de ayer irremediablemente perdido, que moriría en un ajuste de cuentas de grupos incontrolados de la Resistencia tras la Liberación. Había sospechas más que fundadas, o no, según su familia, que nunca encontró su cuerpo, de que fue un colaboracionista. Esto, dejado caer en una obra de Carrère ('Una novela rusa', en principio considerada 'menor', aunque no menos deslumbrante en cada una de sus historias encajadas como un puzle rocambolesco, dentro de la producción de otras suyas célebres como 'El adversario', 'Limónov' o 'El reino') provocó una auténtico «cataclismo familiar». Su madre , la muy respetada historiadora franco-rusa Hélène Carrère d'Encausse (secretaria perpetua de la Academia Francesa, que se definía a sí misma como «un modelo de integración, producto puro de la meritocracia republicana», y que con motivo de su desaparición merecería un solemne «homenaje de la nación» encabezado por Macron y un gran número de autoridades en el patio de honor de los Inválidos) le había dicho siempre que escribiera de lo que quisiera menos de su abuelo. Noticia Relacionada El canon literario del siglo XXI: la era del yo en el reino de las letras Bruno Pardo Porto En estos últimos 25 años, la autoficción y todas sus variantes han marcado el mundo de la literatura, que se mueve entre la intimidad y lo documental. ¿Y qué hay más allá? El hibridismo de las formas, las narrativas de lo extraño, las voces del traumaCarrère, un descarnado biógrafo siempre de sí mismo (solo hay que recordar la dureza de su obra 'Yoga' , en la que narra su viaje a los infiernos de la bipolaridad), no cedería a ese ruego. Un ruego hoy ampliado en esta obra espléndida, 'Koljós', de las mejores sin duda de su producción, homenaje a la figura muy excepcional de su madre. Una obra que, a lo largo de cuatro generaciones, recrea de manera apasionante una rica genealogía que arranca de Tiflis y llega a París, huyendo de la Revolución, como los Nabokov, la familia Némirovsky , Nina Berberova y su marido el poeta Jodasevich, el escritor-taxista Gaito Gazdánov y tantos otros. La esposa de esa presencia fantasmal (el abuelo Georges, del que nunca se hablaría, o se hablaría entre susurros) sería, en un matrimonio 'desigual' (de aquellos que solo eran posibles en la emigración de rusos blancos, todos igualados por la pobreza y la escasez), la dulce Nathalie, de educación exquisita y de rancio abolengo aristocrático ruso, que acabó de secretaria plurilingüe. Alguien que si bien provenía de la pintoresca emigración rusa al París de los años 20 (la de duques convertidos en porteros y princesas que se ganaban la vida planchando a domicilio), encapsulada en cumbres cinematográficas como 'Ninotschka', desmintiendo los tópicos rusos, como dirá Carrère, «no bailó al son de las balalaikas en los cabarets cíngaros de Montmartre ni brindó con vodka con Joseph Kessel, tirando un vaso tras otro por encima del hombro». En el origen un fabuloso homenaje, a la altura del de Albert Cohen a su madre, pero dentro del mundo cristiano-ortodoxo, el libro de Carrère expresará página tras página, de forma emocionante, tanto unas inevitables diferencias como el amor y gratitud profunda de un hijo que nunca dejó de admirar «el ascenso espectacular de una niña apátrida hasta la cúspide de la sociedad francesa». Su madre, la respetada historiadora franco-rusa Hélène Carrère d'Encausse, al morir merecería un solemne «homenaje de la nación», encabezado por Macron Narrando fundamentalmente la azarosa historia de una familia mixta franco-rusa, el libro, como siempre en el caso de este autor y en esos vericuetos, bifurcaciones luminosas y asociaciones insólitas y cautivadoras suyas de temas y personajes, a cual más fascinante, será mucho más. No solo estarán las decenas de cautivadoras e irresumibles individualidades , definidas con precisión fulminante y admirable por parte de un escritor de brutal sinceridad, que nos tiene acostumbrados a descarnadas confesiones y autosarcasmos de sí mismo que no dejan de salpicar, por aquí y allá, sus relatos. Alguien que, en compañía de su tío y cómplice familiar preferido, su sesentayochista tío Nicolás, importante contrapeso a su conservadora madre, una innegable «intelectual de derechas» , se pone a leer 'Guerra y paz' a los cuarenta, contraviniendo los odios contundentes e inapelables heredados del abuelo misteriosamente desaparecido, Georges, que se habían ido pasando unos y otros. Igual de cautivadores serán los innumerables relatos con 'pequeñas bolsas' de lo humano más impensable. Grupos de gente a ratos patéticos, entrañables, deslumbrantes de erudición o conmovedores en su extrema vulnerabilidad y torpeza, ya sean fascistas de después de la guerra, generosas y hospitalarias pequeñas colonias de descendientes de georgianos de París, capitaneadas por su tío Levan, o bien crédulos emigrantes de la Rusia blanca, inmediatamente devorados, que acuden a la URSS a principios de 1946 ante la invitación de Stalin. Un asesino previsible que les ofrecía la nacionalidad soviética y los invitaba «a construir una sociedad más justa, más próspera, más alegre». A fin de cuentas, después de la época del Gran Terror él mismo había proclamado que «la vida se ha vuelto más alegre».

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Experto en sintetizar lo que pudo y no pudo ser, ese pasado implacable y secretamente elocuente que no deja de dar señales a un futuro que hará tarde o temprano todo legible y más o menos coherente, este gran e inigualable narrador de nuestros ... días que es el francés Emmanuel Carrère (París, 1957) dirá en algún momento de 'Koljós', su fantástico recipiente autobiográfico de muchos mundos diversos espléndidamente ensamblados: «Mi tío Nicolás lo resumió un día: sin la Revolución de Octubre, sus padres no se habrían conocido. Ellos no habrían existido. Tampoco yo».

Sus padres, es decir, los abuelos maternos de Carrère, eran, por una parte, Georges Zurabishvili, alguien que «vivió como un paria y murió como un paria, sin encontrar jamás acomodo dentro de la sociedad francesa» a la que había emigrado.

Un georgiano ferozmente inadaptado, amante de la filosofía y, sobre todo, del mundo de ayer irremediablemente perdido, que moriría en un ajuste de cuentas de grupos incontrolados de la Resistencia tras la Liberación. Había sospechas más que fundadas, o no, según su familia, que nunca encontró su cuerpo, de que fue un colaboracionista. Esto, dejado caer en una obra de Carrère ('Una novela rusa', en principio considerada 'menor', aunque no menos deslumbrante en cada una de sus historias encajadas como un puzle rocambolesco, dentro de la producción de otras suyas célebres como 'El adversario', 'Limónov' o 'El reino') provocó una auténtico «cataclismo familiar».

Su madre, la muy respetada historiadora franco-rusa Hélène Carrère d'Encausse (secretaria perpetua de la Academia Francesa, que se definía a sí misma como «un modelo de integración, producto puro de la meritocracia republicana», y que con motivo de su desaparición merecería un solemne «homenaje de la nación» encabezado por Macron y un gran número de autoridades en el patio de honor de los Inválidos) le había dicho siempre que escribiera de lo que quisiera menos de su abuelo.

Carrère, un descarnado biógrafo siempre de sí mismo (solo hay que recordar la dureza de su obra 'Yoga', en la que narra su viaje a los infiernos de la bipolaridad), no cedería a ese ruego. Un ruego hoy ampliado en esta obra espléndida, 'Koljós', de las mejores sin duda de su producción, homenaje a la figura muy excepcional de su madre.

Una obra que, a lo largo de cuatro generaciones, recrea de manera apasionante una rica genealogía que arranca de Tiflis y llega a París, huyendo de la Revolución, como los Nabokov, la familia Némirovsky, Nina Berberova y su marido el poeta Jodasevich, el escritor-taxista Gaito Gazdánov y tantos otros.

La esposa de esa presencia fantasmal (el abuelo Georges, del que nunca se hablaría, o se hablaría entre susurros) sería, en un matrimonio 'desigual' (de aquellos que solo eran posibles en la emigración de rusos blancos, todos igualados por la pobreza y la escasez), la dulce Nathalie, de educación exquisita y de rancio abolengo aristocrático ruso, que acabó de secretaria plurilingüe.

Alguien que si bien provenía de la pintoresca emigración rusa al París de los años 20 (la de duques convertidos en porteros y princesas que se ganaban la vida planchando a domicilio), encapsulada en cumbres cinematográficas como 'Ninotschka', desmintiendo los tópicos rusos, como dirá Carrère, «no bailó al son de las balalaikas en los cabarets cíngaros de Montmartre ni brindó con vodka con Joseph Kessel, tirando un vaso tras otro por encima del hombro».

En el origen un fabuloso homenaje, a la altura del de Albert Cohen a su madre, pero dentro del mundo cristiano-ortodoxo, el libro de Carrère expresará página tras página, de forma emocionante, tanto unas inevitables diferencias como el amor y gratitud profunda de un hijo que nunca dejó de admirar «el ascenso espectacular de una niña apátrida hasta la cúspide de la sociedad francesa».

Su madre, la respetada historiadora franco-rusa Hélène Carrère d'Encausse, al morir merecería un solemne «homenaje de la nación», encabezado por Macron

Narrando fundamentalmente la azarosa historia de una familia mixta franco-rusa, el libro, como siempre en el caso de este autor y en esos vericuetos, bifurcaciones luminosas y asociaciones insólitas y cautivadoras suyas de temas y personajes, a cual más fascinante, será mucho más. No solo estarán las decenas de cautivadoras e irresumibles individualidades , definidas con precisión fulminante y admirable por parte de un escritor de brutal sinceridad, que nos tiene acostumbrados a descarnadas confesiones y autosarcasmos de sí mismo que no dejan de salpicar, por aquí y allá, sus relatos.

Alguien que, en compañía de su tío y cómplice familiar preferido, su sesentayochista tío Nicolás, importante contrapeso a su conservadora madre, una innegable «intelectual de derechas», se pone a leer 'Guerra y paz' a los cuarenta, contraviniendo los odios contundentes e inapelables heredados del abuelo misteriosamente desaparecido, Georges, que se habían ido pasando unos y otros.

Igual de cautivadores serán los innumerables relatos con 'pequeñas bolsas' de lo humano más impensable. Grupos de gente a ratos patéticos, entrañables, deslumbrantes de erudición o conmovedores en su extrema vulnerabilidad y torpeza, ya sean fascistas de después de la guerra, generosas y hospitalarias pequeñas colonias de descendientes de georgianos de París, capitaneadas por su tío Levan, o bien crédulos emigrantes de la Rusia blanca, inmediatamente devorados, que acuden a la URSS a principios de 1946 ante la invitación de Stalin.

Un asesino previsible que les ofrecía la nacionalidad soviética y los invitaba «a construir una sociedad más justa, más próspera, más alegre». A fin de cuentas, después de la época del Gran Terror él mismo había proclamado que «la vida se ha vuelto más alegre».

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Fuente original: Leer en ABC - Cultura
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